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Poemas de Kabir (I)

 

I

¿Dónde me buscas, oh, servidor mío? ¡Mírame! Estoy junto a ti.

No estoy en el templo ni en la mezquita, ni en el santuario de La Meca, ni en la morada de las divinidades hindúes.

No estoy en los ritos y las ceremonias;  ni en el ascetismo y sus renunciaciones.
Si me buscas de veras me verás enseguida; y llegará el momento en que me encuentres.

Kabir dice:
Dios, ¡oh, Santo!, es el aliento de todo lo que respira.

IX

¿Cómo podría yo jamás pronunciar esas palabras misteriosas? ¿Cómo podría yo decir: El no es como esto y es como aquello?
Si digo que El está en mí, el universo se escandaliza de mis palabras. Si digo que está fuera de mí, miento.
De los mundos internos y externos, El hace una unidad indivisible. Lo consciente y lo inconsciente son los taburetes de sus pies.
Ni se manifiesta ni se oculta; no es revelado ni irrevelado.
No hay palabras para decir lo que El es.

XVI

Entre los polos de lo consciente y de lo inconsciente, el espíritu oscila.

Columpio donde están suspendidos todos los seres y todos los mundos y cuya oscilación nunca cesa.

A él se aferran millones de seres; en él se columpian la luna y el sol en su carrera. Transcurren millones de edades y el columpio sigue en su movimiento.

Todo oscila: el cielo y la tierra, y el aire y el agua, y el Señor mismo, ahí personificado. Y la visión de todo ello ha hecho de Kabir el servidor de su Dios.

XXIII

Las sombras de la noche. caen espesas y profundas; ensombrecen el corazón y envuelven el cuerpo y el espíritu.

Abre tu ventana al poniente y piérdete en el cielo del amor. Bebe la miel azucarada que destilan los
pétalos del loto del corazón.
Déjate penetrar en las olas del mar. ¡Húndete en su esplendor! Escucha y oye el rumor de las caracolas y de las campanas.

Kabir dice:
Contempla, ¡oh, hermano!, al Señor en ese vaso, que es mi cuerpo

XXVI

Todas las cosas están creadas por Dios. El Amor es Su cuerpo.
No tiene forma, ni cualidad, ni decadencia.
Trata de unirte a El.
Ese Dios indeterminado toma millares de formas a los ojos de las criaturas: Es puro e indestructible.

Su forma es infinita e insondable.
Danza extasiado y Su danza describe mil formas vaporosas.
El cuerpo y el espíritu desbordan felicidad cuando los toca Su gozo infinito. Está inmerso en toda conciencia, en todo júbilo, en todo dolor.
No tiene principio ni fin.
Contiénese entero en su Beatitud.

XXXVI

Cuando el sol brilla, ¿dónde está la noche? Y es de noche cuando el sol ha retirado su luz.

Donde hay conocimiento, ¿puede persistir la ignorancia? Y si hay ignorancia, el cono- cimiento debe perecer.

Si hay lujuria, ¿cómo puede haber amor? Donde está el amor, no existe la lujuria. Empuña la espada y corre a la batalla. Combate, ¡oh, hermano!, mientras dure tu vida. Corta la cabeza de tu enemigo para darle

así una muerte rápida. Vuélvete luego, para inclinar la frente ante el triunfo de tu Rey. El hombre valiente no abandona jamás el combate; el que huye no es un verdadero combatiente.

En el coto cerrado de nuestro cuerpo se libra una gran guerra contra las pasiones, la cólera, el orgullo y la envidia.

Donde más arrecia la batalla es en el Reino de la Verdad, del contentamiento y de la pureza, y la espada más activa es la tizona que lleva su nombre.

Kabir dice:
Cuando un valeroso caballero entra en liza, la multitud de los cobardes se pone en fuga. Denodado y áspero combate el que libra aquel que busca la Verdad.
Su voto es más difícil de cumplir que el del guerrero o el de la viuda que quiere reunirse con su esposo.
Pues el guerrero combate durante unas horas y la lucha de la vida con la muerte concluye muy pronto.
Pero la batalla de aquel que busca la Verdad prosigue día y noche, y sin que cese mientras dura su vida.

XLII

Me río cuando oigo decir que el pez tiene sed en el agua.

No alcanzas a ver que lo real está en tu hogar y andas errante de bosque en bosque. ¡En ti está la Verdad! Donde quiera que vayas, a Benarés o a Mathura, si no encuentras tu alma, el mundo no tendrá realidad para ti.

XLVIII

Lo que tú ves no existe, y para lo que existe no tienes palabras.
A menos de ver, no crees; lo que te dicen no puedes admitirlo.
Quien tiene discernimiento aprende por las palabras, y el ignorante se queda con la boca abierta.
Algunos contemplan lo Informe y otros meditan sobre la forma; pero el sabio sabe que

Brahma está por encima de ambos.
La hermosura de Brahma no puede verse con los ojos. La vibración de su palabra no puede llegar hasta el oído.

Kabir dice:
Aquel que ha encontrado a la vez el amor y el sacrificio, no se abisma jamás en la muerte.

 

 

Extractos de Plotino (I)…sobre el alma.

 

Plotino

 

 

 

“Si ello es así, el alma debe apartarse del mundo exterior y volverse enteramente hacia su interioridad. No se inclinará ya hacia las cosas de afuera, sino que se mostrará ignorante de todo y, antes de nada, se preparará para la contemplación, alejando de ella toda idea y desconociendo incluso ese trance de la contemplación. Luego de haber consumado la unión y de haber tenido con el Uno el trato suficiente, el alma deberá ir a anunciar a los demás seres, si realmente le es posible, ese estado de unión a que ha llegado (tal vez por haber resultado Minos de una unión semejante se le ha llamado “el confidente de Zeus”, pues llevado de este recuerdo instituyó leyes que son como su imagen, justificadas por él plenamente por ese contacto con la divinidad); o si es que no juzga ya dignas de sí las ocupaciones políticas, que permanezca, si lo prefiere, en la región celeste, como haría cualquiera que hubiese contemplado mucho.

Dios, dice (Platón), no se encuentra fuera de ningún ser; está en todos los seres, bien que ellos no lo sepan. Porque los seres huyen de El, o mejor se alejan de sí mismos. No pueden, por tanto, alcanzar aquello de que han huido, ni buscar siquiera otro ser luego de haberse perdido a sí mismos. Ocurre como con el hijo, enajenado de sí por la locura, que no acierta a reconocer a su padre; en tanto, el que se conoce a sí mismo, sabe perfectamente de dónde procede.”

Enéadas, VI, 9, 7

“He aquí que en esta danza se contempla la fuente de la vida, la fuente de la inteligencia, el principio del ser, la causa del bien, la raíz del alma. Todas estas cosas no se desbordan de El y empequeñecen su esencia, porque el Uno no es una masa. Si así fuese, también esas cosas serían perecederas, y nosotros sabemos que son eternas puesto que su principio permanece idéntico a sí mismo y no se reparte entre ellas, sino que continúa tal cual es. De ahí la permanencia de todo eso, como ocurre con la luz que subsiste en tanto subsiste la luz del sol. No hay como un corte entre el Uno y nosotros y tampoco estamos separados de El, a pesar de que la naturaleza del cuerpo procure atraernos hacia sí. Por El vivimos y nos conservamos, pues El no se retira luego de conceder sus dones sino que continúa dirigiéndonos en tanto sea lo que es. O mejor todavía, nos inclinamos hacia El y tendemos a nuestro bien, ya que nuestro alejamiento de El supondría el empequeñecernos.

Allí el alma descansa de los males y se retira a una región limpia de todo mal; conoce de manera inteligente, alcanza un estado impasible y llega a vivir la vida verdadera. Porque nuestra vida de ahora, sobre todo si no cuenta con lo divino, no es más que una huella que imita aquella vida. La vida verdadera es como un acto de la Inteligencia, acto por el cual engendra dioses en tranquilo contacto con el Uno; engendra, por ejemplo, la belleza, la justicia y la virtud. Porque el alma puede dar a luz todas estas cosas si está colmada de lo divino. Esto significa para ella el comienzo y el fin de su ser; el comienzo porque de allí proviene, el fin porque el Bien está allí, y una vez vuelta ella a esa región, torna a ser lo que realmente era. Este de ahora es el estado de “caída, exilio y pérdida de las alas, pero muestra que el Bien está allí y que el amor es algo circunstancial al alma, según la fábula de la unión de Eros y las almas, tal como se presenta en las pinturas y en los relatos místicos.

Puesto que el alma es diferente de Dios, pero proviene de El; necesariamente lo ama; cuando se encuentra en la región inteligible lo ama con un amor celeste, más cuando se encuentra aquí lo ama con un amor vulgar. Allá tenemos a la Afrodita de los cielos, en tanto aquí se halla la Afrodita vulgar que se presta al oficio de cortesana. Toda alma es una Afrodita y eso es lo que viene a decir “el nacimiento de Afrodita y el nacimiento inmediato de Eros”. Así pues, el alma ama naturalmente a Dios y a El quiere unirse, igual que haría una virgen que amase honestamente a un padre honesto; pero cuando llega a dar a luz seducida por una promesa de matrimonio, se entrega al amor de un ser mortal y queda arrancada violentamente del amor de su padre. De nuevo, si siente horror por esta violencia, se purifica de las cosas de este mundo para volver llena de alegría al regazo de su padre.

Los que desconocen este estado podrían imaginarse, por los amores de este mundo, qué es lo que significa para el alma el encontrarse con el objeto más amado. Porque los objetos que nosotros amamos aquí son realmente mortales y nocivos, algo así como fantasmas cambiantes, que no podemos amar verdaderamente porque no constituyen el bien que nosotros ansiamos. El verdadero objeto de nuestro amor se encuentra en el otro mundo; podremos unirnos a El, participar de El y poseerlo, si no salimos a condescender con los placeres de la carne. Para quien lo ha visto es claro lo que yo digo; sabe que el alma tiene otra vida cuando se acerca al Uno y participa de El, y que toma conciencia de que está junto a ella el dador de la verdadera vida, sin que necesite de ninguna otra cosa. Por el contrario, conviene que renuncie a todo lo demás y que se entregue solamente a El y se haga una sola cosa con El, rompiendo todos los lazos que la atan a éste mundo. Así es como procuramos salir de aquí y nos irritamos por los lazos que nos unen a los otros seres. Nos volvemos entonces por entero hacia nosotros mismos y no dejamos parte ninguna nuestra que no entre en contacto con Dios.

Ya, pues, es posible verlo y vernos también a nosotros mismos en tanto la visión esté permitida. Se ve uno resplandeciente de luz y lleno de la luz inteligible, y mejor aún, se convierte uno en una luz pura, ligera y sin peso, en un ser que es más bien un dios, inflamado de amor hasta el momento en que, vencido otra vez por su peso, se siente como marchito.”

Enéadas, VI, 9, 9

**Fuente: blog de sophiaveda.

El oro interno de los alquimistas

La Alquimia parece ser casi una ciencia universal. No solo la encontramos en la Europa Medieval, sino también en China, la India y en otros sitios y culturas. Esto es así porque, no solamente es un precursor primitivo de la química moderna, sino una ciencia sagrada en su propio derecho, que fue estudiada en cualquier parte del mundo donde el conocimiento esotérico haya aparecido.

 

Lo primero que me gustaría hacer es alejar la imagen falsa del alquimista torpe medieval que trató en vano de convertir el plomo en oro como un modo de enriquecerse. Si no hubiera alguna sustancia o esencia detrás de la alquimia, seguramente nadie habría sido tan tonto como para gastar la mejor parte de su vida persiguiendo una mera quimera.

Como en todas las artes mágicas, siempre han existido farsantes y tontos al lado de santos y sabios. La Alquimia no es una excepción, pero los nombres de los alquimistas más eminentes se incluyen entre los científicos e intelectuales más grandes de la Edad Media.

Aunque la Alquimia en occidente apareció bastante tarde con el Renacimiento, y probablemente haya tenido su origen en Egipto (“Al-Kem”, Kem siendo el nombre egipcio para Egipto), los primeros alquimistas citados pertenecieron al mundo árabe, de cuya ciencia fuimos herederos.

 

Uno de los alquimistas más famosos fue Avicena (980-1037), hombre con un inmenso conocimiento y reputación, equivalente a Platón o a Aristóteles en Grecia. Se cuentan extraordinarias historias sobre él. Se creía por ejemplo que podía comandar a los espíritus elementales de la naturaleza. También existe la tradición de que con su conocimiento del Elixir de la vida, aún sigue vivo como un adepto que se descubrirá ante los profanos al final de cierto ciclo. Por otro lado, también se dice que bebía tan desmesuradamente que fue despedido de su trabajo por el Gran Visir y que murió en la más completa oscuridad. En vista de toda la literatura que nos ha llegado halagando su habilidad como doctor, esto último suena improbable, pero la cuestión es esta: ¿un escolar con tanto conocimiento habría gastado su tiempo en una superstición?

 

En Europa, la alquimia está representada por figuras tan importantes como Roger Bacon, “Doctor Mirabilis”, que inventó los anteojos (gafas), y predijo la aparición de los aviones, microscopios, máquinas de vapor y el telescopio. Esta lista incluye también a Paracelso y John Dee. Ambos fueron mentes extraordinarias, siendo John Dee un genio matemático y Paracelso un doctor brillante. Tales personajes no pueden ser desechados como charlatanes, farsantes o excéntricos porque sus resultados hablan a su favor. Paracelso, por ejemplo, fue una vez acusado de ser un impostor y “no un doctor de verdad”. Entonces retó a sus acusadores haciendo que le hicieran llegar sus pacientes “incurables”. En poco tiempo los sanó, hecho que fue atestiguado por los testigos que se amontonaban a su alrededor.

 

El objetivo externo de la alquimia es transmutar metales en oro, un objetivo que comúnmente se considera imposible. Hoy en día, sin embargo, si es posible alterando la estructura atómica de un elemento. Pero esto requiere un conocimiento tan interno e intrínseco de la naturaleza del átomo y un equipamiento tan sofosticado que se presume imposible que los alquimistas lo hubieran conseguido.

Pero la evidencia está en contra de esta presunción. Hay muchos testimonios de alquimistas y de casos genuinos de transmutación. Incluso en nuestros días existe el caso de un alquimista francés que en 1969 produjo oro y lo hizo analizar por laboratorios alemanes y suizos.

 

Entonces, ¿cómo consiguieron estos alquimistas de la era pre-científica resultados tan extraordinarios?

La única explicación es que estos hombres estaban bien versados en las “ciencias ocultas”; esto es, que habían estudiado conocimientos tradicionales que les dieron acceso a una alta comprensión de la naturaleza visible o invisible.

La ciencia oculta tiene varios principios fundamentales, uno de ellos es que la materia no solo consiste de elementos visibles, sino también de elementos invisibles, estados más sutiles de la materia, visible solamente al clarividente. Otro principio, es que el nivel más denso de la materia (lo físico), es solo un materialización de esos estados más sutiles. En términos científicos esto significa que si podemos mirar en estos planos más sutiles de la naturaleza, podremos tener una visión más real y clara de la naturaleza de las cosas y poder trabajar con la causa raíz que las origina. Por ejemplo, si uno fuera un doctor, podría encontrar la causa de la enfermedad en los planos más sutiles y sanarlo desde la raíz en vez de aliviar solo los síntomas.

 

Pero para ver en estos planos y trabajar en ellos eficientemente, hay que purificarse uno mismo antes y despertar esos planos en nosotros mismos. Esto requiere un entrenamiento interno para despertarlos conscientemente, controlarlos y dirigirlos. Todos sabemos lo difícil que es controlar una emoción, y mucho más difícil controlar un pensamiento. Es muy difícil también (aunque algo menos) controlar nuestros niveles de energía hasta el punto de superar nuestro cansancio, por ejemplo.

Estos son los planos más sutiles de la naturaleza (los alquimistas los llamaban los Cuatro Elementos) y cuanto más trabajamos con ellos más conscientes nos hacemos hasta que podemos ver claramente en estas regiones y nuestro control sobre ellas es perfecto: podemos trabajar en ellas como escultor puede trabajar en la piedra.

 

El alquimista hace lo mismo: busca la raíz de lo material, la “Materia Prima” (una materia invisible y sin forma en los planos más sutiles de la naturaleza) y con ella, a través de un largo y doloroso proceso forma lo que conocemos como

“Piedra filosofal”, un objeto (¿físico?) con aparentes propiedades milagrosas, transformativas y de sanción. Con esta Piedra o Tinte puede transmutar metales básicos en otros más puros, curar enfermedades e incrementar los años de vida.

Lo que el alquimista hace entonces, es seguir el proceso natural de la creación. Paracelso habla de la “Alquimia Natural”: la Alquimia natural causa que las manzanas maduren y produce uvas en las parras. La alquimia natural separa los elementos útiles de los alimentos que entran en nuestro estómago y los transforma dentro del ciclo de nuestro cuerpo, rechazando lo que es inútil. Un físico que no conoce la alquimia solo es un sirviente de la naturaleza…pero el alquimista es su amo.

 

El maestro de Paracelso, Johannes Tritheim, abbot de Spanheim, habla del proceso de materialización de los elementos sutiles en la alquimia:

“El arte de la magia divina consiste en la habilidad de percibir la esencia de las cosas a la luz de la Naturaleza, y usando el poder del alma del espíritu, producir cosas materiales desde lo invisible del universo…Aprenderá la ley por las cuales las cosas se cumplen si aprendes a conocerte a ti mismo…El Oro es de naturaleza tripartita y hay otro etéreo, fluido y material. Se trata del mismo oro solo que en tres estados diferentes; y el oro de un estado puede transformarse en oro en otro estado diferente.”

 

En la República de Platón, Sócrates describe un mito en el que hay cuatro tipos diferentes de hombre, cada uno de ellos tiene un tipo de metal en sus almas: hierro, cobre, plata y oro. Los hombres de oro son los filósofos (en el verdadero sentido de amantes de la sabiduría por encima de la fama o la riqueza). Paracelso habla del filósofo en términos parecidos. Dice: “Sabemos que un amante hará lo necesario para encontrarse con la mujer que ama – ¡cómo no va a hacer mucho más el amante de la sabiduría para ir en busca de la divina amada!

En la alquimia existe la idea de que, en el reino del metal, el objeto de la naturaleza es crear oro. La producción de metales más básicos es un accidente del proceso o el resultado de un ambiente desfavorable. El oro, es por tanto, el arquetipo o meta del reino del metal y de modo similar, el hombre de oro es el arquetipo o meta del reino humano. La idea es que un día, todos los metales serán oro y todos los hombres serán “filósofos”, puros e incorruptibles y tan luminosos y generosos como el mismo Sol.

Platón también comenta que esos filósofos, como ya tienen el oro en sus almas, no desearán el oro físico. Y eso parece haber sido cierto en los grandes alquimistas de la Edad Media. La gente como John Dee o Paracelso no era rica. Roger Bacon era un monje. Estas personas no estaban motivada por el deseo de la riqueza, porque eran suficientemente ricos internamente.

 

Como H.P. Blavatsky dice en “Isis sin velo”: “Iluminados con la luz de la eterna verdad, estos ricos-pobres alquimistas fijaban su atención sobre las cosas que transcienden el común conocimiento, reconociendo nada inescrutable sino la Causa Primera y no encontrando ninguna respuesta sin responder. Osar, conocer, querer y permanecer en silencio, eran su regla constante…”

Otro alquimista, Agrippa von Nettesheim, declaró: “Podría decir muchas más sobre este arte si no fuera por el juramento de silencio que toman usualmente los iniciados en este misterio.”

 

El oro interno de los alquimistas puede ser definido como Sabiduría o Sofía. Es el conocimiento experimental de que esa majestuosidad se expresa a través de uno mismo. Como es arriba es abajo; el hombre es un microsocosmos del macrocosmos. El hombre contiene dentro de sí mismo el misterio de la Vida. Como los griegos solían decir en sus templos. “Conócete a ti mismo y conocerás al Universo y los dioses”

¿Cuál es el camino hacia la divina Sabiduría? Un escritor alquimista dijo: “La paciencia es la escalera de los filósofos y la humildad es la llave de su jardín.” Otro (F. Hartmann, en su biografía de Paracelso) declara: “La forma más elevada de la alquimia es la transformación de los vicios en virtudes por el fuego del amor hacía lo bueno, la purificación de la mente por el sufrimiento, la elevación del principio divino del hombre sobre los elementos animales de su alma.” Una vez conseguido ese proceso de sublimación, es posible retornar al mundo de la materia y mejorarlo. El mismo autor dice: “Por el poder del espíritu, los elementos materiales pueden ser sublimados en elementos invisibles, o sustancias invisibles pueden ser coaguladas y hacerse visibles.” Quizás, se puede comparar al mito de la caverna de Platón donde el filósofo sale de la caverna de los sentidos a la luz de la Verdad y vuelve a la caverna para iluminar al resto de los seres humanos.

 

La alquimia es un proceso de dos caminos que está simbolizado por las tres fases del trabajo: el negro (nigredo) de la disolución; el blanco de la sublimación (albedo); y el rojo de la “exaltación”, correspondiendo a la piedra filosofal que produce oro. Así que, volviendo a los hombres de oro de la República de Platón, es muy significativo que no solo los filósofos, sino también los reyes (el rojo siendo un color real), trabajen por el bien de la humanidad.

Mucho se ha escrito concerniente a las distintas fases del trabajo de la alquimia y su significado, ya sea desde el punto de vista moral, psicológico o físico. Pero no vamos a entrar en este tema con mucho detalle y sin la guía de un maestro iniciado, pues como A. E. Waite señala: “el estudiante irá a la deriva con toda probabilidad y la Materia Prima se le escapará para siempre.” No es posible trabajar en la alquimia sin la Materia Prima y nunca se ha especificado con claridad de qué se trata (posiblemente se refiere a materia en un estado etéreo muy elevado) y es imposible descubrirla sin guía.

 

Sobre esto hay una fascinante historia contada por un filósofo de la Italia renacentista, Pico della Mirandola sobre “un buen hombre que no tenía suficiente para mantener a su familia y estaba sometido a un estado de desesperación, cuando, con la mente muy agitada se fue a dormir y en un sueño se le apareció un ángel, que a través de enigmas, le instruyó en el arte de hacer oro, y le indicó al mismo tiempo que agua debería usar para asegurar el éxito del proceso. Al despertar procedió a trabajar con esa agua e hizo oro en pequeñas cantidades pero suficiente para mantener a la familia. Dos veces hizo oro del hierro y cuatro veces de oropimente. Él me convenció con la evidencia de mis propios ojos de que el arte de la transmutación no es ficción.”

 

La alquimia debe, por tanto, redefinirse como una de las ciencias espirituales ya perdida, la cual, al igual que su hermana, l Astrología, combina el estudio profundo de la naturaleza con el estudio del hombre y permite al adepto llevar ambas, hombre y naturaleza, a la perfección. Paracelso dijo que había tres cualidades necesarias para el trabajo de la alquimia: orar (significa el deseo profundo de aspirar a lo que es bueno), Fé (no una fe ciega, sino basada en el conocimiento y la confianza sin dudas) e Imaginación (que describe como “estar hundido en el pensamiento profundo, ahogado en el propio alma”)

 

El oro interno de los alquimistas es la individualidad perfecta y el oro de los filósofos es la perfección de la naturaleza. Ambos, hombre y naturaleza, evolucionan hacia la perfección, pero el hombre puede ayudar en el proceso evolutivo entendiendo y trabajando consigo mismo y con ella.

Trabajar solo a nivel material es una ciencia muy pobre, pero un día, podremos expandirla hacia una ciencia más grande, la ciencia de la Vida (a veces conocida como Magia)

Muy lejos de ser esos individuos poco lúcidos que a la historia le gusta imaginar, los verdaderos alquimistas eran grandes iniciados que, en muchos aspectos, conocían más de la naturaleza que muchos de los científicos de hoy en día. Maestros de la naturaleza y de ellos mismos, siempre ponían esa maestría al servicio de Dios y la Humanidad y nunca la empleaban en mezquinas empresas.

 

Este artículo ha sido escrito por Julian Scot

Octavio Paz

El verdadero tema de nuestro tiempo, y el de

todos los tiempos, es el de la reconquista de la inocencia

por el amor. Octavio Paz

 

Cualquier Edad de Oro se ha extinguido

aun en el fondo azul de las edades.

La idea terrenal se desangró despacio

cuando se desgarraban las banderas,

y nos queda el sudor triste de cada día.

Sólo es verdad la lejanía de terrible extrañeza,

el despego que huye como el vuelo del cisne

y abandona la tierra.

Pero también soy carne cuando canto

y la carne se obstina y clama: todavía.

Todavía. Y su gozo va persuadiendo al alma

que cuenta y magnifica los últimos tesoros.

Porque la Edad de Oro, cuando se ha desterrado del tiempo

espera en el espíritu a que el hombre regrese

y como una secreta y mágica armonía

va vertiendo a sus formas cuanto en el mundo yace.

Todavía. ¡Qué molde de esperanza!

Todavía. Y los trozos cargados de sentido

recomponen su imagen y restauran su gusto.

 

Sí, vosotros, poetas:

los siempre interrogantes, extrañados y solos,

siempre en un parpadeo sobre la eternidad que el corazón acuña

vosotros qué sois hombres ;

puestos en el extremo de la hombría

para devolver a los otros, velados por su sangre,

su noble melancolía de dioses desterrados ;

vosotros, que volvéis del sobrecogimiento

para recomponer el mundo incomprensible;

vosotros y vuestros cantos,

cuidad de este suave todavía del tiempo,

cuidad de sus altares y de sus vergeles,

de sus amores que encienden el hogar

y de sus sueños que hacen llegar puntualmente a las flores.

Un río de ternura derramad sobre el mundo cansado

y atajad con el espejo de la belleza,

en la que el hombre se sorprende de sí mismo,

las aguas subterráneas del dolor sin espíritu

que se van a la muerte.

Alzad, alzad la muerte y el dolor sobre el mundo;

vuestro dolor sagrado, compadecido y libre,

vuestra muerte como un pórtico y como una corona.

y tejed con los restos de los siglos un día resplandeciente

–todavía de Dios–

y adornadle, adornadle y hacedlo irresistible

para que el hombre vuelva. Dionisio Ridruejo (frag. del poema Todavía)

 

Una y otra vez esos edificios se han derrumbado, pero siempre han dejado intacto este sentimiento original. Sin duda, la manera propia de ser del hombre -su manera más inmediata, original y antigua- es sentirse a sí mismo como parte de un todo viviente. Y esto se hace patente en las dos notas extremas de nuestras posibilidades vitales: soledad y comunión. En efecto, ya nos sintamos separados, desarraigados, arrojados al mundo o ya nos instalemos en su centro con la naturalidad del que regresa a su casa, nuestro sentimiento fundamental es el de formar parte de un todo. En nuestro tiempo la nota predominante es la soledad. El hombre se siente cortado del fluir de la vida; y para compensar esta sensación de orfandad y mutilación acude a toda clase de sucedáneos; religiones políticas, embrutecedoras diversiones colectivas, promiscuidad sexual, guerra total, suicidio en masa, etcétera. El carácter impersonal y destructivo de nuestra civilización se acentúa a medida que el sentimiento de soledad crece en las almas. “Cuando mueren los dioses”, decía Novalis, “nacen los fantasmas”. Nuestros fantasmas han encarnado en divinidades abstractas y feroces: instituciones policiacas, partidos políticos, jefes sin rostro. En estas circunstancias, volver a la magia no quiere decir restaurar los ritos de fertilidad o danzar en coro para atraer la lluvia, sino usar de nuevo los poderes de exorcismo de la vida: restablecer nuestro contacto con el todo y tornar erótica, eléctrica, nuestra relación con el mundo. Tocar con el pensamiento y pensar con el cuerpo. Abrir las compuertas, recobrar la unidad. Asimilar, en suma, la antigua y aún viviente concepción del universo como un orden amoroso de correspondencias y no como una ciega cadena de causas y efectos. Asumir la realidad de la magia no entraña aceptar la realidad de los fantasmas de la magia, sino volver a sus principios, que son el origen mismo del hombre. Octavio Paz, 1974

Valores y Virtudes…Sri Ram

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La humildad es la raíz de todas las virtudes, porque es la absoluta carencia de egoísmo, el progenitor y el productor de todos los vicios.

Solo un espíritu de tolerancia, lo cual significa respeto por la libertad, hará posible el descubrimiento de los valores de otras maneras de pensar y de otros puntos de vista ajenos a los nuestros.

Ha de haber una comprensión de los verdaderos valores de la vida, pero nunca seremos capaces de transmitir esa comprensión a los demás, a menos que primero lo hayamos realizado en nosotros mismos. Una vez hecho esto, cada movimiento de nuestras vidas revelará algo de la belleza de estos valores.

Todas las virtudes son realmente formas de perfección que representan la germinación de una semilla divina que contiene en sí todo lo que es puro, maravilloso y sublime en el hombre.

Cada una de las virtudes, cualidades, actitudes que caracterizan un modo de vivir que es realmente bello se combina y se funde con las demás, porque todos son aspectos de una totalidad que pertenece a la naturaleza espiritual del hombre.

Todas las verdaderas virtudes surgen libremente de nuestro interior, a partir de una profunda realización y comprensión.

El instinto de la virtud, que puede asumir formas diferentes, está arraigado en un instinto de rectitud, y, en realidad, puede considerarse como la belleza del alma.

La flor de la virtud tiene una raíz espiritual, su naturaleza es siempre una y la misma, pero sus modos de actuar varían según las condiciones o situaciones exigentes.

Solo cuando la virtud se transfiere a la vida es cuando esta se vuelve verdaderamente disciplinada.

Cada virtud es una faceta de perfección. Perfección en la expresión, en las palabras, en los actos, en la conducta, en todo.

La virtud en acción no yerra por exceso ni por defecto. Aquella naturaleza que es incorrupta, conoce por instinto lo que está bien lo mismo en pensamiento que en acción, y obra en consecuencia.

Todas las virtudes son manifestaciones de la perenne belleza del alma.

Cuando el instinto de la virtud o de la rectitud entra en acción, todo lo que uno hace, piensa y siente será justo y bello.