El oro interno de los alquimistas

La Alquimia parece ser casi una ciencia universal. No solo la encontramos en la Europa Medieval, sino también en China, la India y en otros sitios y culturas. Esto es así porque, no solamente es un precursor primitivo de la química moderna, sino una ciencia sagrada en su propio derecho, que fue estudiada en cualquier parte del mundo donde el conocimiento esotérico haya aparecido.

 

Lo primero que me gustaría hacer es alejar la imagen falsa del alquimista torpe medieval que trató en vano de convertir el plomo en oro como un modo de enriquecerse. Si no hubiera alguna sustancia o esencia detrás de la alquimia, seguramente nadie habría sido tan tonto como para gastar la mejor parte de su vida persiguiendo una mera quimera.

Como en todas las artes mágicas, siempre han existido farsantes y tontos al lado de santos y sabios. La Alquimia no es una excepción, pero los nombres de los alquimistas más eminentes se incluyen entre los científicos e intelectuales más grandes de la Edad Media.

Aunque la Alquimia en occidente apareció bastante tarde con el Renacimiento, y probablemente haya tenido su origen en Egipto (“Al-Kem”, Kem siendo el nombre egipcio para Egipto), los primeros alquimistas citados pertenecieron al mundo árabe, de cuya ciencia fuimos herederos.

 

Uno de los alquimistas más famosos fue Avicena (980-1037), hombre con un inmenso conocimiento y reputación, equivalente a Platón o a Aristóteles en Grecia. Se cuentan extraordinarias historias sobre él. Se creía por ejemplo que podía comandar a los espíritus elementales de la naturaleza. También existe la tradición de que con su conocimiento del Elixir de la vida, aún sigue vivo como un adepto que se descubrirá ante los profanos al final de cierto ciclo. Por otro lado, también se dice que bebía tan desmesuradamente que fue despedido de su trabajo por el Gran Visir y que murió en la más completa oscuridad. En vista de toda la literatura que nos ha llegado halagando su habilidad como doctor, esto último suena improbable, pero la cuestión es esta: ¿un escolar con tanto conocimiento habría gastado su tiempo en una superstición?

 

En Europa, la alquimia está representada por figuras tan importantes como Roger Bacon, “Doctor Mirabilis”, que inventó los anteojos (gafas), y predijo la aparición de los aviones, microscopios, máquinas de vapor y el telescopio. Esta lista incluye también a Paracelso y John Dee. Ambos fueron mentes extraordinarias, siendo John Dee un genio matemático y Paracelso un doctor brillante. Tales personajes no pueden ser desechados como charlatanes, farsantes o excéntricos porque sus resultados hablan a su favor. Paracelso, por ejemplo, fue una vez acusado de ser un impostor y “no un doctor de verdad”. Entonces retó a sus acusadores haciendo que le hicieran llegar sus pacientes “incurables”. En poco tiempo los sanó, hecho que fue atestiguado por los testigos que se amontonaban a su alrededor.

 

El objetivo externo de la alquimia es transmutar metales en oro, un objetivo que comúnmente se considera imposible. Hoy en día, sin embargo, si es posible alterando la estructura atómica de un elemento. Pero esto requiere un conocimiento tan interno e intrínseco de la naturaleza del átomo y un equipamiento tan sofosticado que se presume imposible que los alquimistas lo hubieran conseguido.

Pero la evidencia está en contra de esta presunción. Hay muchos testimonios de alquimistas y de casos genuinos de transmutación. Incluso en nuestros días existe el caso de un alquimista francés que en 1969 produjo oro y lo hizo analizar por laboratorios alemanes y suizos.

 

Entonces, ¿cómo consiguieron estos alquimistas de la era pre-científica resultados tan extraordinarios?

La única explicación es que estos hombres estaban bien versados en las “ciencias ocultas”; esto es, que habían estudiado conocimientos tradicionales que les dieron acceso a una alta comprensión de la naturaleza visible o invisible.

La ciencia oculta tiene varios principios fundamentales, uno de ellos es que la materia no solo consiste de elementos visibles, sino también de elementos invisibles, estados más sutiles de la materia, visible solamente al clarividente. Otro principio, es que el nivel más denso de la materia (lo físico), es solo un materialización de esos estados más sutiles. En términos científicos esto significa que si podemos mirar en estos planos más sutiles de la naturaleza, podremos tener una visión más real y clara de la naturaleza de las cosas y poder trabajar con la causa raíz que las origina. Por ejemplo, si uno fuera un doctor, podría encontrar la causa de la enfermedad en los planos más sutiles y sanarlo desde la raíz en vez de aliviar solo los síntomas.

 

Pero para ver en estos planos y trabajar en ellos eficientemente, hay que purificarse uno mismo antes y despertar esos planos en nosotros mismos. Esto requiere un entrenamiento interno para despertarlos conscientemente, controlarlos y dirigirlos. Todos sabemos lo difícil que es controlar una emoción, y mucho más difícil controlar un pensamiento. Es muy difícil también (aunque algo menos) controlar nuestros niveles de energía hasta el punto de superar nuestro cansancio, por ejemplo.

Estos son los planos más sutiles de la naturaleza (los alquimistas los llamaban los Cuatro Elementos) y cuanto más trabajamos con ellos más conscientes nos hacemos hasta que podemos ver claramente en estas regiones y nuestro control sobre ellas es perfecto: podemos trabajar en ellas como escultor puede trabajar en la piedra.

 

El alquimista hace lo mismo: busca la raíz de lo material, la “Materia Prima” (una materia invisible y sin forma en los planos más sutiles de la naturaleza) y con ella, a través de un largo y doloroso proceso forma lo que conocemos como

“Piedra filosofal”, un objeto (¿físico?) con aparentes propiedades milagrosas, transformativas y de sanción. Con esta Piedra o Tinte puede transmutar metales básicos en otros más puros, curar enfermedades e incrementar los años de vida.

Lo que el alquimista hace entonces, es seguir el proceso natural de la creación. Paracelso habla de la “Alquimia Natural”: la Alquimia natural causa que las manzanas maduren y produce uvas en las parras. La alquimia natural separa los elementos útiles de los alimentos que entran en nuestro estómago y los transforma dentro del ciclo de nuestro cuerpo, rechazando lo que es inútil. Un físico que no conoce la alquimia solo es un sirviente de la naturaleza…pero el alquimista es su amo.

 

El maestro de Paracelso, Johannes Tritheim, abbot de Spanheim, habla del proceso de materialización de los elementos sutiles en la alquimia:

“El arte de la magia divina consiste en la habilidad de percibir la esencia de las cosas a la luz de la Naturaleza, y usando el poder del alma del espíritu, producir cosas materiales desde lo invisible del universo…Aprenderá la ley por las cuales las cosas se cumplen si aprendes a conocerte a ti mismo…El Oro es de naturaleza tripartita y hay otro etéreo, fluido y material. Se trata del mismo oro solo que en tres estados diferentes; y el oro de un estado puede transformarse en oro en otro estado diferente.”

 

En la República de Platón, Sócrates describe un mito en el que hay cuatro tipos diferentes de hombre, cada uno de ellos tiene un tipo de metal en sus almas: hierro, cobre, plata y oro. Los hombres de oro son los filósofos (en el verdadero sentido de amantes de la sabiduría por encima de la fama o la riqueza). Paracelso habla del filósofo en términos parecidos. Dice: “Sabemos que un amante hará lo necesario para encontrarse con la mujer que ama – ¡cómo no va a hacer mucho más el amante de la sabiduría para ir en busca de la divina amada!

En la alquimia existe la idea de que, en el reino del metal, el objeto de la naturaleza es crear oro. La producción de metales más básicos es un accidente del proceso o el resultado de un ambiente desfavorable. El oro, es por tanto, el arquetipo o meta del reino del metal y de modo similar, el hombre de oro es el arquetipo o meta del reino humano. La idea es que un día, todos los metales serán oro y todos los hombres serán “filósofos”, puros e incorruptibles y tan luminosos y generosos como el mismo Sol.

Platón también comenta que esos filósofos, como ya tienen el oro en sus almas, no desearán el oro físico. Y eso parece haber sido cierto en los grandes alquimistas de la Edad Media. La gente como John Dee o Paracelso no era rica. Roger Bacon era un monje. Estas personas no estaban motivada por el deseo de la riqueza, porque eran suficientemente ricos internamente.

 

Como H.P. Blavatsky dice en “Isis sin velo”: “Iluminados con la luz de la eterna verdad, estos ricos-pobres alquimistas fijaban su atención sobre las cosas que transcienden el común conocimiento, reconociendo nada inescrutable sino la Causa Primera y no encontrando ninguna respuesta sin responder. Osar, conocer, querer y permanecer en silencio, eran su regla constante…”

Otro alquimista, Agrippa von Nettesheim, declaró: “Podría decir muchas más sobre este arte si no fuera por el juramento de silencio que toman usualmente los iniciados en este misterio.”

 

El oro interno de los alquimistas puede ser definido como Sabiduría o Sofía. Es el conocimiento experimental de que esa majestuosidad se expresa a través de uno mismo. Como es arriba es abajo; el hombre es un microsocosmos del macrocosmos. El hombre contiene dentro de sí mismo el misterio de la Vida. Como los griegos solían decir en sus templos. “Conócete a ti mismo y conocerás al Universo y los dioses”

¿Cuál es el camino hacia la divina Sabiduría? Un escritor alquimista dijo: “La paciencia es la escalera de los filósofos y la humildad es la llave de su jardín.” Otro (F. Hartmann, en su biografía de Paracelso) declara: “La forma más elevada de la alquimia es la transformación de los vicios en virtudes por el fuego del amor hacía lo bueno, la purificación de la mente por el sufrimiento, la elevación del principio divino del hombre sobre los elementos animales de su alma.” Una vez conseguido ese proceso de sublimación, es posible retornar al mundo de la materia y mejorarlo. El mismo autor dice: “Por el poder del espíritu, los elementos materiales pueden ser sublimados en elementos invisibles, o sustancias invisibles pueden ser coaguladas y hacerse visibles.” Quizás, se puede comparar al mito de la caverna de Platón donde el filósofo sale de la caverna de los sentidos a la luz de la Verdad y vuelve a la caverna para iluminar al resto de los seres humanos.

 

La alquimia es un proceso de dos caminos que está simbolizado por las tres fases del trabajo: el negro (nigredo) de la disolución; el blanco de la sublimación (albedo); y el rojo de la “exaltación”, correspondiendo a la piedra filosofal que produce oro. Así que, volviendo a los hombres de oro de la República de Platón, es muy significativo que no solo los filósofos, sino también los reyes (el rojo siendo un color real), trabajen por el bien de la humanidad.

Mucho se ha escrito concerniente a las distintas fases del trabajo de la alquimia y su significado, ya sea desde el punto de vista moral, psicológico o físico. Pero no vamos a entrar en este tema con mucho detalle y sin la guía de un maestro iniciado, pues como A. E. Waite señala: “el estudiante irá a la deriva con toda probabilidad y la Materia Prima se le escapará para siempre.” No es posible trabajar en la alquimia sin la Materia Prima y nunca se ha especificado con claridad de qué se trata (posiblemente se refiere a materia en un estado etéreo muy elevado) y es imposible descubrirla sin guía.

 

Sobre esto hay una fascinante historia contada por un filósofo de la Italia renacentista, Pico della Mirandola sobre “un buen hombre que no tenía suficiente para mantener a su familia y estaba sometido a un estado de desesperación, cuando, con la mente muy agitada se fue a dormir y en un sueño se le apareció un ángel, que a través de enigmas, le instruyó en el arte de hacer oro, y le indicó al mismo tiempo que agua debería usar para asegurar el éxito del proceso. Al despertar procedió a trabajar con esa agua e hizo oro en pequeñas cantidades pero suficiente para mantener a la familia. Dos veces hizo oro del hierro y cuatro veces de oropimente. Él me convenció con la evidencia de mis propios ojos de que el arte de la transmutación no es ficción.”

 

La alquimia debe, por tanto, redefinirse como una de las ciencias espirituales ya perdida, la cual, al igual que su hermana, l Astrología, combina el estudio profundo de la naturaleza con el estudio del hombre y permite al adepto llevar ambas, hombre y naturaleza, a la perfección. Paracelso dijo que había tres cualidades necesarias para el trabajo de la alquimia: orar (significa el deseo profundo de aspirar a lo que es bueno), Fé (no una fe ciega, sino basada en el conocimiento y la confianza sin dudas) e Imaginación (que describe como “estar hundido en el pensamiento profundo, ahogado en el propio alma”)

 

El oro interno de los alquimistas es la individualidad perfecta y el oro de los filósofos es la perfección de la naturaleza. Ambos, hombre y naturaleza, evolucionan hacia la perfección, pero el hombre puede ayudar en el proceso evolutivo entendiendo y trabajando consigo mismo y con ella.

Trabajar solo a nivel material es una ciencia muy pobre, pero un día, podremos expandirla hacia una ciencia más grande, la ciencia de la Vida (a veces conocida como Magia)

Muy lejos de ser esos individuos poco lúcidos que a la historia le gusta imaginar, los verdaderos alquimistas eran grandes iniciados que, en muchos aspectos, conocían más de la naturaleza que muchos de los científicos de hoy en día. Maestros de la naturaleza y de ellos mismos, siempre ponían esa maestría al servicio de Dios y la Humanidad y nunca la empleaban en mezquinas empresas.

 

Este artículo ha sido escrito por Julian Scot

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