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Epícteto y la otra intención II

Continuación.

 

Fuente: https://medium.com

La dignidad humana

A continuación dejamos un pequeño resumen sobre el tema La dignidad humana, que al igual que otras actividades del mes de mayo, están dedicadas a los valores.

Aquello en las personas que no se puede medir, quizás sea porque pertenezca a lo más profundo del ser humano, como la dignidad.

Sin embargo, si no entendemos en su completura este tipo de elementos, no los podemos identificar en nosotros mismos. Por eso, la filosofía se ha preocupado por estos temas tratando de encontrar una idea acabada que sirviera a todo el ser humano.

Sobre la dignidad hay diferentes posturas: negar que existe; relacionarlo solo con lo que nos es afín o con los derechos humanos, como por ejemplo una vivienda digna, un trabajo digno, etc, que evidentemente son necesarios.

Kant, Schiller, Platón y otros dicen que la dignidad no depende de lo externo, ni tanto de lo necesario para vivir, sino que es propia del ser humano. Algo que el ser humano conquista y nadie se la puede quitar, pero del mismo modo nadie se la puede dar, sino que es como un regalo que se hace a sí mismo y se refleja en el exterior.

La palabra dignidad procede del latín dignus, lo valioso, lo válido…o sea lo más valioso del ser humano. Antiguos filósofos y culturas hablan de que el ser humano está formado por una parte más material y otra más sutil y atemporal. Por tanto la dignidad, sería lo que nos acerca a lo atemporal viviendo de acuerdo a los dictámenes de esa parte más espiritual.

Lo más digno es aquello más valioso en el ser humano. Algunos dicen que es la razón. De hecho, la palabra humano contiene en ella el sustantivo man (hombre en inglés) cuya raíz significa el que piensa. El poder pensar, reflexionar sobre conceptos transcendentes, proyectarnos hacia el futuro, etc, esa capacidad es propia del ser humano.

Conocernos a nosotros mismos nos acerca a la dignidad. Hay que plantearse que podemos ser mejores de lo que somos actualmente. Quizás haya que plantearse que estamos en construcción y eso nos ayuda a buscar la dignidad porque va a hacer que encontremos en nosotros elementos que aun tenemos que explotar, por ejemplo, nuestros valores, las fortalezas, el amor, la inteligencia, la voluntad…que pertenecen a esa parte atemporal del ser humano.

La parte más material del ser humano también tiene valores:  el orden mental, la salud del cuerpo, el correcto uso de nuestra energía y que nuestros deseos no sean solo para nosotros, sino que también deseemos lo bueno para los demás.

Lo que también nos puede dar dignidad es que nuestra vida tenga un sentido aparte de lo que haga falta para subsistir. Pero perdemos dignidad con la ignorancia. La ignorancia es no tener visión de lo verdadero, de lo real. La opinión es coger parte de lo verdadero, de lo real y creer que se trata de la verdad completa.

También perdemos dignidad con el miedo; la falsa dignidad cuando se confunde con honores, medallas y cargos o aplausos externos; la vanidad; y la indiferencia que crea máscaras o barreras haciendo creer que no nos afectan las cosas, lo que lleva a la apatía.

Acompañan a la dignidad, la integridad, la unión, la coherencia y la honestidad que busca la veracidad en lo que hacemos y lo que nos rodea. La dignidad es ser responsable de nuestras propias decisiones.

Tres frases se encontraban escritas en el oráculo de Delfos: nada en demasía, conócete a ti mismo, sé digno.

Cartas…para todos

P.D. Voltaire, Tratado sobre la tolerancia, capítulo XXIII:

Ya no es por lo tanto a los hombres a los que me dirijo, es a ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a unas débiles criaturas perdidas en la inmensidad e imperceptibles al resto del universo osar pedirte algo, a ti que lo has dado todo, a ti cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar con piedad los errores inherentes a nuestra naturaleza; que esos errores no sean causantes de nuestras calamidades.

Tú no nos has dado un corazón para que nos odiemos y manos para que nos degollemos.

Haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre los vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros idiomas insuficientes, entre todas nuestras costumbres ridículas, entre todas nuestras leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas, entre todas nuestras condiciones tan desproporcionadas a nuestros ojos y tan semejantes ante ti; que todos esos pequeños matices que distinguen a los átomos llamados hombres no sean señales de odio y persecución; que los que encienden cirios en pleno día para celebrarte soporten a los que se contentan con la luz de tu sol; que aquellos que cubren su traje con una tela blanca para decir que hay que amarte no detesten a los que dicen la misma cosa bajo una capa de lana negra;

que dé lo mismo adorarte en una jerga formada de una antigua lengua o en una jerga más moderna; que aquellos cuyas vestiduras están teñidas de rojo o violeta, que mandan en una pequeña parcela de un pequeño montón de barro de este mundo y que poseen algunos fragmentos redondeados de cierto metal, gocen sin orgullo de lo que llaman grandeza y riqueza y que los demás los miren sin envidia: porque Tú sabes que no hay en estas vanidades ni nada que envidiar ni nada de que enorgullecerse.

¡Ojalá todos los hombres se acuerden de que son hermanos!

¡Que odien la tiranía ejercida sobre sus almas como odian el latrocinio que arrebata a la fuerza el fruto del trabajo y de la industria pacífica!

Si los azotes de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos unos a otros en el seno de la paz y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por igual, en mil lenguas diversas, desde Siam a California, tu bondad que nos ha concedido ese instante.


Bertrand Russell, Autobiografía, 1967.

PARA QUÉ HE VIVIDO

“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado.

Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de aprehender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.

El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

Esta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad .”

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Una de Enrique González Martínez

Busca en todas las cosas

Busca en todas las cosas un alma y un sentido
oculto; no te ciñas a la apariencia vana;
husmea, sigue el rastro de la verdad arcana,
escudriñante el ojo y aguzado el oído.

No seas como el necio, que al mirar la virgínea
imperfección del mármol que la arcilla aprisiona,
queda sordo a la entraña de la piedra, que entona
en recóndito ritmo la canción de la línea.

Ama todo lo grácil de la vida, la calma
de la flor que se mece, el color, el paisaje.
Ya sabrás poco a poco descifrar su lenguaje. . .
¡Oh divino coloquio de las cosas y el alma!

Hay en todos los seres una blanda sonrisa,
un dolor inefable o un misterio sombrío.
¿Sabes tú si son lágrimas las gotas de rocío?
¿Sabes tú qué secreto va contando la brisa?

Atan hebras sutiles a las cosas distantes;
al acento lejano corresponde otro acento.
¿Sabes tú donde lleva los suspiros el viento?
¿Sabes tú si son almas las estrellas errantes?

No desdeñes al pájaro de argentina garganta
que se queja en la tarde, que salmodia a la aurora.
Es un alma que canta y es un alma que llora. . .
¡Y sabrá por qué llora, y sabrá por qué canta!

Busca en todas las cosas el oculto sentido;
lo hallarás cuando logres comprender su lenguaje;
cuando sientas el alma colosal del paisaje
y los ayes lanzados por el árbol herido. . .
Enrique Gonzáles Martínez