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Donald y las matemágicas para los niños

Portada Donald y las matemágicas

En junio de 1959 Disney realizó un corto titulado “Donald en La Tierra de las Matemágicas” (Donald in Mathmagic Land“), imagino que conocido ya por muchas y muchos de vosotros, pues es todo un clásico en la divulgación de las matemáticas.

El corto fue puesto a disposición de escuelas y se convirtió en una de las películas educativas más populares hechas por Disney.

¿Cuál es el argumento de este corto?

El Pato Donald es un explorador que, sin comerlo ni beberlo, se encuentra en la misteriosa Tierra de las Matemágicas, donde el Espíritu de las Matemáticas poco a poco le irá revelando sus secretos.

En esta Tierra de las Matemágicas, contempla sorprendido árboles con raíces cuadradas, un río de números, un extraño animal con cuerpo de lápiz que lo reta a una partida de tres en raya, un círculo, un rectángulo y un triángulo que se unen formando un rostro que recita los primeros decimales del número Pi…

Guiado por el narrador, el espíritu de las matemáticas, viaja a la antigua Grecia para conocer a Pitágoras y los Pitagóricos, creadores de la escala musical, y aprende las proporciones que se encuentran en la estrella de cinco puntas, proporciones que le llevan al número áureo y al rectángulo perfecto.

 

Descubre como la estrella de cinco puntas y la proporción áurea se encuentra en muchos lugares de la naturaleza y ha sido utilizada por artistas, arquitectos, escultores y pintores en sus obras más famosas.Conoce el empleo de la lógica matemática en el ajedrez, y la presencia de las matemáticas y de la geometría en los juegos y deportes.

Descubre los secretos del billar a tres bandas, aprendiendo del espíritu de las matemáticas el método para conseguir carambolas sencillas usando las marcas que aparecen en los bordes de la mesa de billar y sumando y restando números y fracciones simples.

 

Y, para terminar, el corto invita a Donald a utilizar la imaginación, el poder de la mente mediante el cual podemos ver las figuras geométricas, la esfera, el cono, el paraboloide, el cilindro… que luego tendrán aplicación en la óptica, ingeniería, mecánica, astronomía… Esa misma imaginación que nos ayudará a ir abriendo las infinitas puertas del conocimiento que todavía nos quedan por abrir.

 

A pesar de que muchos de los conceptos que se tratan en el corto (número de oro, rectángulo áureo, etc.) no son apropiados curricularmente para la etapa de Primaria, sin embargo, sí es un buen recurso para utilizar en el aula, pues contribuye a fomentar e inculcar una actitud receptiva y valorativa de las matemáticas por la presencia de éstas en los distintos ámbitos como el arte, la música, el juego, etc., así como en la propia naturaleza.

Además, no está mal fomentar la imaginación y la creatividad, que desgraciadamente es un punto débil en la educación actual.

Por otra parte, como en casi todo, no hay que quedarse en la visualizacíon de la película, sino que se debe reforzar trabajando sobre los conceptos vistos, como por ejemplo identificando las figuras geométricas que se encuentran en su entorno, tanto las naturales como las creadas por el hombre o, aprovechando que es algo que les puede llamar más la atención, analizando el papel de las matemáticas en los distintos juegos.

Todo ello contribuirá a fomentar el interés por la materia, y ayudarle así a comprender mejor la importancia de las matemáticas, como elemento inherente en la vida diaria.

En definitiva que, a pesar de ser un corto de animación que tiene ya más de cinco décadas, el planteamiento y los contenidos están muy bien logrados y son válidos para niños de cualquier generación, y más aún siendo Donald el protagonista, un personaje que, a pesar del paso del tiempo, no ha pasado a la historia.

Y ya para completar la entrada, aquí os dejo el enlace a este fantástico corto de Disney.

Espero que lo disfrutéis y, sobre todo, que sirva para que los más pequeños vean las matemáticas de otra manera, aunque mucho me temo que ese es un objetivo para el que habrá que trabajar mucho y cambiar muchas cosas, empezando por cómo se enseñan.

Extraido de matemáticascercanas.com

El saber “científico” y el saber “filosófico”

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“El hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en Ti” (San Agustín, Confesiones).

Decía Federico García Lorca: “Sólo el misterio nos hace vivir. Sólo el misterio”. Y tanto Jorge L. Borges como Lewis Carroll, que comparten el honor de ser los autores no científicos ni filosóficos más citados en obras de filosofía y de ciencia, nos ofrecen en sus obras, como el mayor atractivo para su lectura, ese elemento inquietante que nos lleva al asombro, a la perplejidad; esa llamada que nos hace imaginar otros mundos y nos obliga también a pensar y a buscar una razón que nos dé respuestas para vivir en este, sobrecogidos ante tanto misterio.

¿Qué es el tiempo, la vida, quiénes somos cada uno y qué hacemos aquí? ¿Cómo nació toda esta inmensidad que podemos contemplar cuando miramos al cielo o nos adentramos en las profundidades de los mares? ¿Por qué nos empeñamos en hacerle daño a la Tierra que nos lo da todo, hasta nuestro propio cuerpo, y en contaminar el aire hasta hacerlo a veces tan irrespirable? ¿Qué sentido le estamos dando a nuestro deambular por el mundo y para qué, en definitiva, hemos venido? ¿Cuáles son las leyes que hacen funcionar tan armónicamente, aun a pesar nuestro, tanta diversidad y tan infinita belleza? Etc. etc. etc.

A esta búsqueda de respuestas, al origen y las causas que existen detrás de todo, a esta especie de atracción amorosa e irresistible hacia el conocimiento que, a la vez, nos produce una cierta inquietud al no contar con respuestas claras que nos satisfagan, es a lo que llamamos filosofía. Pero también la ciencia es una afanosa búsqueda que, por distintos caminos de investigación, se funde a veces con la filosofía, ya que son las mismas inquietudes las que llevan al filósofo y al científico hacia nuevos descubrimientos que van abriendo paso e iluminando el camino del hombre en su transitar por el mundo.

¡El hombre! ¿Existe mayor incógnita que él mismo, un ser que es pura paradoja, tan cambiante, tan transitorio y a la vez tan eterno?

Se ha dicho y repetido que el hombre es filósofo por naturaleza. Pero entonces viene la ciencia y se pregunta: ¿dónde reside ese deseo o esa necesidad de encontrar respuestas, en qué lugar de nuestro cuerpo se aloja, en nuestro corazón, en nuestra mente? Los científicos han estado investigando y han descubierto que el cerebro humano ha sido genéticamente diseñado para sustentar creencias espirituales, o sea, que hay un espacio físico en nuestro cerebro donde se asienta nuestra conciencia. También hemos sabido últimamente, gracias al estudio de la antropología, que “lo sagrado es un elemento de la estructura de la conciencia, no un estado de la historia de esa conciencia”, según ya afirmaba Mircea Eliade en su monumental obra sobre la historia de las creencias y las ideas religiosas, en contra del positivismo reinante.

La vida cotidiana puede ser realmente una aventura apasionante. Pero además, podemos hacerla muy entretenida y mucho más interesante si la enriquecemos dando un contenido filosófico a lo que hacemos en cada momento, desde lo más cotidiano a lo que irrumpe intempestivamente de forma inesperada. Para esos golpes bruscos que aparecen de golpe y que nos pueden zarandear hasta hundirnos si no estamos suficientemente preparados y bien agarrados a nuestro eje central, una verdadera preparación filosófica nos puede salvar del bache, incluso hacernos más fuertes y mejores tras superar la prueba. La experiencia de haber vivido momentos difíciles y haber sabido afrontarlos con entereza nos va a dar una gran seguridad y nos va a afianzar en el camino que hemos elegido.

Simplemente observando las cosas y los procesos de cambio y evolución que cada una conlleva, vamos cada día modificando nuestras actitudes y sentimientos hacia ellas y, al mismo tiempo, nos vamos conociendo un poco más a nosotros mismos y podemos ir creciendo al extraer siempre una experiencia positiva de lo vivido. Así avanzamos y podemos ir descubriendo poco a poco que la filosofía, la simple y natural búsqueda de la verdad y de lo que puede haber detrás de cada acontecimiento, da efectivamente respuestas cada vez más satisfactorias a nuestras inquietudes trascendentes, y es el mejor soporte para entender lo que la razón o la religión no son capaces de explicarnos ¿O sí?

Dos científicos de la Universidad de Pensilvania, Eugene d’Aquili y Andrew Newberg, profesor de psiquiatría y antropólogo dedicado al estudio de las religiones el primero, y médico especialista en neurofisiología y medicina nuclear el segundo, han hecho públicas sus investigaciones sobre los efectos de la meditación y la plegaria en el cerebro humano y han creado una nueva rama del saber: la neuroteología. La palabra ya fue utilizada por Aldous Huxley para denominar la disciplina dedicada a entender las complejas relaciones entre la espiritualidad y la actividad física del cerebro. Durante dos años, Newberg estudió las funciones y los riegos sanguíneos del cerebro de ocho budistas tibetanos durante su meditación y de un grupo de monjas franciscanas mientras rezaban ensimismadas sus oraciones. Según estos dos científicos, la oración y la meditación activan algunas funciones cerebrales que son las que crean la sensación de plenitud absoluta y de comunión trascendental. Los investigadores de Pensilvania subrayan que el cerebro está programado para ayudar a los hombres a sobrevivir en un mundo cruel y agresivo, dando un sentido a su existencia.

Se ha demostrado también que la estructura del cerebro no es tan estática como se pensaba hace unos años. Estudios recientes han demostrado que el cerebro cambia constantemente, y su estructura y función se modifican según sea el comportamiento del individuo, amoldándose a cada circunstancia. La meditación de un monje budista o la plegaria de una monja católica tienen unas repercusiones físicas en el cerebro, concretamente en los lóbulos prefrontales, que provocan el sentido de unidad con el cosmos que experimenta el monje, o de proximidad a Dios que siente la religiosa. Estas experiencias y sensaciones nacen de un hecho neurológico: la actividad de los lóbulos prefrontales del cerebro, que son los que corresponden a la capacidad de concentración, de perseverancia, de disfrutar, de pensar en abstracto, de la fuerza de voluntad, del sentido del humor y, en último término, de la integración armónica de nuestro propio yo con todo lo que nos rodea.

D’Aquili y Newberg han intentado responder a cuestiones como el origen de la elaboración de los mitos, la conexión entre el éxtasis religioso y el orgasmo sexual o los datos que aportan las experiencias próximas a la muerte, sobre la naturaleza de los fenómenos espirituales. Ellos han investigado de dónde proviene esa necesidad humana de crear mitos para explicarse el mundo, buscando en la mitología y en las religiones esa tendencia innata del ser humano a sentirse unido a la Naturaleza formando parte del cosmos y a creer en un Dios infinito y poderoso como Creador Supremo de toda la existencia. No existe religión ni tradición popular que no crea en la existencia de Dios y en la inmortalidad del alma. Esto es un hecho ya demostrado por los antropólogos, y ahora resulta que, además, esto se puede observar, grabar y fotografiar estudiando científicamente los mecanismos del cerebro. O sea, que Dios está, en palabras de estos investigadores, cableado en el cerebro humano.

Otro investigador, el Dr. Richard Davinson de la Universidad de Wisconsin, muestra que podemos actuar sobre los lóbulos prefrontales, ya sea con medicamentos (como el famoso Prozac) o con la meditación. Lo que ocurre es que al suprimir los fármacos los efectos concluyen, mientras que las repercusiones de la meditación permanecen. Defiende sin miedo este investigador que el ejercicio continuado de la meditación influye positiva y decisivamente sobre esta parte del cerebro y, por lo tanto, sobre el comportamiento humano. Es muy posible que, en un futuro no muy lejano, la prescripción médica de momentos de meditación sirva para mejorar nuestro carácter o cualquier deficiencia de comportamiento.  th

 

Muchos pensadores materialistas (no me atrevería a llamarles filósofos, ya que la filosofía busca más allá de lo material que a ellos les limita), creen que la religión es una invención psicológica que nace de la necesidad de aliviar los miedos existenciales y encontrar así la comodidad de esos anclajes en medio de un mundo confuso y lleno de peligros. Pero ya hemos visto que el impulso hacia lo espiritual arraiga en la biología del ser humano. El hombre comienza sintiendo el impulso religioso y encuentra la verdad en la filosofía que une todas las religiones, las ciencias y las artes, iniciando un camino de búsqueda ya imparable para el que ha sido herido por la flecha divina que despierta su amor por la sabiduría. Este conocimiento es lo que le equilibra y le va a dar fuerzas para sobrevivir en medio de los vaivenes de la vida, pues a medida que va descubriendo lo que hay detrás de lo que sus sentidos perciben o experimentan sus sentimientos, se da a sí mismo respuestas que le hacen feliz para continuar aun en medio del mayor dolor.

He hablado antes de religión como el inicio del despertar de la conciencia en el hombre, pero quiero aclarar que cuando digo religión no me refiero a ninguna en particular, sino al sentimiento religioso de unión con lo divino innato en el ser humano que es, precisamente, lo que nos diferencia de los animales, incapaces estos de tener conciencia de sí mismos y de concebir la divinidad. Entender el paso del tiempo y la realidad de la muerte nos hace humanos. Según ha investigado la moderna antropología, los antiguos enterraban a sus muertos orientados hacia el oeste para solidarizar la suerte del alma con el curso del Sol, lo que implica la creencia en que la vida continuaba ahora más allá de lo visible a nuestros ojos, de la misma manera que el Sol se ocultaba, para volver a renacer en una nueva encarnación, es decir, que, después de un tiempo de descanso volverá, como el Sol, para amanecer a un nuevo día y continuar su camino de evolución en la materia de un cuerpo nuevo.

Para comprender la diversidad de las religiones sería necesario un análisis muy serio y un estudio comparativo de las grandes religiones de la Antigüedad, decía H. P. Blavatsky. La ciencia tendría que indagar sistemáticamente las operaciones de la Naturaleza a través de sus leyes inmutables y sacar conclusiones, comparando a la vez las explicaciones transmitidas en sus mitos por los pueblos antiguos. Ahora sabemos que la tradición oral recogida en las mitologías no es más que nuestra propia historia contada por nuestros antepasados que, a través de afirmaciones fabulosas querían darnos a entender verdades importantes y conocimientos profundos que tendríamos que saber desvelar.

Recuperar esta sabiduría que nos legaron los antiguos con sus tradiciones y han ido corroborando de diferentes formas todas las escuelas de filosofía, tanto de Oriente como de Occidente, va a ser, cuando sepamos entenderlo, nuestro mejor soporte para vivir la cotidianidad en un estado interiormente feliz y en armonía con las personas y las circunstancias que nos rodean.

Artículo redactado por Maria Angustias Carrillo de Albornoz

 

El caduceo

El caduceo como símbolo sagrado del médico

 

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El caduceo es un símbolo cuya antigüedad resulta casi imposible decidir, ya que lo encontramos asociado a diversas deidades de características similares en todas las civilizaciones.

Su presentación ha tomado diferentes formas dentro de un mismo esquema que nos permite reconocerlo allí donde aparece. Los elementos que lo constituyen son siempre los mismos y, por eso, hablan un mismo lenguaje sagrado. Sea en las manos de Hermes o Mercurio, en las de Asclepios o Seraphis, sea en Sumeria, en Fenicia, Egipto, Grecia, Irán, Roma, en todo el Mediterráneo y aún en América Precolombina, es posible encontrar la vara rodeada de serpientes, o simplemente las serpientes entrelazadas, con alas o sin ellas, reflejando idéntico movimiento universal.

Según H.P.B., los griegos tomaron de los egipcios la idea del caduceo. Entre los egipcios, este símbolo de una vara con dos serpientes enroscadas, se encuentra en monumentos tan arcaicos como los que anteceden a la aparición de Osiris como deidad entre los hombres.

Los griegos tomaron, pues, este símbolo y lo utilizaron con similar significado. Lo pusieron en manos de Hermes y de Asclepios, y más tarde los romanos lo hicieron con Mercurio y Esculapio.

 

La palabra “caduceo” proviene del latín “caduceum”, que a su vez deriva de otra palabra griega que se puede traducir como “heraldo” o “anunciador”. Pero, curiosamente, la raíz también incluye al gallo, el gran anunciador de la mañana, de la luz, de la aparición del Sol. Así, desglosando el sentido del mástil central como árbol, de la o las serpientes, de las alas y –en ocasiones- de la copa en la que bebe la serpiente, intentaremos llegar al simbolismo del Caduceo, que va desde la cósmica hasta la fisiológica, contemplando en lo que nos interesa, la Medicina y la Salud como Orden Universal y restablecimiento de ese Orden cuando se ve afectado.

Es en Grecia donde encontramos esta tradición más arraigada. En el templo de Epidauro se celebraban prácticas especiales consagradas a Asclepios. Este dios, hijo de Apolo, fue educado por el centauro Quirón, del que aprendió a preparar medicinas, tanto que llegó a superar a su propio maestro. Su capacidad de sanar, y aún de resucitar muertos, hizo que Hades temiera tener que cerrar las puertas de su Reino… Finalmente Zeus da muerte a Asclepios, quien, no obstante, conserva honores divinos. Se cuenta que se aparecía en sueños a los enfermos que acudían a su santuario de Epidauro.

Más tarde, Higia, diosa de la Salud, como hija de Asclepios, se relacionó también con la serpiente de Epidauro y una copa que se llegaría a convertir en el emblema de los farmacéuticos.

En numerosas monedas aparece Asclepios con una serpiente consagrada, denominada “paros” por su color cobrizo. Cuentan los sacerdotes de la época que las serpientes se introducían por la noche en la habitación de los enfermos, mientras éstos dormían, para devolverles la salud.

Según Ovidio, el mismo Asclepios se había transformado en culebra para llegar hasta Roma y curar a los desdichados. Ante semejante prodigio, los romanos le levantaron un templo como dios sanador, eligiendo la cima de la isla del Tíber, donde había arribado la culebra, recordando el hecho con una piedra erigida en la proa de la isla.

Todo lo cual nos remite al valor simbólico de la serpiente. Nos dice H.P.B. que Asclepios, llamado “El Salvador de todo”, es idéntico al Ptah egipcio, la Inteligencia Creadora, y a Apolo –su padre-. La serpiente Kneph representa la eternidad y aparece bordeando una vasija de agua, con su cabeza suspendida sobre las “Aguas Primordiales” a las que incuba con su aliento; esta forma, como Logos-Alma, es llamada Ptah; y como Logos-Creador se convierte en Imhotep, su hijo, fuertemente ligado a las Ciencias Sagradas y, entre ellas, la Medicina.

Los ofitas sostenían que había que agradecer a la Serpiente porque ella enseñó a Adán que si comía del fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, su ser se elevaría por la Sabiduría así adquirida. Desde entonces, es decir, desde el “Primer Hombre”, viene la asociación de la Serpiente con el Árbol. Entonces eran verdaderamente imágenes divinas. El Árbol, además del Conocimiento del Bien y del Mal, lo era también de la Vida y de la Muerte. La Serpiente se relacionaba con los sabios e iniciados, con los ciclos del Tiempo concebido como eternidad, con la renovación permanente y la posibilidad de “ingerir” conocimientos.

El significado bueno y malo de la serpiente proviene de que la Sabiduría divina puede reflejarse en el aspecto espiritual del hombre, o bien en conocimientos materiales. Pero, como sea, es siempre conocimiento. Del mismo modo, todos los dioses de la Medicina, tienen ese doble aspecto porque pueden curar en lo físico y en lo espiritual, o, en otra clave, e igual que la serpiente, pueden dar la vida o la muerte. H.P.B. afirma que Seraphis, por ejemplo, aparece muchas veces como una serpiente, un “Dragón de Sabiduría”. Y no hay mucha distancia entre Seraphis y Heracles, el niño que estranguló las dos serpientes que Hera le envió para matarlo, considerando que no era hijo suyo; y por eso vemos a veces figuras de Seraphis-Heracles en las que, lo importante es la unión con la Serpiente.

La Serpiente aparece en todas las religiones, pero no siempre asume idéntico significado en lo exotérico. En las representaciones mitraicas se enrolla alrededor de la piedra generatriz; su principio es la actividad, el movimiento, la hélice, y puede asociarse también a las fuerzas telúricas de la Tierra Madre.

En general, el Uroboros, la serpiente que se enrosca sobre sí misma mordiéndose la cola, significa la vida indestructible, el eterno recomenzar de todas las cosas. Esta serpiente, sin principio ni fin, expresa el movimiento circular en su pureza total, la evolución consciente en el Tiempo Eterno.

La espiral, símbolo estrechamente ligado al de la serpiente, es asimismo un Caduceo. A ello se puede agregar la doble espiral que corresponde al encadenamiento de los ciclos y se refleja en muchas deidades de tipo doble, como los Dioscuros, los Devas y Asuras, el dios Jano, Cástor y Pólux, etc.

La serpiente se relaciona con el huevo -Kneph, en Egipto- y con el pájaro, como en el caso de la serpiente emplumada Quetzacoatl, nuevamente un dios de sabiduría e iniciación.

La prohibición de probar el fruto del Árbol del Conocimiento procede no tanto de Dios, sino del hecho de que la serpiente revela al hombre su esencia y origen divino y le permite acceder a una vía de Redención para superar el Bien y el Mal. Los Hierofantes, los Druidas y otros sacerdotes, se denominaban a sí mismos “Hijos de la Serpiente”; algunos sabios egipcios llegaron a asociarse en una fraternidad “de la serpiente”. Sin duda el hombre interno, al igual que la serpiente, debe despojarse de su antigua piel para convertirse en Hijo de la Sabiduría.

Hay muchos elementos sagrados en este hecho de cambiar de piel, es decir, renovarse constantemente. Por eso se relaciona la serpiente con el elixir de la inmortalidad, el elixir de la salud: es la salud que viene tras la enfermedad, un portentoso símbolo para los dioses curadores.

ntxd98ktb El emblema de los farmacéuticos está muy cerca del de los médicos y del de la diosa Higia de la Salud. La serpiente ya no se enrosca alrededor del bastón, sino alrededor del pie de una copa en la que ella va a beber. Esta copa contiene, seguramente, la bebida sagrada ofrecida por Higia. Este emblema es llamado también Caduceo. Y no es difícil relacionarlo con el Santo Cáliz y con el Grial, la copa sobre la que se inclina Galahad antes de ser “raptado” hacia el cielo, alto misterio de la caballería mística. La serpiente toma su conocimiento de esta Copa-Matriz en la que la luz brilla eternamente, y según las tradiciones, es muy probable que esta copa sea de color verde, el rayo-color de la Tierra y el de Seraphis, dios por excelencia de la Medicina.

En cuanto al bastón o báculo, recordemos lo que se cuenta de Mercurio, que separó a dos serpientes que combatían entre ellas, arrojándoles su bastón que quedó entre medias y se convirtió en símbolo de la paz. Este bastón es un símbolo tan antiguo que aparece desde el magdaleniense y lo reencontramos como báculo del peregrino o caminante en el Camino de Compostela. El que porta este cetro es el que posee el poder; tiene la propiedad de transformar todo lo que toca. Es un símbolo del Conductor y del Iniciador.

En verdad, este bastón central es también un pilar sagrado, una columna, un menhir o el eje del mundo. La serpiente se enrosca a su alrededor del mismo modo en que la plegaria de los fieles asciende a lo alto, como una espiral, desde la tierra hasta el cielo.

Otro simbolismo de las serpientes y la columna es el Fuego Serpentino o Kundalini. Cuando las serpientes se enlazan alrededor del eje central, dibujan siete puntos de encuentro que se refieren a los “chakras” u órganos sutiles del vehículo etérico. Kundalini, como Fuego Serpentino, está reposando en el chakra básico; cuando despierta, como resultado de la evolución, asciende por la columna vertebral siguiendo tres vías: la central llamada Shushumna, y dos laterales que desarrollan dos espirales entrecruzadas que pasan por los siete chakras. Pingala, a la derecha, es masculino y activo; Ida, a la izquierda, es femenina y pasiva.

Es posible relacionar lo anterior con el Yang, y el Yin, donde los colores blanco y negro son delimitados por una espiral con dos puntos centrales opuestos, como centros de dos mundos. Esta doble acción de una única fuerza, está también presente en la doble espiral. Las dos serpientes, expresión de la dinámica latente en la estabilidad, unifican la derecha con la izquierda, las dos corrientes que provienen de lo alto y de lo bajo, es decir, entre el cielo y la tierra, o entre Dios y el hombre. Es una unión armonizadora, unión de los complementarios que ya no pueden enfrentarse sino conjugarse en una unidad redentora.

Recordemos que las serpientes que luchan representan el desorden, el caos: antes de equilibrarlas, hay que separarlas, es decir, distinguirlas, conocer su opuesto y salir del juego de los contrarios. Es la fase terminal en la que las dos fuerzas opuestas se funden o se resuelven en la Unidad, equilibrando el Eje del Mundo, el bastón alrededor del cual se equilibra el caos.

Desde el punto de vista alquímico, es el símbolo de la unión y de la concordia lograda entre el Fuego y el Agua, los dos elementos que se representan en dos triángulos invertidos.

El Caduceo simboliza, pues, la unión de los mundos contrarios, una dualidad que se manifiesta desde el comienzo del Universo como la Luz que surge en medio de las Tinieblas Primordiales. La dualidad se convierte luego en Cielo-Tierra, en masculino-femenino. En astrología, Mercurio rige precisamente a los Gemelos, (Géminis), aparentemente opuestos y esotéricamente unidos. El caduceo es, así, emblema de la Concordia, símbolo de armonía y fuerza.

Las alas, que están en el casco y en los pies de Mercurio, aparecen también en el Sol egipcio, en Amón-Ra, dando vuelo al espíritu que ha sido incubado por la Serpiente, por Kneph convertida luego en Ptah y en Imhotep. Son las alas del heraldo, del anunciador, las alas del Caduceo.

También el médico es un Anunciador. El trae la salud, preserva la armonía y equilibra las oposiciones malignas que se producen, tanto en el cuerpo como en el alma. No debemos olvidar que los primeros médicos fueron representantes directos de la divinidad; en comunicación con la Fuerza Creadora, obtuvieron una comprensión de todas las leyes que rigen nuestro mundo. La penetración espiritual que poseían, les permitía reconocer la naturaleza de la enfermedad y su remedio, lo que era bueno o malo para la vida de los demás. En una época en que lo sagrado y lo profano estaban unidos, estos hombres fueron a la vez sacerdotes y reyes. Su Caduceo era su Saber, era la comprensión del Centro a cuyo alrededor se sustentan las columnas, las serpientes… El que cura debe tener –debería tener- un poder de intuición que le permita dar con el remedio que complete una naturaleza imperfecta. Como el emblema del Caduceo, hay que retornar a los orígenes tomando el camino directo del eje vertical.

 

Resumiendo: volvemos a asociar estos elementos que aparecen en todas las civilizaciones, que son la columna, el árbol sagrado con una o dos serpientes entrelazadas. El bastón está asociado al culto de la columna primordial o del árbol; es la expresión de poder de la divinidad que expande su fuerza a quien acuda en oración. Gracias a esta irradiación, el árbol, la columna, pueden curar.

Este símbolo de equilibrio, de la fuerza que ha organizado el Caos, nos debe ayudar a superar los ciclos temporales, cambiar internamente. Nos aporta una fuente de vida, una eterna juventud, porque no basta con conocer y saber, sino que, sobre todo, hay que poder transmitir. El Caduceo transmite; es como el heraldo, el mensajero de los dioses.

La dualidad aparente tiene que resolverse en la Unidad. La verdad es Una y para llegar a ella hay que transitar un camino árido y estrecho, pero recto como el eje del Caduceo.

Es propio del médico elegir, entonces, un camino de rectitud, un camino que le dirija hacia las leyes cósmicas y su expresión. Tratar de eludir la multiplicidad y sus laberintos, las vueltas espiraladas de la serpiente, (porque de lo contrario, el tiempo podría atraparnos indefinidamente en los ciclos de la manifestación). No hay nada superior a un corazón puro, pues sólo el corazón puro puede recibir y transmitir toda la energía que dimana del Caduceo, llegar desde la tierra al cielo y realizar milagros entre los hombres con la fuerza de los dioses.

Artículo escrito por el Dr. Antonio Alzina

Ciencia versus fe? – (II)

th Yo creo en Dios “gracias a” la Ciencia. No “a pesar de” la Ciencia.

William D. Phillips – Premio Nobel de Física (1997)

 

“Yo creo en la trascendencia, en no conformarse con el día a día… Hay que tener otros ideales, buscar algo más, hasta la divinidad, todo lo lejos que puedas”.

Luis Arsuaga – 
Paleontólogo español – 
Catedrático de Paleontología en la Facultad de Ciencias Geológicas de la Universidad Complutense de Madrid

 

“Hay preguntas que la ciencia no puede responder y que ningún avance concebible de esta la capacitará para responder”.

Peter Medawar – Premio Nobel de Medicina (1960)

 

“No soy positivista. El positivismo afirma que lo que no puede ser observado no existe. Esta concepción es científicamente indefendible, ya que es imposible hacer afirmaciones válidas sobre lo que la gente ‘puede’ o ‘no puede’ observar. Equivale a decir que ‘sólo existe lo que observamos’, lo cual, evidentemente, es falso”.

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“Es posible que todo pueda ser descrito científicamente, pero no tendría sentido, como si alguien describiera una sinfonía de Beethoven como una variación en las presiones de onda.”

Albert Einstein – Físico alemán – Premio Nobel de Física, 1921

 

“No hay conflicto entre el Dios creador y lo que se ha descubierto del Universo.”

“Es perfectamente posible tener creencias religiosas y ser a la vez científico.”

Peter Higgs – Físico inglés – Descubridor del “bosón de Higgs” – Premio Nobel de Física (2013)

 

“Para una parte de la opinión pública y del mundo intelectual la Ciencia se opone necesariamente a la fe en Dios y los científicos son todos necesariamente ateos. Pero hay quien lo ve de otra manera, asegurando que la Ciencia puede acercar al hombre a Dios pues le permite comprender mejor su obra, del mismo modo que quienes tienen educación musical aprecian mejor un cuarteto de Beethoven”

Antonio Fernández-Rañada – Físico español – Catedrático de la facultad de Física de la Universidad Complutense de Madrid

 

“Para el científico que ha vivido por su fe en el poder de la razón, el final del relato es como una pesadilla. Él ha escalado las montañas de la ignorancia; está a punto de vencer el pico más encumbrado; al momento de arrastrarse con esfuerzo sobre la última roca, lo saluda un grupo de teólogos que llevan siglos allí sentados.”

Robert Jastrow – Astrónomo – Director del Instituto Goddard para la Investigación Espacial de la NASA.

 

“Yo pertenezco a ese grupo de científicos que, sin estar adheridos a ninguna religión, niegan que el universo sea un accidente sin propósito. En mi labor científica he llegado a la conclusión cada vez más firme de que el universo físico está trazado con un ingenio tan asombroso que no puedo limitarme a aceptarlo como un hecho bruto.”

Paul Davies – Físico inglés – Director del Instituto BEYOND (Center for Fundamental Concepts in Science)

 

“Tenemos la posibilidad de dejar de lado los dogmas malsanos de la religión y de cientifismo. Podemos abrir la mente y ejercer la razón y la intuición, aproximadamente por igual, para descubrir lo que somos de verdad. Y así cambiaremos el mundo”.

Doctor Bernard Haisch – Astrofísico, colaborador de la NASA

 

“La postura de algunos creyentes de rechazar la evolución equivale a rechazar la información que Dios nos ha dado, la capacidad de entender. Yo creo que, al darnos la inteligencia, Dios quiso darnos la oportunidad de investigar y de apreciar las maravillas de su creación. Dios no se ve amenazado por nuestras aventuras científicas”.

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“El poder estudiar, por primera vez en la historia de la humanidad, los 3 mil millones de letras del ADN humano –que considero el lenguaje de Dios– nos permite vislumbrar el inmenso poder creador de Su mente. Cada descubrimiento que hacemos es para mí una oportunidad de adorar a Dios en un sentido amplio, de apreciar un poco la impresionante grandeza de su creación”.

Francis S. Collins – Genetista estadounidense – Ex director del Proyecto Genoma Humano 

Ciencia versus fe? – (I)

 

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“Mi religiosidad consiste en una humilde admiración hacia el espíritu infinitamente superior que se revela en los leves detalles que somos capaces de percibir con nuestras frágiles y débiles mentes. Esa convicción profundamente conmovida de la presencia de un poder razonador superior, que se revela en el universo, constituye mi idea de Dios”

“La ciencia sin religión está ciega, la religión sin ciencia está coja”

 

Albert Einstein – Físico alemán

Promulgó la Teoría de la Relatividad

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“En el curso de mi vida me he visto repetidamente obligado a meditar sobre la relación entre estas dos regiones del pensamiento (ciencia y fe), pues nunca he sido capaz de dudar de la realidad de aquello hacia lo que ambas (conjuntamente) apuntaban”

 

Werner Heisenberg – Físico, formuló el Principio de Incertidumbre

Premio Nobel de Física, 1932

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“No puede haber nunca una oposición real entre ciencia y religión, pues la una es el complemento de la otra… La religión y la ciencia natural trabajan juntas en una incesante, indesmayable batalla contra el escepticismo y el dogmatismo, contra la increencia y la superstición… Por tanto, ¡adelante, hacia Dios!”

 

Max Planck – Físico alemán, padre de la Teoría Cuántica

Premio Nobel de Física, 1918

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“En el siglo XXI, en una sociedad cada vez más tecnificada, se libra una batalla entre el corazón y la mente de la humanidad. Muchos materialistas, advirtiendo triunfantes los avances de la ciencia para llenar las brechas de nuestro entendimiento de la naturaleza, anuncian que creer en Dios es una superstición obsoleta, y que estaríamos mejor si lo admitiéramos y continuáramos avanzando. Muchos creyentes en Dios, convencidos de que la verdad que deriva de la introspección espiritual es un valor más perdurable que las verdades de otras fuentes, ven los avances de la ciencia y la tecnología como peligrosos en indignos de confianza. Las posturas se endurecen, las voces se agudizan.

¿Daremos la espalda a la ciencia porque se la percibe como una amenaza a Dios, abandonando toda promesa de avanzar en nuestra comprensión de la naturaleza para aplicarla en aliviar el sufrimiento y mejorar la humanidad? O, por el contrario, ¿daremos la espalda a la fe, concluyendo que la ciencia ya ha hecho que la vida espiritual deje de ser necesaria, y que los símbolos religiosos tradicionales pueden ser ahora reemplazados por grabados de la doble hélice en nuestros altares?

 

Ambas opciones son profundamente peligrosas. Ambas niegan la Verdad. Ambas disminuirán la nobleza de la humanidad. Ambas serán devastadoras para nuestro futuro. Y ambas son innecesarias. El Dios de la Biblia es también el Dios del genoma. Se le puede adorar en la catedral o en el laboratorio. Su creación es majestuosa, sobrecogedora, intrincada y bella, y no puede estar en guerra consigo misma.

Sólo nosotros, humanos imperfectos, podemos iniciar tales batallas. Y sólo nosotros podemos terminarlas”

 

Francis Collins – Genetista, ex director del Proyecto Genoma Humano

Director del National Institutes of Health

Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 2001 por su trabajo en el descubrimiento de la secuencia del genoma humano

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“Como hombre que ha dedicado su vida entera a la más clara ciencia superior, el estudio de la materia, yo puedo decirles, como resultado de mi investigación acerca del átomo, lo siguiente: no existe la materia como tal. Toda la materia surge y persiste debido solamente a una fuerza que causa que las partículas atómicas vibren, manteniéndolas juntas en el más diminuto de los sistemas solares: el átomo.  Debemos asumir que detrás de esta fuerza existe una mente consciente e inteligente. Esta mente es la matriz de toda la materia”

“Creo que la consciencia es fundamental. Creo que todo asunto deriva de la consciencia. Todo lo que hablamos, todo lo que consideramos como existente, es dictado por la consciencia”.

“Entre Dios y la ciencia no encontramos jamás una contradicción. No se excluyen, como algunos piensan hoy, se complementan y se condicionan mutuamente”***

“Podemos concluir que a partir de lo que la ciencia nos enseña, en la naturaleza hay un orden independiente de la existencia del hombre, un fin al que la naturaleza y el hombre están subordinados. Tanto la religión y la ciencia requieren la fe en Dios. Para los creyentes, Dios está en el principio y para los científicos al final de todas las consideraciones”.

“La ciencia es incapaz de resolver los últimos misterios de la naturaleza, porque en el último análisis nosotros mismos somos parte de la naturaleza, es decir, somos parte del misterio que tratamos de resolver”.

 

Max Planck – Físico alemán

Fundador de la Teoría Cuántica Premio Nobel de Física, 1918

 

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“Algunos hombres se dedican a la ciencia, pero no todos lo hacen por amor a la ciencia misma. Hay algunos que entran en su templo porque se les ofrece la oportunidad de desplegar sus talentos particulares. Para esta clase de hombres la ciencia es una especie de deporte en cuya práctica hallan un regocijo, lo mismo que el atleta se regocija con la ejecución de sus proezas musculares. Y hay otro tipo de hombres que penetran en el templo para ofrendar su masa cerebral con la esperanza de asegurarse un buen pago. Estos hombres son científicos tan sólo por una circunstancia fortuita que se presentó cuando elegían su carrera. Si las circunstancias hubieran sido diferentes podrían haber sido políticos o magníficos hombres de negocio. Si descendiera un ángel del Señor y expulsara del Templo de la Ciencia a todos aquellos que pertenecen a las categorías mencionadas, temo que el templo apareciera casi vacío. Pocos fieles quedarían, algunos de los viejos tiempos, algunos de nuestros días. Entre estos últimos se hallaría nuestro (Max) Planck. He aquí por qué siento tanta estima por él”.

 

Albert Einstein – Físico alemán

Párrafo extraído del prefacio al libro de Max Planck publicado en 1941,  “¿A dónde va la ciencia?”

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“Algunos formularían la cuestión de la manera siguiente: ‘¿Es una realidad el mundo invisible que nos muestra la perspectiva mística?‘. Realidad es una de esas palabras indeterminadas que pueden conducirnos a debates filosóficos interminables e irrelevantes. Corremos menor peligro de confusión si formulamos la cuestión del modo siguiente:  ‘Al aceptar la perspectiva mística, ¿estamos afrontando los hechos tangibles de la experiencia?‘. No cabe duda de que sí. Yo creo que aquellos que no quieren reconocer nada que no sean las mediciones del mundo científico realizadas por nuestros órganos sensoriales están rehuyendo uno de los hechos más inmediatos de la experiencia, a saber: el de que la consciencia no es exclusivamente, ni siquiera principalmente, un instrumento para recibir impresiones sensoriales”

 

Arthur Eddington -Astrónomo, físico y matemático inglés

Célebre por sus trabajos sobre la Teoría de la Relatividad y la constitución de las estrellas

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“Para una parte de la opinión pública y del mundo intelectual la Ciencia se opone necesariamente a la fe en Dios y los científicos son todos necesariamente ateos. Pero hay quien lo ve de otra manera, asegurando que la Ciencia puede acercar al hombre a Dios pues le permite comprender mejor su obra, del mismo modo que quienes tienen educación musical aprecian mejor un cuarteto de Beethoven”

 

Antonio Fernández-Rañada

Físico español, catedrático de la facultad de Física de la Universidad Complutense de Madrid

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“El panorama de conocimiento que nos presenta la ciencia moderna es tan sobrecogedor que cabe afirmar, en contra del difundido estereotipo, que un científico tiene más razones para creer en Dios que alguien sin formación científica”

 

Fernando Sols – Catedrático de Física de la Materia Condensada

Universidad Complutense de Madrid

 

Extraído del blog Dios y la ciencia.

 

Ciencia y Filosofía

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“La ciencia es un descubrimiento de las leyes que conectan las causas con los resultados, un gran conocimiento de la Naturaleza, del universo y de nosotros mismos” (Jorge Ángel Livraga).

La relación entre ciencia y filosofia es muy importante para el descubrimiento de la naturaleza de los seres, para el conocimiento, la descripción y la valoración de su importancia. Estas dos actividades del espíritu humano constituyen manifestaciones de la misma necesidad gnoseológica, y se influyen mutuamente, en realidad. Recordemos la frase que existía en la puerta de entrada de la Academia platónica: “No entre nadie sin saber geometría”.

La filosofía necesita el apoyo sensible de la ciencia y esta, a su vez, sin la filosofía, pierde profundidad, espíritu crítico y actividad creativa. La filosofía sería por tanto para la ciencia lo que el alma para el cuerpo o lo que la forma para la materia. Muchas veces se confunde la filosofía de la ciencia con la historia de la ciencia. Son, sin embargo, dos campos diferentes, aunque está claro que cualquier intento de acercamiento filosófico a la ciencia necesariamente tendrá que basarse en cierta perspectiva histórica, en relación con la evolución de las ideas, dentro de un marco espacio-temporal concreto. La filosofía de la ciencia, así como la filosofía de la historia, es siempre filosofía. Y la filosofía, ya se haga de la ciencia, del arte, de la política, o de otro campo, necesita un marco histórico, temporal, de manera que se comprendan las relaciones encadenadas de causas y efectos que tienen lugar en la evolución de las ideas, en cada momento civilizatorio. Pero, en este caso, la historia será un sustento, una ayuda aclaratoria para el desarrollo de la filosofía de la ciencia.

La filosofía de la ciencia es, pues, el estudio y el conocimiento de los principios y de los métodos, de las estructuras mentales y de los tipos de relaciones de los acontecimientos que la ciencia en general y las distintas ciencias en particular utilizan para conocer su objeto de investigación, ya sea en la naturaleza y en el universo, ya sea en el ser humano y sus actividades, como por ejemplo el lenguaje, la lógica, la historia, la sociología o la psicología.

El fundamento filosófico de la ciencia permite la correcta aplicación de silogismos del pensamiento inductivo y deductivo, el uso eficaz de los símbolos y de las fórmulas matemáticas, la aplicación práctica de hipótesis y teorías, así como la creación coherente de estructuras para leyes y principios científicos, de manera que se consiga una interpretación satisfactoria del mundo.

Las leyes y principios científicos son generalizaciones de las observaciones, y las teorías son interpretaciones de las leyes. Pero, muchas veces, las teorías avanzan más allá de los simples datos de la observación, con objeto de explicar nuevas situaciones. Por consiguiente, no proceden directamente de la experiencia o del experimento, como ocurre con las leyes. Por esta razón, el conocimiento teórico proviene de influencias mutuas y de cambios más complejos y holísticos de pensamiento.

Se trata de un conocimiento que presupone tanto la existencia de la subjetividad del ser pensante como también la existencia de hipótesis y conjeturas. Y es aquí donde la filosofía tiene una gran utilidad y es incluso imprescindible. Hace falta, no obstante, destacar que no deben confundirse ni eliminarse los límites separadores entre la ciencia y la filosofía. Es imprescindible que exista, no solo distinción entre ellas y sus campos de conocimiento, sino también que puedan coexistir completándose armónicamente.

Para que esto se produzca contribuyen las siguientes razones:

  1. Los descubrimientos e inventos revolucionarios no son siempre acordes a las consideraciones y presupuestos filosóficos de lo establecido por los que comienzan, o a los principios aceptados a los que están sometidos los criterios apreciativos de los filósofos. Sin embargo, estos descubrimientos pueden muchas veces utilizarse como base para nuevas revisiones de raíz en la filosofía. Asimismo, sucede lo contrario, como dice K. Popper: “Desde un punto de vista histórico, las ciencias occidentales actuales provienen de las consideraciones filosóficas de los griegos acerca del mundo, acerca del orden del universo”.
  2. El inconveniente de las ciencias actuales proviene de la falta de pensamiento filosófico en la consideración sobre la naturaleza última de las cosas. Esto tiene como resultado una actividad científica deficiente, insegura y dudosa, en la que no existe cierta forma de metafísica filosófica.
  3. La investigación científica presupone la interpretación del universo en un momento histórico concreto, de acuerdo con algún sistema de ideas dado y en general aceptado (el “paradigma”), el cual debe tener coherencia, ser lógico y necesario y que pueda interpretar todo elemento de la experiencia. Y este sistema de “la imagen del mundo” es filosófico.
  4. Los conceptos filosóficos y científicos están sometidos a transformación y adaptación y, por lo tanto, no pueden ser ni “evidentes”, ni “definitivos”, como los llamarían Descartes y la “nueva ciencia” de la Ilustración y el moderno neo-racionalismo.
  5. En la evolución de la civilización hace falta dinamismo, un espíritu de aventura que relacione la filosofía y la ciencia, de manera que pueda cubrir todo el espectro de la experiencia humana y, a la vez, asegurar la independencia e integridad de cada ciencia por separado. Tan solo así podrán existir, a la vez y en completura armónica, la especialización con la interdisciplinariedad científica holística.

A lo largo de la historia de la ciencia y de la filosofía podemos observar que las revoluciones del pensamiento humano y del progreso se dieron casi siempre cuando entre ellas existía una relación armónica y una influencia mutua, no cuando existía una confrontación violenta o una homogeneidad y no diferenciación de su campo de acción.

Un ejemplo de las relaciones de confrontación lo vemos en el período histórico de la Contrarreforma y de la Ilustración hasta Kant, en el cual la filosofía, cuyo monopolio tenía la religión, se encontraba en conflicto abierto con el nuevo horizonte científico. Por el contrario, ejemplo de las relaciones de identificación y de falta de cierta diferenciación los encontramos en el período medieval en Occidente, o en el bizantino en el Oriente grecorromano, donde la ciencia se consideraba como una simple sección de la filosofía.

Artículo escrito por Jorge Alvarado Planas.

El oro interno de los alquimistas

La Alquimia parece ser casi una ciencia universal. No solo la encontramos en la Europa Medieval, sino también en China, la India y en otros sitios y culturas. Esto es así porque, no solamente es un precursor primitivo de la química moderna, sino una ciencia sagrada en su propio derecho, que fue estudiada en cualquier parte del mundo donde el conocimiento esotérico haya aparecido.

 

Lo primero que me gustaría hacer es alejar la imagen falsa del alquimista torpe medieval que trató en vano de convertir el plomo en oro como un modo de enriquecerse. Si no hubiera alguna sustancia o esencia detrás de la alquimia, seguramente nadie habría sido tan tonto como para gastar la mejor parte de su vida persiguiendo una mera quimera.

Como en todas las artes mágicas, siempre han existido farsantes y tontos al lado de santos y sabios. La Alquimia no es una excepción, pero los nombres de los alquimistas más eminentes se incluyen entre los científicos e intelectuales más grandes de la Edad Media.

Aunque la Alquimia en occidente apareció bastante tarde con el Renacimiento, y probablemente haya tenido su origen en Egipto (“Al-Kem”, Kem siendo el nombre egipcio para Egipto), los primeros alquimistas citados pertenecieron al mundo árabe, de cuya ciencia fuimos herederos.

 

Uno de los alquimistas más famosos fue Avicena (980-1037), hombre con un inmenso conocimiento y reputación, equivalente a Platón o a Aristóteles en Grecia. Se cuentan extraordinarias historias sobre él. Se creía por ejemplo que podía comandar a los espíritus elementales de la naturaleza. También existe la tradición de que con su conocimiento del Elixir de la vida, aún sigue vivo como un adepto que se descubrirá ante los profanos al final de cierto ciclo. Por otro lado, también se dice que bebía tan desmesuradamente que fue despedido de su trabajo por el Gran Visir y que murió en la más completa oscuridad. En vista de toda la literatura que nos ha llegado halagando su habilidad como doctor, esto último suena improbable, pero la cuestión es esta: ¿un escolar con tanto conocimiento habría gastado su tiempo en una superstición?

 

En Europa, la alquimia está representada por figuras tan importantes como Roger Bacon, “Doctor Mirabilis”, que inventó los anteojos (gafas), y predijo la aparición de los aviones, microscopios, máquinas de vapor y el telescopio. Esta lista incluye también a Paracelso y John Dee. Ambos fueron mentes extraordinarias, siendo John Dee un genio matemático y Paracelso un doctor brillante. Tales personajes no pueden ser desechados como charlatanes, farsantes o excéntricos porque sus resultados hablan a su favor. Paracelso, por ejemplo, fue una vez acusado de ser un impostor y “no un doctor de verdad”. Entonces retó a sus acusadores haciendo que le hicieran llegar sus pacientes “incurables”. En poco tiempo los sanó, hecho que fue atestiguado por los testigos que se amontonaban a su alrededor.

 

El objetivo externo de la alquimia es transmutar metales en oro, un objetivo que comúnmente se considera imposible. Hoy en día, sin embargo, si es posible alterando la estructura atómica de un elemento. Pero esto requiere un conocimiento tan interno e intrínseco de la naturaleza del átomo y un equipamiento tan sofosticado que se presume imposible que los alquimistas lo hubieran conseguido.

Pero la evidencia está en contra de esta presunción. Hay muchos testimonios de alquimistas y de casos genuinos de transmutación. Incluso en nuestros días existe el caso de un alquimista francés que en 1969 produjo oro y lo hizo analizar por laboratorios alemanes y suizos.

 

Entonces, ¿cómo consiguieron estos alquimistas de la era pre-científica resultados tan extraordinarios?

La única explicación es que estos hombres estaban bien versados en las “ciencias ocultas”; esto es, que habían estudiado conocimientos tradicionales que les dieron acceso a una alta comprensión de la naturaleza visible o invisible.

La ciencia oculta tiene varios principios fundamentales, uno de ellos es que la materia no solo consiste de elementos visibles, sino también de elementos invisibles, estados más sutiles de la materia, visible solamente al clarividente. Otro principio, es que el nivel más denso de la materia (lo físico), es solo un materialización de esos estados más sutiles. En términos científicos esto significa que si podemos mirar en estos planos más sutiles de la naturaleza, podremos tener una visión más real y clara de la naturaleza de las cosas y poder trabajar con la causa raíz que las origina. Por ejemplo, si uno fuera un doctor, podría encontrar la causa de la enfermedad en los planos más sutiles y sanarlo desde la raíz en vez de aliviar solo los síntomas.

 

Pero para ver en estos planos y trabajar en ellos eficientemente, hay que purificarse uno mismo antes y despertar esos planos en nosotros mismos. Esto requiere un entrenamiento interno para despertarlos conscientemente, controlarlos y dirigirlos. Todos sabemos lo difícil que es controlar una emoción, y mucho más difícil controlar un pensamiento. Es muy difícil también (aunque algo menos) controlar nuestros niveles de energía hasta el punto de superar nuestro cansancio, por ejemplo.

Estos son los planos más sutiles de la naturaleza (los alquimistas los llamaban los Cuatro Elementos) y cuanto más trabajamos con ellos más conscientes nos hacemos hasta que podemos ver claramente en estas regiones y nuestro control sobre ellas es perfecto: podemos trabajar en ellas como escultor puede trabajar en la piedra.

 

El alquimista hace lo mismo: busca la raíz de lo material, la “Materia Prima” (una materia invisible y sin forma en los planos más sutiles de la naturaleza) y con ella, a través de un largo y doloroso proceso forma lo que conocemos como

“Piedra filosofal”, un objeto (¿físico?) con aparentes propiedades milagrosas, transformativas y de sanción. Con esta Piedra o Tinte puede transmutar metales básicos en otros más puros, curar enfermedades e incrementar los años de vida.

Lo que el alquimista hace entonces, es seguir el proceso natural de la creación. Paracelso habla de la “Alquimia Natural”: la Alquimia natural causa que las manzanas maduren y produce uvas en las parras. La alquimia natural separa los elementos útiles de los alimentos que entran en nuestro estómago y los transforma dentro del ciclo de nuestro cuerpo, rechazando lo que es inútil. Un físico que no conoce la alquimia solo es un sirviente de la naturaleza…pero el alquimista es su amo.

 

El maestro de Paracelso, Johannes Tritheim, abbot de Spanheim, habla del proceso de materialización de los elementos sutiles en la alquimia:

“El arte de la magia divina consiste en la habilidad de percibir la esencia de las cosas a la luz de la Naturaleza, y usando el poder del alma del espíritu, producir cosas materiales desde lo invisible del universo…Aprenderá la ley por las cuales las cosas se cumplen si aprendes a conocerte a ti mismo…El Oro es de naturaleza tripartita y hay otro etéreo, fluido y material. Se trata del mismo oro solo que en tres estados diferentes; y el oro de un estado puede transformarse en oro en otro estado diferente.”

 

En la República de Platón, Sócrates describe un mito en el que hay cuatro tipos diferentes de hombre, cada uno de ellos tiene un tipo de metal en sus almas: hierro, cobre, plata y oro. Los hombres de oro son los filósofos (en el verdadero sentido de amantes de la sabiduría por encima de la fama o la riqueza). Paracelso habla del filósofo en términos parecidos. Dice: “Sabemos que un amante hará lo necesario para encontrarse con la mujer que ama – ¡cómo no va a hacer mucho más el amante de la sabiduría para ir en busca de la divina amada!

En la alquimia existe la idea de que, en el reino del metal, el objeto de la naturaleza es crear oro. La producción de metales más básicos es un accidente del proceso o el resultado de un ambiente desfavorable. El oro, es por tanto, el arquetipo o meta del reino del metal y de modo similar, el hombre de oro es el arquetipo o meta del reino humano. La idea es que un día, todos los metales serán oro y todos los hombres serán “filósofos”, puros e incorruptibles y tan luminosos y generosos como el mismo Sol.

Platón también comenta que esos filósofos, como ya tienen el oro en sus almas, no desearán el oro físico. Y eso parece haber sido cierto en los grandes alquimistas de la Edad Media. La gente como John Dee o Paracelso no era rica. Roger Bacon era un monje. Estas personas no estaban motivada por el deseo de la riqueza, porque eran suficientemente ricos internamente.

 

Como H.P. Blavatsky dice en “Isis sin velo”: “Iluminados con la luz de la eterna verdad, estos ricos-pobres alquimistas fijaban su atención sobre las cosas que transcienden el común conocimiento, reconociendo nada inescrutable sino la Causa Primera y no encontrando ninguna respuesta sin responder. Osar, conocer, querer y permanecer en silencio, eran su regla constante…”

Otro alquimista, Agrippa von Nettesheim, declaró: “Podría decir muchas más sobre este arte si no fuera por el juramento de silencio que toman usualmente los iniciados en este misterio.”

 

El oro interno de los alquimistas puede ser definido como Sabiduría o Sofía. Es el conocimiento experimental de que esa majestuosidad se expresa a través de uno mismo. Como es arriba es abajo; el hombre es un microsocosmos del macrocosmos. El hombre contiene dentro de sí mismo el misterio de la Vida. Como los griegos solían decir en sus templos. “Conócete a ti mismo y conocerás al Universo y los dioses”

¿Cuál es el camino hacia la divina Sabiduría? Un escritor alquimista dijo: “La paciencia es la escalera de los filósofos y la humildad es la llave de su jardín.” Otro (F. Hartmann, en su biografía de Paracelso) declara: “La forma más elevada de la alquimia es la transformación de los vicios en virtudes por el fuego del amor hacía lo bueno, la purificación de la mente por el sufrimiento, la elevación del principio divino del hombre sobre los elementos animales de su alma.” Una vez conseguido ese proceso de sublimación, es posible retornar al mundo de la materia y mejorarlo. El mismo autor dice: “Por el poder del espíritu, los elementos materiales pueden ser sublimados en elementos invisibles, o sustancias invisibles pueden ser coaguladas y hacerse visibles.” Quizás, se puede comparar al mito de la caverna de Platón donde el filósofo sale de la caverna de los sentidos a la luz de la Verdad y vuelve a la caverna para iluminar al resto de los seres humanos.

 

La alquimia es un proceso de dos caminos que está simbolizado por las tres fases del trabajo: el negro (nigredo) de la disolución; el blanco de la sublimación (albedo); y el rojo de la “exaltación”, correspondiendo a la piedra filosofal que produce oro. Así que, volviendo a los hombres de oro de la República de Platón, es muy significativo que no solo los filósofos, sino también los reyes (el rojo siendo un color real), trabajen por el bien de la humanidad.

Mucho se ha escrito concerniente a las distintas fases del trabajo de la alquimia y su significado, ya sea desde el punto de vista moral, psicológico o físico. Pero no vamos a entrar en este tema con mucho detalle y sin la guía de un maestro iniciado, pues como A. E. Waite señala: “el estudiante irá a la deriva con toda probabilidad y la Materia Prima se le escapará para siempre.” No es posible trabajar en la alquimia sin la Materia Prima y nunca se ha especificado con claridad de qué se trata (posiblemente se refiere a materia en un estado etéreo muy elevado) y es imposible descubrirla sin guía.

 

Sobre esto hay una fascinante historia contada por un filósofo de la Italia renacentista, Pico della Mirandola sobre “un buen hombre que no tenía suficiente para mantener a su familia y estaba sometido a un estado de desesperación, cuando, con la mente muy agitada se fue a dormir y en un sueño se le apareció un ángel, que a través de enigmas, le instruyó en el arte de hacer oro, y le indicó al mismo tiempo que agua debería usar para asegurar el éxito del proceso. Al despertar procedió a trabajar con esa agua e hizo oro en pequeñas cantidades pero suficiente para mantener a la familia. Dos veces hizo oro del hierro y cuatro veces de oropimente. Él me convenció con la evidencia de mis propios ojos de que el arte de la transmutación no es ficción.”

 

La alquimia debe, por tanto, redefinirse como una de las ciencias espirituales ya perdida, la cual, al igual que su hermana, l Astrología, combina el estudio profundo de la naturaleza con el estudio del hombre y permite al adepto llevar ambas, hombre y naturaleza, a la perfección. Paracelso dijo que había tres cualidades necesarias para el trabajo de la alquimia: orar (significa el deseo profundo de aspirar a lo que es bueno), Fé (no una fe ciega, sino basada en el conocimiento y la confianza sin dudas) e Imaginación (que describe como “estar hundido en el pensamiento profundo, ahogado en el propio alma”)

 

El oro interno de los alquimistas es la individualidad perfecta y el oro de los filósofos es la perfección de la naturaleza. Ambos, hombre y naturaleza, evolucionan hacia la perfección, pero el hombre puede ayudar en el proceso evolutivo entendiendo y trabajando consigo mismo y con ella.

Trabajar solo a nivel material es una ciencia muy pobre, pero un día, podremos expandirla hacia una ciencia más grande, la ciencia de la Vida (a veces conocida como Magia)

Muy lejos de ser esos individuos poco lúcidos que a la historia le gusta imaginar, los verdaderos alquimistas eran grandes iniciados que, en muchos aspectos, conocían más de la naturaleza que muchos de los científicos de hoy en día. Maestros de la naturaleza y de ellos mismos, siempre ponían esa maestría al servicio de Dios y la Humanidad y nunca la empleaban en mezquinas empresas.

 

Este artículo ha sido escrito por Julian Scot

También en la antigua China hubo ciencia.

Mientras los griegos trabajaban las ideas que más tarde formarían la plataforma de lanzamiento para el desarrollo de la ciencia moderna, una gran civilización florecía en China a 10.000 kilómetros. Los griegos apenas la conocieron; de haber sabido algo más de ella, la valoración de su propia inteligencia hubiera sufrido una conmoción. En astronomía, literatura, pintura y alfarería, en tecnología militar y administración pública, los logros chinos igualaron a los griegos. En la fundición de hierro, ingeniería civil y agricultura, estaban muy por delante de ellos. En terrenos como la fabricación de seda y la caligrafía, ya habían perfeccionado artes y manufacturas de las que sus contemporáneos occidentales no tenían ni idea.

Si los filósofos griegos del siglo 1 a. C. hubieran podido ser transportados a China, se habrían asombrado al descubrir su nivel tecnológico: arados con partes completamente hechas de hierro, perforaciones profundas en busca de salmuera o gas natural, fabricación de acero a partir del hierro colado, producción en masa de ballestas y arneses, que permitían a los caballos arrastrar cargas extraordinarias. Sin embargo, se habrían sentido desconcertados por la ausencia de toda clase de especulación científica, que para ellos significaba el pan y la sal de la vida. Y seguro que se hubieran sorprendido del poco progreso en algunos campos –por ejemplo, la geometría–, puntos centrales en su pensamiento. Pero no les hubiera cabido ninguna duda de que se encontraban en presencia de una gran civilización.

Un gran científico chino

Zhang Heng (o Chang Heng) fue un ejemplo del tipo de científicos que era capaz de producir la antigua China. Nacido en Nanyang, en la China central, en el año 78 d. C., fue uno de esos genios increíblemente dotados que hacían que los comunes mortales se sintieran como si pertenecieran a una especie diferente. La amplitud de su talento nos trae a la mente a Leonardo da Vinci; pero, como científico, Zhang Heng era claramente superior a Leonardo. Fue uno de los cuatro grandes pintores de su época y produjo 20 famosas obras literarias. Y por encima de todo fue un astrónomo. Ejerció como astrónomo real bajo la dinastía Han, en el siglo 11 d. C., y trazó uno de los primeros grandes mapas estelares, rivalizando únicamente con el que creó Hiparco en el año 129 a. C., desconocido para Zhang. En este mapa situó las posiciones exactas de 2.500 estrellas y bautizó unas 320. Estimó que el cielo nocturno, del que sólo podía ver una parte, contenía 11.500 estrellas. Era un poco exagerado, incluso para un observador con buena vista, pero no fue una mala estimación. Explicó los eclipses lunares correctamente, argumentando que se producían cuando la Luna atravesaba la sombra de la Tierra, e imaginó la Tierra como una pequeña esfera suspendida en el espacio, rodeada por un inmenso y lejanísimo cielo esférico. Zhang Heng también fue un gran matemático, y mejoró anteriores estimaciones del valor de pi (la proporción de la circunferencia de un círculo con su diámetro) dándole un valor de 3,162 en vez de 3, lo que lo acercó al 3,142 aceptado hoy día.

El trabajo más famoso de Zhang Heng fue un detector de terremotos, que perfeccionó en el año 132 d. C., mil setecientos años antes del primer sismógrafo europeo. Zhang asombró a la corte imperial con este dispositivo, que podía detectar terremotos tan distantes que nadie cercano lo sentía siquiera.

Tenía forma de jarrón de bronce, al que se pegaron varias cabezas en bronce de dragones, cada una con una pelota también de bronce en su boca; alrededor del pie tenía varios sapos de bronce con las bocas abiertas. Si la máquina detectaba un temblor de tierra, una bola de bronce se soltaba automáticamente y caía en la boca de uno de los sapos. La posición del sapo en cuestión indicaba la dirección de la que procedía el temblor.  sismógrafo

En una famosa ocasión, una bola cayó sin que se observara un temblor perceptible; pero varios días después llegó un mensajero con noticias de un terremoto en Kansu, a 600 kilómetros de la corte y en la dirección indicada por la máquina. A pesar de la brillantez de sus creaciones, es erróneo acreditar a Zhang Heng con la invención del sismógrafo. Su máquina detectaba los terremotos, pero no los medía.

Fuente:

HISTORIAS CURIOSAS DE LA CIENCIA, CYRIL AYDON; ed. Swing

Nueva era, vieja ciencia

En muchas oportunidades se ha dicho y escrito que estamos viviendo en la Era Tecnológica, sin olvidarse de recalcar todas las ventajas que esto supone.

Todas las actividades están sistematizadas; la computación electrónica abarca todos los aspectos de la vida; la máquina reemplaza día a día la mano de obra humana; las comunicaciones reducen las distancias y el tiempo. En fin, que estamos a punto de alcanzar el tan soñado paraíso de un día con muchas horas libres y de una semana con varios días sin trabajo…

 

Pero, entre las muchas paradojas del momento actual, se suma una más, y de suficiente importancia como para llamar poderosamente la atención. En el mundo de la técnica se ha intentado facilitar todos los aspectos de la vida material, pero nada se ha hecho en beneficio de la vida psicológica, mental y espiritual; estos mundos subjetivos siguen tan desorganizados como en la época de los trogloditas.

Se podrá objetar que la Psicología, y otras ciencias que le son auxiliares, han catalogado al hombre en distintas tipologías, facilitando con ello su reconocimiento y, en caso de enfermedad, su tratamiento. Esto es verdad; pero el catalogar tipos humanos en buenos libros y cuadros gráficos, en nada resuelve el problema práctico de los seres humanos indefensos ante sí mismos. Saber que se es tímido no equivale a curar la timidez; saber que se tiene una fantasía desbordada tampoco la domina.

 

Hoy un hombre puede manejar una enorme diversidad de máquinas, pero es incapaz de manejar una depresión psicológica, o de moderar sus instintos, refrenar su ira, despertar su espiritualidad. Y no es que no quiera hacer estas cosas; muchas veces desearía hacerlo, pero no puede. No sabe cómo hacerlo. La tecnología no se ha interesado por estos problemas, ni ha sido capaz de idear ningún sistema que permita trabajar con estos imponderables subjetivos del hombre interior.

Como resultado, mientras la ciencia y la técnica avanzan tomadas de la mano, proyectando cada vez más lejos las posibilidades de un confort material, el hombre se sumerge cada vez más hondo en la desesperación de su yo insatisfecho. Cuantas más horas libres tiene, más miedo siente, pues no sabe estar a solas consigo mismo, ni entiende tampoco los escondidos resortes de ese extraño compañero con el que vive a diario, su Yo interior.

 

Las máquinas, lejos de prestar el verdadero servicio para el que fueron planeadas, han usurpado los poderes humanos, han esclavizado al hombre que pretendían liberar. Ya casi no se concibe la vida sin relojes, teléfonos, aparatos eléctricos, ascensores, escaleras mecánicas o televisores. Y el hombre se acurruca, inútil ante la misma tecnología que ha creado.

 

  • Se habla de sistematización de datos, pero no se puede organizar la vida interior.
  • Se habla de combatir la polución, pero no se pueden evitar los malos pensamientos y sentimientos.
  • Se habla de aviones supersónicos, pero no se puede acelerar la comprensión mental.
  • Se habla de paz y amor, y de derechos humanos, pero no se sabe amar, ni vivir en paz, ni se conciben derechos humanos, por la sencilla razón de que tampoco se concibe al Hombre.

 

¿Tecnología? ¿Liberación? ¿Dominio de la vida? Dejémonos de paradojas y sepamos de una vez por todas que sólo el hombre experto en el difícil y maravilloso conocimiento de sí mismo puede dar valor a la Libertad y a la Vida, y puede hacer uso de la ciencia y la técnica en beneficio de la Humanidad.

Iniciemos, por tanto, la NUEVA ERA de la VIEJA CIENCIA, del “CONÓCETE A TI MISMO”.

 

 

Del libro “El Héroe Cotidiano”, de Delia Steinberg Guzmán

 

La música de las esferas

KEPLER Y LA ARMONÍA DE LOS CIELOS

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Esta imagen ilustra uno de los temas centrales de la obra de Kepler     ‘Harmonices Mundi’ (Las armonías del mundo, 1619). Si el cosmos es obra de una Inteligencia Suprema, entonces nada en él puede ser resultado del azar. Todo debe tener un sentido, obedecer a una razón y ser comprensible para la inteligencia. Es necesario buscar ese orden inteligible que subyace tras la apariencia desordenada del mundo material. Este orden del cosmos es matemático: “Ubi materia, ibi geometria = Donde hay materia, hay geometría”.

Platón ya había sostenido en el Timeo que cada una de las cinco formas o impulsos fundamentales de energía-materia (espacio, aire, fuego, agua, tierra) tenía una estructura geométrica que se correspondía con los cinco poliedros regulares (dodecaedro, octaedro, tetraedro, icosaedro, cubo). La materia es en esencia geometría. Kepler, platónico hasta la médula, adapta este tema al movimiento de los astros.

Las órbitas de los planetas no pueden ser fruto del azar. Debe haber una proporción matemática entre ellas. No puede ser una casualidad que haya 6 planetas y, por tanto, 5 intervalos entre ellos. La semiesfera externa de la imagen representa la órbita de Saturno.  Dentro de ella se inscribe un cubo, y dentro de éste la órbita de Júpiter. Dentro de ésta órbita, se inscribe un tetraedro. Y dentro de éste, se inscribe la órbita de Marte. Dentro de ésta, se inscribe un dodecaedro. Dentro de éste, la órbita de la Tierra. Esta a su vez lleva inscrito el icosaedro. Este a su vez lleva inscrita la órbita de Venus. Esta lleva inscrito el octaedro, que a su vez contiene inscrita la órbita de Mercurio.]

Sólo había un pequeño problema, muy a su pesar la teoría nunca funcionó y tras haberle dedicado largas páginas, la abandona finalmente mostrando que es incompatible con las observaciones y las leyes del movimiento planetario.

Kepler retoma además una antigua idea de los pitagóricos y de Platón (República, 617b), ‘la música de las esferas celestes’ e intenta darle una compleja y esotérica forma matemática. Cada planeta al moverse alrededor del sol produce un tono musical y la frecuencia de dicho tono varía en función de la velocidad angular de los planetas con respecto al Sol. Algunos planetas producen notas musicales más constantes, por ejemplo, la Tierra solo varía un semitono en una proporción equivalente a la diferencia entre una nota mi y un fa entre su afelio (lejos del sol) y su perihelio (cerca del sol). Venus varía en un intervalo aún más reducido. La astronomía se combina con la música y con la astrología:

“La Tierra canta Mi, Fa, Mi: Puede deducirse de estas sílabas que la miseria y el hambre (fa-mine) reinan aún en nuestro mundo”.

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El resultado de todos estos movimientos ‘musicales’ de los planetas en los cielos es una polifonía cósmica inteligible, aunque no audible, con algunos tonos disonantes. Pero a medida que avanza la inmensidad del tiempo, los planetas tocan juntos en una concordancia cada vez más perfecta. La grandiosa sinfonía celeste evoluciona hacia la perfección, lo que quizás ya ocurrió en el momento de la creación. Incluso nuestro arte de cantar polifónicamente concordando muchas voces, afirma, es una imitación de esta música celestial cuyo autor es Dios.

La razón última del cosmos es, pues, la belleza. Dios no es sólo el gran matemático, es sobre todo el artista cósmico. Que un hombre al que le tocó vivir una época plagada de una violencia extrema y cuya biografía está tan llena de tragedias personales, encontrara dentro de sí mismo la serenidad y la sabiduría para elevarse por encima de todo y producir algunas de las ideas más hermosas de la historia de la astronomía, es sin duda un testimonio elocuente de la grandeza del espíritu humano.

Cita: “Mi admiración hacia Kepler se explica porque yo, como él, siento respeto y asombro ante la armonía enigmática de la Naturaleza en que nacimos”. (A. Einstein)