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El teatro iniciático o mistérico I

Coro griego

El teatro nació cuando el hombre fue consciente de su propia existencia, cuando el hombre se sintió consciente de su relación con los otros hombres, con la naturaleza, consciente del tiempo, de todo lo que le acontecía, de no poder responder a muchas de estas cuestiones; entonces nació el teatro como necesidad de repetir determinadas circunstancias de la vida para buscarles un sentido.

 

Todo arte, como lo exponía Platón, responde a una idea arquetípica. Cuando hacemos arte en este mundo concreto intentamos reproducir esa idea primera. A veces nos acercamos con propiedad y reproducimos el arquetipo de manera clara; a veces nos acercamos menos y ese arquetipo queda desvaído o distorsionado, pero lo importante es la idea que da sentido al arte, en este caso el teatro; cuál es su arquetipo, qué armonía se busca particularmente: la armonía de la vida, las leyes de la vida.

 

El teatro busca penetrar su sentido y encontrar las leyes que han regido la vida humana relacionándola con aquellos elementos superiores que podemos llamar Dios, dioses, héroes, destino. Eso requiere una armonía y el teatro la debe reproducir. Dicen muchos escritores, historiadores, filósofos, que los hombres de la Antigüedad, los que comenzaron con el teatro hace muchísimo tiempo, estaban más cerca de los dioses. Hay quien dice que los hombres en su ingenuidad, en su pureza, los sentían, los vivían, los respetaban; hay quien dice que esa cercanía era un producto de la fe, de la ignorancia o del temor. No importa la explicación; lo que es importante es que en todos los pueblos de la antigüedad había una cercanía a los dioses que permitía a los seres humanos vivir casi en contacto cotidiano con ellos. Así no tiene que extrañarnos que en las primeras representaciones teatrales, si es que las podemos llamar así, porque no había ni teatros ni escenarios ni decorados ni luces, todo estaba relacionado con el mundo divino, con el mundo mágico; todos estos primeros actos teatrales eran religiosos, en el sentido de religar al hombre con una realidad superior, con una realidad digna. No hubo ningún pueblo en la antigüedad que no tuviera estos primeros misterios divinos, estos primeros misterios sagrados bajo la forma de teatro intentando reproducir aquí en la tierra lo que alguna vez pasó en lo alto.

 

¿Cómo actuaron los dioses en el comienzo del universo y cómo podemos los humanos reproducir de manera mágica esa situación? ¿En qué se basaba ese teatro antiguo que no necesitaba más que el gran escenario de la Naturaleza? Se basaba en reproducir acciones, en la magia de la acción. Es cierto que hay magia en todo lo que escribimos: en un signo cuando trazamos una imagen, cuando dibujamos la figura de un dios tal y como la imaginamos los seres humanos; hay magia cuando escribimos un nombre, hay magia cuando lo pronunciamos en voz alta. Cuando leemos también hay magia, porque de esas letras escritas surgen imágenes en nuestra mente. Hay muchas formas de magia, pero los pueblos antiguos ponían especial énfasis en la magia de la acción: no es lo mismo dibujar, escribir, leer o pintar que actuar. Cuando los personajes se ponían en movimiento reproducían esa magia primordial del universo que también se había puesto en movimiento alguna vez en el comienzo de los tiempos. Si a ese movimiento de los antiquísimos actores se les suma la magia de la palabra, del sonido con su fuerza de invocación, tenemos ya nuestras primeras actividades teatrales, sin ningún decorado más que bosques, praderas, cielo.

 

La acción la ejecutaron los pueblos antiguos bajo diversas formas: cantos sumados a danzas a los que se agregaron instrumentos; durante muchísimo tiempo, cada vez que el hombre quiso entrar en contacto de manera mágica con ese mundo superior que percibía sin poder explicarlo lo hacía con un cántico sumado al movimiento, un canto más una danza, una danza más un instrumento; y estas danzas sagradas ocuparon mucho espacio en la vida de los seres humanos. Estaban ligadas a todos los acontecimientos importantes. Alguien nacía y había una danza; alguien se hacía mayor y entraba en la edad en la que podía participar con el resto de la comunidad y había una danza; había un matrimonio y se celebraba también con una danza; alguien moría y había una danza para acompañarlo al más allá.

 

Todos los movimientos importantes estaban sellados con lo que hoy llamamos danza, pero que tal vez tenía un contenido muchísimo más sagrado, profundo, porque el cuerpo respondía a determinadas leyes. También los sacerdotes usaban estas danzas para ponerse en contacto con los dioses. Podríamos decir que los más viejos actores del mundo fueron los sacerdotes. Cuando invocaban a sus dioses implorando su protección, cuando pedían su bendición, cuando solicitaban un poco más de luz para ver el camino de la vida, estos sacerdotes hacían teatro, y era un teatro iniciático porque abría puertas que no son comúnmente visibles, y a través de ellas y puesto que sabían cómo hacerlo, entraban en contacto con aquellos personajes a los que representaban.

 

Orígenes

A pesar de que la historia del teatro generalmente está ceñida en sus inicios a Grecia, no hubo pueblo que no lo tuviera, y en todos se encuentra un mismo proceso: al principio un teatro muy sencillo, muy natural, sin edificios, sacerdotal, mágico, iniciático en cuanto a tomar contacto con esas leyes de la naturaleza que son misterios para los seres humanos. En todos los pueblos hubo una transformación paulatina de los sacerdotes. De los actores, las danzas, los cantos, la palabra, el recitado, la mímica y los argumentos estrictamente religiosos y sagrados, pasamos a los argumentos heroicos humanos entremezclando los unos con los otros; y así, de aquel teatro iniciático lejanísimo se forjó un teatro mucho más humano, pero que no por eso dejaba de tener el mismo contenido.

 

Japón

En Japón, desde siempre, hubo un teatro religioso. Empezó, según se cuenta, cuando la diosa del sol, enojada con su propio hermano, el poderoso dios de la guerra, se escondió en una cueva y dejó a toda la Humanidad a oscuras. Con cantos, con danzas, con teatro, todos los dioses se reunieron delante de la cueva a cantar, a bailar, a decirle que era la más hermosa, que no había nadie mejor que ella. Lograron que finalmente se asomara para ver aquella actuación, y el sol lució nuevamente para los seres humanos. Desde entonces los hombres intentaron imitar a los dioses y pensaron: si los dioses juegan, si interpretan estos papeles para mover determinadas fuerzas de la Naturaleza, ¿por qué no lo vamos a hacer también los hombres? Y con ese mismo sentido hubo en Japón un teatro litúrgico, a veces representado dentro de los templos, a veces en el atrio, a veces fuera, dependiendo de lo sagrado, de lo profundo y de lo secreto del argumento, pero siempre un teatro muy ceremonial, con pasos muy lentos, muy solemnes, con posturas hieráticas, con palabras pronunciadas con lentitud para que cada sonido dejara desgranar el valor de su peso; y poco a poco los hombres se atrevieron a dialogar con los dioses en ese teatro lejano.

 

India

Otro relato nos dice que en la India el teatro empezó con un dios, con Brahma el de las cuatro caras, el que era capaz de ver en las cuatro direcciones del espacio. Por eso se contaba también que los cuatro Vedas estaban relacionados con las cuatro caras de Brahma. Brahma creó el mundo jugando o interpretando una gran creación teatral, la más grande de todas. De su acción, de su interpretación, nació el mundo. Brahma solamente contó este secreto a un sabio; a un viejo sabio llamado Bárata, quien a su vez comenzó a desarrollar estilos de teatro intentando reproducir esos misterios que le habían sido transmitidos. En la India hubo desde entonces representaciones litúrgicas que se referían al nacimiento del mundo y de determinados personajes que estaban íntimamente relacionados con el ser humano.

Teatro India

Tíbet

En Tíbet hubo un teatro siempre muy secreto, sagrado, y relacionado también con los dioses. No se recurría a decorados ni a ningún tipo de artilugios porque se pensaba que lo más importante no era crear una ilusión en los espectadores, sino despertar imágenes, ideas, intuiciones. Por lo tanto era el movimiento de los actores, sus palabras, y lo que cada espectador podía sentir.

 

Grecia

No podemos dejar de hablar de Grecia y de esos orígenes que fueron los que nos dieron el sentido de lo que es hoy el teatro; un teatro que no comienza con unos edificios maravillosamente construidos, sino con danzas sagradas acompañadas de instrumentos mágicos. Cuando nació Zeus y hubo que ocultarlo de su padre Cronos, que devoraba a todos sus hijos, alrededor del niño escondido en la isla de Creta trenzaban los Curetes una danza llena de ritmo vital acompañándose con crótalos y con otros instrumentos altamente sonoros, para ocultar los llantos del joven Zeus, y la danza de los Curetes era así una forma de teatro. Cuando en los grandes centros oraculares el sacerdote daba su augurio o transmitía el mensaje de los dioses, no lo hacía de cualquier manera. Ante la pregunta el augur no contestaba, y cuando daba su respuesta había a su alrededor todo un decorado, porque esto hacía que el que recibía las palabras del sacerdote se sintiera por un momento en el cielo y no en la tierra. De ahí el humo del incienso, de ahí las palabras pronunciadas con mayor profundidad, con mayor lentitud.

 

Desde muy temprano, en Grecia, los colegios sacerdotales tuvieron muchísimo cuidado en guardar el secreto que rodeaba estas representaciones mágicas y así las daban a conocer a sus sacerdotes. De ahí que siempre lo iniciático, lo mistérico se haya relacionado con lo escondido, lo guardado, y a duras penas en algunas festividades especiales, en algunos momentos en que se podía conocer algo, el público tenía acceso a representaciones.

Pensamos que la tragedia nació en Grecia. Empleamos la palabra tragedia porque, como explica Aristóteles, que es uno de los pocos que se dedicó a recoger material al respecto, tragedia proviene de la palabra canto, oda, y macho cabrío: a los primeros cantores, a los primeros coros que intervenían en certámenes olímpicos, se les obsequiaba con un macho cabrío, símbolo del dios al cual todo el mundo cantaba, el gran dios del entusiasmo de la vida, de la fertilidad del renacimiento perpetuo, Dionisos.

 

Sin embargo, la tragedia tiene raíces mucho más viejas. En Egipto, mil años antes de que Esquilo escribiera sus primeras obras, ya había teatro. Se narraba la tragedia de Osiris despedazado por su propio hermano, la tragedia de Isis buscando a su esposo por todo el territorio egipcio, trozo a trozo, hasta poder reunificarlo. Eran representaciones en las cuales participaban a puerta cerrada los sacerdotes, y a puertas abiertas todo el pueblo, porque una vez al año todo el mundo lloraba por Osiris despedazado y por Isis buscando a su esposo.

Recientes investigaciones de autores que se dedican a la traducción de papiros han demostrado que muchísimo antes que en Grecia, mil años antes de que recojamos sus primeras obras teatrales, en Egipto ya había una obra completa en tres actos dedicada a Horus vengando a su padre, dividido en tres partes con sus entreactos y con las danzas que había en estos.

 

Pero es la tragedia griega la que nos va a dar el sentido de lo que estamos buscando, ese sentido de un teatro que comienza con un canto, con una danza alrededor del altar de un dios, del más difícil de interpretar en Grecia. De Dionisos se decía que era el dios del entusiasmo. Esta palabra se compone de En-Theos, Dios-en-Nosotros, Dios cuando entra en uno mismo. Por lo tanto, Dionisos tenía la particularidad de conseguir que el hombre sintiera a Dios dentro de sí, no que lo pensara, no que viera una imagen, no que escuchara un nombre, sino que se sintiera totalmente transportado por esa posesión del Dios.

Dionisos entraba en los seres humanos a través del canto, de la danza, a través de los instrumentos, de las palabras, del recitado, del ritmo, y los seres humanos se sentían totalmente transportados. Ese era el valor de la tragedia, el vivir por unos momentos de una manera completamente distinta, el sentirse por unos momentos un dios. Por eso se le llamaba teatro iniciático, puesto que iniciaba a los hombres en los principios divinos o permitía que, por unos instantes, los hombres se sintieran iguales a los dioses.

 

En casi todos los libros se nos comenta ese momento verdaderamente excepcional que representaban los días en que los atenienses se reunían en el teatro. Y no solamente los atenienses: desde todas partes de Grecia, desde todas las ciudades viajaban días enteros para poder asistir a estas representaciones.

 

El teatro no era entonces lo que es para nosotros. Ahora tenemos muchos teatros, muchos títulos, las obras se repiten constantemente; podemos elegir a qué teatro ir, qué obra ver, a qué actores admirar. Pero en esa Atenas donde nace la tragedia, el teatro era un acontecimiento único. Dedicado a Dionisos, al renacimiento de la vida y al sentimiento divino, había representaciones que se celebraban entre finales de enero y principios de febrero, y otras entre finales de marzo y principios de abril. Estas eran las épocas del gran renacimiento, en que los espectadores sabían que tenían que acudir al teatro porque era su momento, y allí estaban, totalmente embebidos, porque no es que acudieran a ver qué ocurría con sus dioses cuando se crearon los primeros escenarios, no es que fueran una vez más a ver cómo se había creado el universo, o cómo había que salvar a Zeus de Cronos o cómo se recorría el camino de Eleusis. Lo que sentía el público, lo que importaba, era la participación. Porque ese momento no consistía en enterarse de un argumento nuevo, sino vivirlo con la conciencia de que el universo es cíclico como lo es toda nuestra vida. Una vez al año una obra que repetía los mismos acontecimientos ponía al hombre en contacto con esa repetición de toda la naturaleza, con los grandes héroes, con los grandes personajes, con los grandes dioses.

 

Este artículo ha sido redactado por Delia S.G.

Cartas…para todos

P.D. Voltaire, Tratado sobre la tolerancia, capítulo XXIII:

Ya no es por lo tanto a los hombres a los que me dirijo, es a ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a unas débiles criaturas perdidas en la inmensidad e imperceptibles al resto del universo osar pedirte algo, a ti que lo has dado todo, a ti cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar con piedad los errores inherentes a nuestra naturaleza; que esos errores no sean causantes de nuestras calamidades.

Tú no nos has dado un corazón para que nos odiemos y manos para que nos degollemos.

Haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre los vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros idiomas insuficientes, entre todas nuestras costumbres ridículas, entre todas nuestras leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas, entre todas nuestras condiciones tan desproporcionadas a nuestros ojos y tan semejantes ante ti; que todos esos pequeños matices que distinguen a los átomos llamados hombres no sean señales de odio y persecución; que los que encienden cirios en pleno día para celebrarte soporten a los que se contentan con la luz de tu sol; que aquellos que cubren su traje con una tela blanca para decir que hay que amarte no detesten a los que dicen la misma cosa bajo una capa de lana negra;

que dé lo mismo adorarte en una jerga formada de una antigua lengua o en una jerga más moderna; que aquellos cuyas vestiduras están teñidas de rojo o violeta, que mandan en una pequeña parcela de un pequeño montón de barro de este mundo y que poseen algunos fragmentos redondeados de cierto metal, gocen sin orgullo de lo que llaman grandeza y riqueza y que los demás los miren sin envidia: porque Tú sabes que no hay en estas vanidades ni nada que envidiar ni nada de que enorgullecerse.

¡Ojalá todos los hombres se acuerden de que son hermanos!

¡Que odien la tiranía ejercida sobre sus almas como odian el latrocinio que arrebata a la fuerza el fruto del trabajo y de la industria pacífica!

Si los azotes de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos unos a otros en el seno de la paz y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por igual, en mil lenguas diversas, desde Siam a California, tu bondad que nos ha concedido ese instante.


Bertrand Russell, Autobiografía, 1967.

PARA QUÉ HE VIVIDO

“Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado.

Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de aprehender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.

El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

Esta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad .”

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La música importa en la filosofía

“La música y el ritmo encuentran su camino en los lugares secretos del alma”. Platón

Cuando en una oportunidad le preguntaron al genio de Bonn, Ludwig Van Beethoven, qué era la música, él respondió: “La música es una revelación más alta que la ciencia o la Filosofía”. Siglos antes, Platón, el gran filósofo griego, decía que: “La música es un arte educativo por excelencia, se inserta en el alma y la forma en la virtud”. Es decir, son muchos y diferentes los conceptos que se tienen sobre la música, pero sabido es que este maravilloso arte fue sometido a una constante reflexión filosófica por grandes pensadores; lo que nos permite afirmar que la expresión musical se halla vinculada a la Filosofía desde sus inicios, ya que se trata de un arte que el hombre asoció con el origen del Universo.

Pitágoras, en el S. VI A.C.,  elaboró una concepción musical que le llevó a entender la escala musical como un elemento estructural del Cosmos; dándole a este arte una categoría a la vez científica y metafísica.

Muchos siglos después Robert Fludd, un importante físico, músico, alquimista y astrónomo inglés, basándose en las teorías pitagóricas sobre el origen de la música, dijo que ésta no fue una invención de los hombres, sino del Creador del mundo, quien hizo que los orbes celestes giraran en armonía, estableciendo la llamada “Armonía de las Esferas”; teoría que Pitágoras había defendido para demostrar que cada planeta producía una nota en el espacio y que todo en la música obedecía a un fundamento numérico. Pitágoras tenía la convicción de que el Cosmos y el alma estaban  ligados a las mismas proporciones numéricas de la armonía.

Pero no se piense que la Filosofía y la Música comenzaron a relacionarse en la Grecia clásica; pues el mismo Pitágoras formuló algunos de sus principios basándose en las anteriores doctrinas de los sacerdotes – músicos egipcios y de las escuelas mesopotámicas; quienes unieron música y pensamiento para crear un lenguaje capaz de comunicarse con los dioses; igual caso se da en el arte oriental, el filósofo chino Lu Chi (S. III – IV), indicó que el hombre sólo podía adentrarse en la Filosofía con la ayuda de la música y definió al ser “Como un sonido que surge del profundo silencio”.

Durante el Renacimiento, etapa en la que Galileo formuló numerosas teorías filosóficas– musicales, los pensadores hacían figurar la música como tema muy importante en sus investigaciones. Por otra parte el pensamiento platónico se mantenía vigente; Erasmo, admirador del filósofo griego, estaba convencido, como todo humanista, del valor ético de la música.

En el mundo moderno el filósofo latino Boecio decía que  “cualquiera que llega al fondo de sí mismo, sabe lo que es la música”; esta es una consideración filosófica, donde todo el conocimiento tiene un solo fin: la percepción clara del interior humano. Sin embargo en el transcurso del S.XVII y XVIII, la Filosofía y la Teoría Musical fueron separándose y sistematizándose.

En 1790 cuando Kant presentó la parte tercera de su “Crítica”, se convirtió en el primer filósofo moderno que concibió su teoría estética como parte integrante de un sistema filosófico. Su juicio le llevó a catalogar la música como forma y a entenderla como una expresión sublime de la razón; teoría en la cual se inspiró Schiller (autor de la “Oda a la Alegría”, que Beethoven incluyó en la parte coral de su Novena Sinfonía), mientras que Hegel en las primeras décadas del S. XIX tuvo la convicción de que lo material se espiritualiza en el arte y que por consiguiente el sonido se hace exaltación en la música.

El sentido indefinido de las formas musicales, su relación con los movimientos más recónditos del alma, llevaron a la música a una posición privilegiada no sólo entre las demás artes, sino también en los otros medios de conocimiento.

Después de estas reflexiones es posible que pueda entenderse mejor el mensaje de La Quinta, La Novena Sinfonía y la extraordinaria Misa Solemne de Beethoven, la Sinfonía Dante de Liszt, Así habló Zaratustra de R. Strauss, el Requiem de Mozart, La Creación de Haydn, La Pasión Según San Mateo de Bach,  El Mesías de Haendel, las óperas de Wagner y muchos otros monumentos musicales, fruto del pensamiento y el sentimiento que han dejado los grandes maestros.

Para concluir, podemos citar a Santo Tomás (S.XIII), quien dijo que la música es “la más noble de las ciencias humanas; cada uno debe procurar aprenderla con preferencia a las demás, ocupa el primer lugar entre las artes liberales”.

Extraído del blog Aztlan.

Filosofía y buen humor

 

Existe un prejuicio contra el humor entre los eruditos, que prefieren tratar de cuestiones ?serias?. Este rechazo se remonta quizá a las figuras del payaso y del bufón, de baja condición social. Entre los filósofos clásicos sólo Aristóteles trató acerca de la comedia, pero este texto se perdió.

La consideración moderna acerca del humor ha cambiado enormemente. El humor y la risa son considerados como actitudes propias del hombre, y que nos diferencian de los animales. El humor es una demostración de grandeza que pareciera decir que en última instancia todo es absurdo y que lo mejor es reír, como aquel condenado a muerte que llevan a la horca un lunes y exclama: “¡Bonita forma de comenzar la semana!”. El humor es una afirmación de dignidad, una declaración de superioridad del ser humano sobre lo que acontece.

Carecer de humor es carecer de humildad, es estar demasiado inflamado de uno mismo. El humor es una herramienta crítica de gran eficacia. El humor permite ver lo que los demás no perciben, ser consciente de la relatividad de todas las cosas y revelar con una lógica sutil lo serio de lo tonto y lo tonto de lo serio. A veces el mejor consejo es el que proviene de un chiste y no de una formulación teórica.

El chiste, el acertijo y la broma son excelentes y necesarios ingredientes de la sabiduría, ya que su esencia es precisamente la ruptura del orden lógico y del conocimiento formal con alguna salida que, como una chispa, ilumina bruscamente el entendimiento con una novedad, se desgrana en risa y deja un sabor de ingenio en la mente. Arthur Koestler ha mostrado repetidamente el cercano parentesco de la risa con el hallazgo y el descubrimiento en ciencia y en arte. ¡Ajá!, decimos en el momento en que se establece la claridad en la conciencia. ¡Ja, ja!, nos reímos cuando un chiste nos parece bueno por la inesperada ruptura con el orden esperado.

La filosofía y el humor están estrechamente relacionados. El sentido en el sin sentido que caracteriza al chiste, es también la forma de las paradojas, aporías, y acertijos de que se nutre la Filosofía. Jugar con la polisemia, y las múltiples acepciones, el disparate, los enlaces arbitrarios de dos representaciones contrastantes, diversas, ajenas, todo lo que a la Filosofía le ocupa como alguna que otra clase de sofisma, equívoco o paralogismo, son descripciones de las técnicas del chiste.

Por otra parte, la actitud filosófica requiere de una mirada bromista. El planteamiento de un problema filosófico necesita una mirada que pueda superar dogmas, ir más allá de una evidencia, un tabú, un prejuicio, o de otras inhibiciones propias del hombre. Filosofía, inteligencia sin humor, es esterilidad, artificialidad, robótica pura. Humor sin inteligencia es mal gusto, zafiedad. De la unión entre filosofía y humor, nace la creatividad, la fantasía lúdica, el juego de la lógica.

El sentido del humor es el término medio entre la frivolidad, para la que casi nada tiene sentido, y la seriedad, para la que todo tiene sentido. El frívolo se ríe de todo, es insípido y molesto, y con frecuencia no se preocupa por evitar herir a otros con su humor. El serio cree que nada ni nadie deben ser objetos de burla, nunca tiene algo gracioso para decir y se incomoda si se burlan de él. El humor revela así la frivolidad de lo serio y la seriedad de lo frívolo. Se trata de una virtud social: podemos estar tristes en soledad, pero para reírnos necesitamos la presencia de otras personas.

Pero en el humor no todo vale, como escribe Comte-Sponville: “Se puede bromear acerca de todo: el fracaso, la muerte, la guerra, el amor, la enfermedad, la tortura. Lo importante es que la risa agregue algo de alegría, algo de dulzura o de ligereza a la miseria del mundo, y no más odio, sufrimiento o desprecio. Se puede bromear con todo, pero no de cualquier manera. Un chiste judío nunca será humorístico en boca de un antisemita. La ironía hiere, el humor cura. La ironía puede matar, el humor ayuda a vivir. La ironía quiere dominar, el humor libera. La ironía es despiadada, el humor es misericordioso. La ironía es humillante, el humor es humilde“.

Comentarios acerca de la filosofía, el humor y la risa.

*Burlarse de la filosofía es ser un filósofo.
Blas Pascal

*Hay dos sistemas de conseguir la felicidad: Uno, hacerse el idiota, el otro, serlo.
Enrique Jardiel Poncela

*Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy seguro de la primera.
Albert Einstein

*El animal más sufriente de la tierra se vio obligado a inventar la risa.
Friedrich Nietzsche

*Podría escribirse una obra filosófica buena y seria, compuesta enteramente de chistes.
Ludwig Wittgenstein

*La incongruencia que está en el centro de la mayor parte de los chistes es análoga a la adivinanza que está en el centro de la mayoría de los problemas filosóficos.
John A. Paulos

*He decidido reír y ser feliz porque además es bueno para la salud.
Francois Marie Arouet (Voltaire)

*La risa es la distancia más corta entre dos personas.
Víctor Borge

Anécdotas humorístico-filosóficas
*Cuando en una ocasión le preguntaron a San Agustín qué hacía Dios antes de crear el mundo, contestó: “Estaba creando un infierno para las personas que hacen preguntas como esa”.

*El Gallo (Rafael Gómez Ortega), fue un torero español muy famoso, hermano del más famoso aún Joselito, que se relacionaba con lo mejor de la sociedad de su tiempo. Cierto día alguien quiso presentarle a Don José Ortega y Gasset y al preguntar quién era este señor le contestaron que era el más eminente filósofo español del momento. Entonces, el matador pidió que le explicaran en qué consistía su profesión. “Los filósofos se dedican a pensar” le contestaron. Asombrado, el Gallo contestó “Hay gente pa’ tó”.

Anécdotas de Diógenes de Sinope

Cuando fue puesto a la venta como esclavo, le preguntaron qué era lo que sabía hacer, contestó: “mandar… comprueba si alguien quiere comprar un amo”.

Se decía que Diógenes iba por la calle en pleno día, con la lámpara encendida, diciendo “Busco un hombre”. Y así se refaría a que en realidad ninguno nos comportamos enteramente como seres humanos.

En otra ocasión le preguntaron por qué la gente daba limosna a los pobres y no a los filósofos, a lo que respondió: porque piensan que pueden llegar a ser pobres, pero nunca a ser filósofos.

Cuento taoísta
Había una vez dos monjes que paseaban por el jardín de un monasterio taoísta. De pronto uno de los dos vio en el suelo un caracol que se cruzaba en su camino. Su compañero estaba a punto de aplastarlo sin darse cuenta cuando le contuvo a tiempo. Agachándose, recogió al animal. “Mira, hemos estado a punto de matar este caracol, y este animal representa una vida y, a través de ella, un destino que debe proseguir. Este caracol debe sobrevivir y continuar sus ciclos de reencarnación.” Y delicadamente volvió a dejar el caracol entre la hierba. “¡Inconsciente!”, exclamó furioso el otro monje. Salvando a este estúpido caracol pones en peligro todas las lechugas que nuestro jardinero cultiva con tanto cuidado. Por salvar no sé qué vida destruyes el trabajo de uno de nuestros hermanos.
Los dos discutieron entonces bajo la mirada curiosa de otro monje que por allí pasaba. Como no llegaban a ponerse de acuerdo, el primer monje propuso: “Vamos a contarle este caso al gran sacerdote, él será lo bastante sabio para decidir quien de nosotros dos tiene la razón.”
Se dirigieron entonces al gran sacerdote, seguidos siempre por el tercer monje, a quien había intrigado el caso. El primer monje contó que había salvado un caracol y por tanto había preservado una vida sagrada, que contenía miles de otras existencias futuras o pasadas. El gran sacerdote lo escuchó, movió la cabeza, y luego dijo: “Has hecho lo que convenía hacer. Has hecho bien”. El segundo monje dio un brinco. “¿Cómo? ¿Salvar a un caracol devorador de ensaladas y devastador de verduras es bueno? Al contrario, había que aplastar al caracol y proteger así ese huerto gracias al cual tenemos todos los días buenas cosas para comer. El gran sacerdote escuchó, movió la cabeza y dijo “Es verdad. Es lo que convendría haber hecho. Tienes razón.”
El tercer monje, que había permanecido en silencio hasta entonces, se adelantó. “¡Pero si sus puntos de vista son diametralmente opuestos! ¿Cómo pueden tener razón los dos?” El gran sacerdote miró largamente al tercer interlocutor. Reflexionó, movió la cabeza y dijo: “Es verdad. También tú tienes razón.”
Extraído de Bernard Werber. “El día de las hormigas”. Ed. Plaza & Janés. 19

Greguerías de Ramón Gómez de la Serna
La greguería es el atrevimiento a definir lo que no puede definirse, a capturar lo pasajero, a acertar o a no acertar lo que puede no estar en nadie o puede estar en todos. Es para mí la flor de todo lo que queda, lo que vive, lo que resiste más al descreimiento.

· Aburrirse es besar a la muerte.
· Los monos no encanecen porque no piensan.
· El filósofo antiguo sacaba la filosofía ordeñándose la barba.
· Era tan moral que perseguía las conjunciones copulativas.
· Si te conoces demasiado a ti mismo, dejarás de saludarte.
· La cabeza es la pecera de las ideas.
· Hay un momento en que el astrónomo, debajo del gran telescopio, se convierte en microbio del microscopio de la luna que se asoma a observarle.
· El Pensador de Rodin es un ajedrecista a quien le han quitado la mesa.

Humor filosófico
Primera Ley de la Filosofía: por cada filósofo, existe un filósofo igual y opuesto
Segunda Ley de la Filosofía: ambos están equivocados

La Filosofía en un juego con objetivos pero sin reglas
Las Matemáticas son un juego con reglas pero sin objetivos
La Teología es un juego cuyo objeto es poner reglas a lo subjetivo

Artículo redactado por Juan Carlos del Río

El saber “científico” y el saber “filosófico”

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“El hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en Ti” (San Agustín, Confesiones).

Decía Federico García Lorca: “Sólo el misterio nos hace vivir. Sólo el misterio”. Y tanto Jorge L. Borges como Lewis Carroll, que comparten el honor de ser los autores no científicos ni filosóficos más citados en obras de filosofía y de ciencia, nos ofrecen en sus obras, como el mayor atractivo para su lectura, ese elemento inquietante que nos lleva al asombro, a la perplejidad; esa llamada que nos hace imaginar otros mundos y nos obliga también a pensar y a buscar una razón que nos dé respuestas para vivir en este, sobrecogidos ante tanto misterio.

¿Qué es el tiempo, la vida, quiénes somos cada uno y qué hacemos aquí? ¿Cómo nació toda esta inmensidad que podemos contemplar cuando miramos al cielo o nos adentramos en las profundidades de los mares? ¿Por qué nos empeñamos en hacerle daño a la Tierra que nos lo da todo, hasta nuestro propio cuerpo, y en contaminar el aire hasta hacerlo a veces tan irrespirable? ¿Qué sentido le estamos dando a nuestro deambular por el mundo y para qué, en definitiva, hemos venido? ¿Cuáles son las leyes que hacen funcionar tan armónicamente, aun a pesar nuestro, tanta diversidad y tan infinita belleza? Etc. etc. etc.

A esta búsqueda de respuestas, al origen y las causas que existen detrás de todo, a esta especie de atracción amorosa e irresistible hacia el conocimiento que, a la vez, nos produce una cierta inquietud al no contar con respuestas claras que nos satisfagan, es a lo que llamamos filosofía. Pero también la ciencia es una afanosa búsqueda que, por distintos caminos de investigación, se funde a veces con la filosofía, ya que son las mismas inquietudes las que llevan al filósofo y al científico hacia nuevos descubrimientos que van abriendo paso e iluminando el camino del hombre en su transitar por el mundo.

¡El hombre! ¿Existe mayor incógnita que él mismo, un ser que es pura paradoja, tan cambiante, tan transitorio y a la vez tan eterno?

Se ha dicho y repetido que el hombre es filósofo por naturaleza. Pero entonces viene la ciencia y se pregunta: ¿dónde reside ese deseo o esa necesidad de encontrar respuestas, en qué lugar de nuestro cuerpo se aloja, en nuestro corazón, en nuestra mente? Los científicos han estado investigando y han descubierto que el cerebro humano ha sido genéticamente diseñado para sustentar creencias espirituales, o sea, que hay un espacio físico en nuestro cerebro donde se asienta nuestra conciencia. También hemos sabido últimamente, gracias al estudio de la antropología, que “lo sagrado es un elemento de la estructura de la conciencia, no un estado de la historia de esa conciencia”, según ya afirmaba Mircea Eliade en su monumental obra sobre la historia de las creencias y las ideas religiosas, en contra del positivismo reinante.

La vida cotidiana puede ser realmente una aventura apasionante. Pero además, podemos hacerla muy entretenida y mucho más interesante si la enriquecemos dando un contenido filosófico a lo que hacemos en cada momento, desde lo más cotidiano a lo que irrumpe intempestivamente de forma inesperada. Para esos golpes bruscos que aparecen de golpe y que nos pueden zarandear hasta hundirnos si no estamos suficientemente preparados y bien agarrados a nuestro eje central, una verdadera preparación filosófica nos puede salvar del bache, incluso hacernos más fuertes y mejores tras superar la prueba. La experiencia de haber vivido momentos difíciles y haber sabido afrontarlos con entereza nos va a dar una gran seguridad y nos va a afianzar en el camino que hemos elegido.

Simplemente observando las cosas y los procesos de cambio y evolución que cada una conlleva, vamos cada día modificando nuestras actitudes y sentimientos hacia ellas y, al mismo tiempo, nos vamos conociendo un poco más a nosotros mismos y podemos ir creciendo al extraer siempre una experiencia positiva de lo vivido. Así avanzamos y podemos ir descubriendo poco a poco que la filosofía, la simple y natural búsqueda de la verdad y de lo que puede haber detrás de cada acontecimiento, da efectivamente respuestas cada vez más satisfactorias a nuestras inquietudes trascendentes, y es el mejor soporte para entender lo que la razón o la religión no son capaces de explicarnos ¿O sí?

Dos científicos de la Universidad de Pensilvania, Eugene d’Aquili y Andrew Newberg, profesor de psiquiatría y antropólogo dedicado al estudio de las religiones el primero, y médico especialista en neurofisiología y medicina nuclear el segundo, han hecho públicas sus investigaciones sobre los efectos de la meditación y la plegaria en el cerebro humano y han creado una nueva rama del saber: la neuroteología. La palabra ya fue utilizada por Aldous Huxley para denominar la disciplina dedicada a entender las complejas relaciones entre la espiritualidad y la actividad física del cerebro. Durante dos años, Newberg estudió las funciones y los riegos sanguíneos del cerebro de ocho budistas tibetanos durante su meditación y de un grupo de monjas franciscanas mientras rezaban ensimismadas sus oraciones. Según estos dos científicos, la oración y la meditación activan algunas funciones cerebrales que son las que crean la sensación de plenitud absoluta y de comunión trascendental. Los investigadores de Pensilvania subrayan que el cerebro está programado para ayudar a los hombres a sobrevivir en un mundo cruel y agresivo, dando un sentido a su existencia.

Se ha demostrado también que la estructura del cerebro no es tan estática como se pensaba hace unos años. Estudios recientes han demostrado que el cerebro cambia constantemente, y su estructura y función se modifican según sea el comportamiento del individuo, amoldándose a cada circunstancia. La meditación de un monje budista o la plegaria de una monja católica tienen unas repercusiones físicas en el cerebro, concretamente en los lóbulos prefrontales, que provocan el sentido de unidad con el cosmos que experimenta el monje, o de proximidad a Dios que siente la religiosa. Estas experiencias y sensaciones nacen de un hecho neurológico: la actividad de los lóbulos prefrontales del cerebro, que son los que corresponden a la capacidad de concentración, de perseverancia, de disfrutar, de pensar en abstracto, de la fuerza de voluntad, del sentido del humor y, en último término, de la integración armónica de nuestro propio yo con todo lo que nos rodea.

D’Aquili y Newberg han intentado responder a cuestiones como el origen de la elaboración de los mitos, la conexión entre el éxtasis religioso y el orgasmo sexual o los datos que aportan las experiencias próximas a la muerte, sobre la naturaleza de los fenómenos espirituales. Ellos han investigado de dónde proviene esa necesidad humana de crear mitos para explicarse el mundo, buscando en la mitología y en las religiones esa tendencia innata del ser humano a sentirse unido a la Naturaleza formando parte del cosmos y a creer en un Dios infinito y poderoso como Creador Supremo de toda la existencia. No existe religión ni tradición popular que no crea en la existencia de Dios y en la inmortalidad del alma. Esto es un hecho ya demostrado por los antropólogos, y ahora resulta que, además, esto se puede observar, grabar y fotografiar estudiando científicamente los mecanismos del cerebro. O sea, que Dios está, en palabras de estos investigadores, cableado en el cerebro humano.

Otro investigador, el Dr. Richard Davinson de la Universidad de Wisconsin, muestra que podemos actuar sobre los lóbulos prefrontales, ya sea con medicamentos (como el famoso Prozac) o con la meditación. Lo que ocurre es que al suprimir los fármacos los efectos concluyen, mientras que las repercusiones de la meditación permanecen. Defiende sin miedo este investigador que el ejercicio continuado de la meditación influye positiva y decisivamente sobre esta parte del cerebro y, por lo tanto, sobre el comportamiento humano. Es muy posible que, en un futuro no muy lejano, la prescripción médica de momentos de meditación sirva para mejorar nuestro carácter o cualquier deficiencia de comportamiento.  th

 

Muchos pensadores materialistas (no me atrevería a llamarles filósofos, ya que la filosofía busca más allá de lo material que a ellos les limita), creen que la religión es una invención psicológica que nace de la necesidad de aliviar los miedos existenciales y encontrar así la comodidad de esos anclajes en medio de un mundo confuso y lleno de peligros. Pero ya hemos visto que el impulso hacia lo espiritual arraiga en la biología del ser humano. El hombre comienza sintiendo el impulso religioso y encuentra la verdad en la filosofía que une todas las religiones, las ciencias y las artes, iniciando un camino de búsqueda ya imparable para el que ha sido herido por la flecha divina que despierta su amor por la sabiduría. Este conocimiento es lo que le equilibra y le va a dar fuerzas para sobrevivir en medio de los vaivenes de la vida, pues a medida que va descubriendo lo que hay detrás de lo que sus sentidos perciben o experimentan sus sentimientos, se da a sí mismo respuestas que le hacen feliz para continuar aun en medio del mayor dolor.

He hablado antes de religión como el inicio del despertar de la conciencia en el hombre, pero quiero aclarar que cuando digo religión no me refiero a ninguna en particular, sino al sentimiento religioso de unión con lo divino innato en el ser humano que es, precisamente, lo que nos diferencia de los animales, incapaces estos de tener conciencia de sí mismos y de concebir la divinidad. Entender el paso del tiempo y la realidad de la muerte nos hace humanos. Según ha investigado la moderna antropología, los antiguos enterraban a sus muertos orientados hacia el oeste para solidarizar la suerte del alma con el curso del Sol, lo que implica la creencia en que la vida continuaba ahora más allá de lo visible a nuestros ojos, de la misma manera que el Sol se ocultaba, para volver a renacer en una nueva encarnación, es decir, que, después de un tiempo de descanso volverá, como el Sol, para amanecer a un nuevo día y continuar su camino de evolución en la materia de un cuerpo nuevo.

Para comprender la diversidad de las religiones sería necesario un análisis muy serio y un estudio comparativo de las grandes religiones de la Antigüedad, decía H. P. Blavatsky. La ciencia tendría que indagar sistemáticamente las operaciones de la Naturaleza a través de sus leyes inmutables y sacar conclusiones, comparando a la vez las explicaciones transmitidas en sus mitos por los pueblos antiguos. Ahora sabemos que la tradición oral recogida en las mitologías no es más que nuestra propia historia contada por nuestros antepasados que, a través de afirmaciones fabulosas querían darnos a entender verdades importantes y conocimientos profundos que tendríamos que saber desvelar.

Recuperar esta sabiduría que nos legaron los antiguos con sus tradiciones y han ido corroborando de diferentes formas todas las escuelas de filosofía, tanto de Oriente como de Occidente, va a ser, cuando sepamos entenderlo, nuestro mejor soporte para vivir la cotidianidad en un estado interiormente feliz y en armonía con las personas y las circunstancias que nos rodean.

Artículo redactado por Maria Angustias Carrillo de Albornoz

 

Extractos sobre Plotino (II)…sobre la contemplación

 

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“Pero llegará un momento en que la contemplación será continua y no se verá turbada por ningún obstáculo proveniente del cuerpo. No es ciertamente la parte de nosotros mismos que ve, la que se encuentra impedida, sino otra parte;…/…

En el momento en que el ser que ve se ve a sí mismo, se verá tal como es su objeto; mejor aún, se sentirá unido a él, parecido a él y tan simple como él…/… Uno mismo el ser que ve con su objeto, acontece como si hubiese hecho coincidir su centro con el centro universal. Pues incluso en este mundo, cuando ambos se encuentran, forman una unidad, y son sólo dos cuando se mantienen separados. Y he ahí el porqué nos resulta difícil de explicar en qué consiste esta contemplación, ya que, ¿cómo podríamos anunciar que el Uno es otro, si no lo vemos como otro y más bien unido a nosotros cuando lo contemplamos?”.

Enéadas, VI, 9, 10.

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“Con esto querría mostrarse el mandato propio de los misterios, de no dar a conocer nada a los no iniciados; pues como quiera que lo divino no puede revelarse, no ha de ser tampoco divulgado entre aquellos que no han tenido la suerte de experimentarlo. No dándose en esa ocasión dos cosas, si en verdad el sujeto que ve y el objeto visto son una misma (hablaríamos mejor de una unión que de una visión), cuando aquél quiera recordar después esa unión acudirá a las imágenes que guarda en sí mismo. Mas, si el ser que entonces contemplaba era uno y no manifestaba diferencia consigo mismo ni con respecto a las demás cosas, tampoco advertía movimiento dentro de sí, y, en su ascensión, no patentizaba cólera ni deseo, y ni siquiera razón ni pensamiento, porque, si de algún modo hay que decirlo, él mismo ya no disponía de su ser que, arrebatado o poseído de entusiasmo, se elevaba a un estado de tranquila calma. Verdaderamente, al no separarse de la esencia del Uno, no verificaba movimiento alguno hacia sí, sino que permanecía completamente inmóvil y se convertía en la inmovilidad misma. Ya no le retenían las cosas hermosas, puesto que miraba por encima de la belleza; y, sobrepasado también el coro de las virtudes, había dejado atrás las estatuas del templo como quien penetra en el interior de un santuario.

Serían las estatuas precisamente lo primero que tendría que ver al salir del santuario, después de esa visión interior y de esa unión íntima, no desde luego con una estatua o una imagen de la divinidad, sino con la divinidad misma; aquéllas constituirían contemplaciones de orden secundario.

Porque quizá no deba hablarse ahora de una contemplación sino de otro tipo de visión, por ejemplo, de un éxtasis, de una simplificación, de un abandono de sí, del deseo de un contacto, detención y noción de un cierto ajuste si se verifica una contemplación de lo que hay en el santuario. Si otra fuese la manera como contemplase, es claro que nada de esto contaría. Porque éstas son las imágenes con las que los más sabios de los profetas han explicado enigmáticamente en qué consiste la contemplación de Dios. Cualquier sabio sacerdote podrá dar con la verdad del enigma, si llega a alcanzar en ese mundo una contemplación del santuario. Pero aunque no la alcance y juzgue que el santuario es inaccesible a la visión, tendrá que considerar a éste como fuente y principio y sabrá además que el principio sólo se ve por el principio, que lo semejante no se une más que a lo semejante y que no han de despreciarse en modo alguno cuantas cosas divinas pueda retener el alma. Así, antes de la contemplación, reclamará ya todo lo demás a la contemplación, aunque lo que él estime como el resto sea realmente lo que se encuentra por encima de todas las cosas y también antes de ellas.

La naturaleza del alma rehúsa el acercarse a la nada absoluta; cuando desciende, se dirige hacia el mal, que es una especie de no-ser, pero no al no-ser absoluto. Al avanzar en sentido contrario, no va tampoco hacia otro ser, sino hacia sí misma, y es por ello por lo que no entra en otra cosa sino en sí misma. Pero basta que ella esté sólo en sí y no en el ser para que se encuentre verdaderamente en El, porque El no es una esencia sino que está más allá de la esencia para el alma que tiene relación con El. Quienquiera que se ve a sí mismo convertirse en El, se considera a sí mismo como una imagen de El. Partiendo de sí, como de la imagen al arquetipo, llegará indudablemente al fin de la jornada. Y si alguna vez se aparta de la contemplación, reavive de nuevo su virtud y comprendiendo entonces toda su ordenación interior vuelva a su ligereza da alma y, por intermedio de la virtud misma, llegue hasta la inteligencia y, a través de la sabiduría, ascienda incluso hasta El.

Tal es la vida de los dioses y de los hombres divinos y bienaventurados; una vida que se aparta de las cosas de este mundo, que se siente a disgusto con ellas y que huye a solas hacia el Sólo”.

Enéadas, VI, 9, 11

Fuente: Extraido del blog de sophiaveda

Extractos de Plotino (I)…sobre el alma.

 

Plotino

 

 

 

“Si ello es así, el alma debe apartarse del mundo exterior y volverse enteramente hacia su interioridad. No se inclinará ya hacia las cosas de afuera, sino que se mostrará ignorante de todo y, antes de nada, se preparará para la contemplación, alejando de ella toda idea y desconociendo incluso ese trance de la contemplación. Luego de haber consumado la unión y de haber tenido con el Uno el trato suficiente, el alma deberá ir a anunciar a los demás seres, si realmente le es posible, ese estado de unión a que ha llegado (tal vez por haber resultado Minos de una unión semejante se le ha llamado “el confidente de Zeus”, pues llevado de este recuerdo instituyó leyes que son como su imagen, justificadas por él plenamente por ese contacto con la divinidad); o si es que no juzga ya dignas de sí las ocupaciones políticas, que permanezca, si lo prefiere, en la región celeste, como haría cualquiera que hubiese contemplado mucho.

Dios, dice (Platón), no se encuentra fuera de ningún ser; está en todos los seres, bien que ellos no lo sepan. Porque los seres huyen de El, o mejor se alejan de sí mismos. No pueden, por tanto, alcanzar aquello de que han huido, ni buscar siquiera otro ser luego de haberse perdido a sí mismos. Ocurre como con el hijo, enajenado de sí por la locura, que no acierta a reconocer a su padre; en tanto, el que se conoce a sí mismo, sabe perfectamente de dónde procede.”

Enéadas, VI, 9, 7

“He aquí que en esta danza se contempla la fuente de la vida, la fuente de la inteligencia, el principio del ser, la causa del bien, la raíz del alma. Todas estas cosas no se desbordan de El y empequeñecen su esencia, porque el Uno no es una masa. Si así fuese, también esas cosas serían perecederas, y nosotros sabemos que son eternas puesto que su principio permanece idéntico a sí mismo y no se reparte entre ellas, sino que continúa tal cual es. De ahí la permanencia de todo eso, como ocurre con la luz que subsiste en tanto subsiste la luz del sol. No hay como un corte entre el Uno y nosotros y tampoco estamos separados de El, a pesar de que la naturaleza del cuerpo procure atraernos hacia sí. Por El vivimos y nos conservamos, pues El no se retira luego de conceder sus dones sino que continúa dirigiéndonos en tanto sea lo que es. O mejor todavía, nos inclinamos hacia El y tendemos a nuestro bien, ya que nuestro alejamiento de El supondría el empequeñecernos.

Allí el alma descansa de los males y se retira a una región limpia de todo mal; conoce de manera inteligente, alcanza un estado impasible y llega a vivir la vida verdadera. Porque nuestra vida de ahora, sobre todo si no cuenta con lo divino, no es más que una huella que imita aquella vida. La vida verdadera es como un acto de la Inteligencia, acto por el cual engendra dioses en tranquilo contacto con el Uno; engendra, por ejemplo, la belleza, la justicia y la virtud. Porque el alma puede dar a luz todas estas cosas si está colmada de lo divino. Esto significa para ella el comienzo y el fin de su ser; el comienzo porque de allí proviene, el fin porque el Bien está allí, y una vez vuelta ella a esa región, torna a ser lo que realmente era. Este de ahora es el estado de “caída, exilio y pérdida de las alas, pero muestra que el Bien está allí y que el amor es algo circunstancial al alma, según la fábula de la unión de Eros y las almas, tal como se presenta en las pinturas y en los relatos místicos.

Puesto que el alma es diferente de Dios, pero proviene de El; necesariamente lo ama; cuando se encuentra en la región inteligible lo ama con un amor celeste, más cuando se encuentra aquí lo ama con un amor vulgar. Allá tenemos a la Afrodita de los cielos, en tanto aquí se halla la Afrodita vulgar que se presta al oficio de cortesana. Toda alma es una Afrodita y eso es lo que viene a decir “el nacimiento de Afrodita y el nacimiento inmediato de Eros”. Así pues, el alma ama naturalmente a Dios y a El quiere unirse, igual que haría una virgen que amase honestamente a un padre honesto; pero cuando llega a dar a luz seducida por una promesa de matrimonio, se entrega al amor de un ser mortal y queda arrancada violentamente del amor de su padre. De nuevo, si siente horror por esta violencia, se purifica de las cosas de este mundo para volver llena de alegría al regazo de su padre.

Los que desconocen este estado podrían imaginarse, por los amores de este mundo, qué es lo que significa para el alma el encontrarse con el objeto más amado. Porque los objetos que nosotros amamos aquí son realmente mortales y nocivos, algo así como fantasmas cambiantes, que no podemos amar verdaderamente porque no constituyen el bien que nosotros ansiamos. El verdadero objeto de nuestro amor se encuentra en el otro mundo; podremos unirnos a El, participar de El y poseerlo, si no salimos a condescender con los placeres de la carne. Para quien lo ha visto es claro lo que yo digo; sabe que el alma tiene otra vida cuando se acerca al Uno y participa de El, y que toma conciencia de que está junto a ella el dador de la verdadera vida, sin que necesite de ninguna otra cosa. Por el contrario, conviene que renuncie a todo lo demás y que se entregue solamente a El y se haga una sola cosa con El, rompiendo todos los lazos que la atan a éste mundo. Así es como procuramos salir de aquí y nos irritamos por los lazos que nos unen a los otros seres. Nos volvemos entonces por entero hacia nosotros mismos y no dejamos parte ninguna nuestra que no entre en contacto con Dios.

Ya, pues, es posible verlo y vernos también a nosotros mismos en tanto la visión esté permitida. Se ve uno resplandeciente de luz y lleno de la luz inteligible, y mejor aún, se convierte uno en una luz pura, ligera y sin peso, en un ser que es más bien un dios, inflamado de amor hasta el momento en que, vencido otra vez por su peso, se siente como marchito.”

Enéadas, VI, 9, 9

**Fuente: blog de sophiaveda.

Filosofía de sobre de azúcar

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Un sobrecito de azúcar…, sí, de esos que te ponen con el café en cualquier bar, tenía el siguiente relato escrito en la parte de atrás.  ¿Alguien se reconoce?

Había una vez cuatro individuos llamados Todo el Mundo, Alguien, Nadie y Cualquiera.

Siempre que había un trabajo Todo el Mundo estaba seguro de que Alguien lo haría. Cualquiera podría haberlo hecho pero Nadie lo hizo.

Cuando Nadie lo hizo, Alguien se puso nervioso porque Todo el Mundo tenía el deber de hacerlo.

Al final, Todo el Mundo culpó a Alguien cuando Nadie hizo lo que Cualquiera podría haber hecho.

Tan real como la vida misma.

Filosofía para la crisis

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Hablar de “filosofía práctica” es una redundancia, pues la filosofía real siempre es práctica. Desde sus orígenes en Grecia, la palabra “sofía” se refiere a “saber hacer algo muy bien”, y aplicado al desarrollo y evolución humano, sofía se convirtió en sinónimo de sabiduría: saber comportarse como ser humano.

Así, la filosofía es una búsqueda de respuestas ¡que podamos aplicar a nuestra vida, aunque sea de forma provisional! Cuando nos limitamos solo a pensar, no es filosofía y sí intelectualismo.

“La sabiduría consiste en hacer el bien” (Sócrates).

“Lo importante no es ser filósofo, sino filosofar” (Confucio).

“¿Cómo puedo diferenciar lo que sé de lo que no sé? Es sencillo: sé lo que puedo hacer” (Delia Steinberg G.).

“Obras son amores y no buenas razones” (Proverbio popular).

La palabra “crisis” proviene del griego y se refiere a un cambio importante. Actualmente le hemos dado un sentido negativo que antes no tenía.

¿Por qué filosofía para la crisis?

Primero: la filosofía nos enseña a buscar en el fondo de las cosas y no quedarnos con las apariencias.

“Lo esencial es siempre invisible a los ojos” (El principito).

Segundo: dentro de la filosofía, la ética trata del comportamiento humano: de extraer lo mejor que tenemos y compartirlo.

“Lo importante no es lo que sabes, sino lo que vives” (Proverbio antiguo).

Y tercero: si analizamos la crisis económica actual, que tiene sumidos en la miseria y en la angustia a millones de personas, descubriremos que detrás hay unos cuantos sinvergüenzas que se han enriquecido ilícitamente, y lo han hecho porque CARECEN DE VALORES ÉTICOS. Si no queremos ser como ellos ni caer otra vez en lo mismo, ¡necesitamos ser éticos, necesitamos filosofía!

“Si quieres obtener resultados diferentes, deja de hacer las mismas cosas” (A. Einstein).

“Nada cambia si tú no cambias” (Jorge Á. Livraga).

¿Qué aporta la filosofía?

– La necesidad de tener un “ideal” por el que vivir, lo que actualmente llaman “un proyecto vital”. Los ideales nos permiten crecer por dentro (conocimientos y autocontrol) y por fuera (capacidad de hacer cosas), y cuanto más elevado sea el ideal, mejor.

“Si vas por un camino que construyes con tus manos día a día, llegarás adonde debes estar” (Escriba Real Ani. Egipto, 2500 a.C.).

– Reconocer que los cambios son necesarios. Sin cambios siempre permaneceríamos en el mismo lugar mental y emocional; debemos estar preparados para el cambio y aprovechar las oportunidades que trae.

En China, cambio se escribe con dos letras; una significa dolor, sufrimiento, pero la segunda significa oportunidad.

Estar preparado para el cambio es tener una mente abierta y poder vivir intensamente el presente, con todo lo que nos ofrece, sin dejarse llevar por el miedo: nos permite ver las cosas como son y no como tememos o nos gustaría que fueran. De esta manera, aumenta nuestra capacidad de reacción.

“Nada es, todo fluye, nada permanece” (Heráclito).

El yin y yang del tao

– Humildad, para no caer en exageraciones y fanatismos absurdos. Ser conscientes de que no tenemos todas las respuestas, pero tampoco partimos de cero. No somos ni sabios ni ignorantes totales, por lo que solo nos queda seguir aprendiendo. Nos enseña que no somos perfectos, pero sí perfeccionables.

“Saber lo que se sabe y saber lo que se ignora es el camino de la sabiduría” (Buda).

“El semisabio se conturba por la vida y por la muerte, según el estado de ánimo en que lo colocan las circunstancias” (Bhagavad Gita).

– Ver “en profundidad”, en vez de quedarnos en lo superficial. Tratar de aprender de los acontecimientos, en vez de limitarnos a sentirlos y quejarnos. Aprender a separar los estados de ánimo de lo que nos sucede, para extraer enseñanzas que nos sirvan ahora y en un futuro.

“Todo obstáculo está en mi opinión, pero no en mí mismo” (Marco Aurelio).

– Desarrollar los “valores” humanos. Son lo que Platón llamó VIRTUDES: la actitud que nos lleva a buscar el bien y a rechazar el mal. El espíritu de victoria necesario para enfrentarnos a todas las dificultades y peligros que la vida nos presente. Las virtudes son nuestros poderes latentes, hijos de nuestra voluntad, de nuestra capacidad de amar y compartir y de nuestra inteligencia; expresión de nuestra nobleza de alma.

“Lo importante no es lo que haces, sino cómo lo haces” (Delia Steinberg).

– La filosofía nos ayuda a ser dueños de nuestro destino e IMPIDE QUE LA CRISIS ENTRE EN NOSOTROS.

¿Cómo emplear las virtudes ante la crisis?

Platón señala que las virtudes son cuatro: templanza, fortaleza, prudencia y justicia, en este orden, y siendo la justicia la corona de las otras tres.

– Templanza: moderación, control de nuestras emociones para que no nos esclavicen y condicionen nuestro comportamiento.

“Nada en exceso” (Templo de Apolo en Delfos).

– Fortaleza: capacidad para superar las dificultades. En tiempos de crisis es la virtud con la que más hay que trabajar. La fortaleza es lo más opuesto al miedo y a la cobardía o actitud miedosa.

MIEDO FORTALEZA
Es anticipar un peligro. Es prepararse ante cualquier peligro y afrontarlo.
Es inacción y querer permanecer en la comodidad, ya sea física, psicológica, mental o espiritual. Es acción. Es una huida de la comodidad que nos lleva a ver los cambios como oportunidades.
Es egoísta y ultraconservador.Se mueve en lo que yo QUIERO o DESEO. Es altruista y generosa porque se siente el dolor de los otros (compasión).Actúa en el yo DEBO como persona.
Nos vuelve hacia nosotros mismos y nos paraliza, bloqueando la mente. Nos hace salir del miedo, con la mente despierta y enfocada a nuestro deber como seres humanos.
La inseguridad se expresa en nuestra psique como MIEDO, y en nuestro mundo mental como DUDAS. Seguridad en nosotros mismos: formación del carácter y confianza en nuestro ideal o proyecto vital.

Algunos de los componentes  de la fortaleza son:

o       El valor: la energía necesaria para empezar algo y para resistir; lo segundo es mucho más difícil.

o       La paciencia, base de la resistencia. Nos impide caer en la falta de esperanza y en la tristeza.

o       Fidelidad a nuestro ideal de vida.

o       La perseverancia o mantener el esfuerzo dentro de la fortaleza. Nos ayuda a ser duros con nosotros mismos y resistir; impide ser caprichosos y débiles ante cualquier contratiempo.

o       Sentido del deber ético: hacer lo que nuestra reflexión y experiencia nos dicen que es lo mejor para nosotros y para los demás.

o       ¡Y sentido del humor! Para no tomarnos las cosas demasiado en serio. Va unido a la humildad.

La fortaleza es un sano espíritu de victoria.

“Un sendero de mil leguas empieza bajo tus pies, pero la dificultad está en el primer paso” (Tao Te King).

“¡No te dejes morir lentamente! ¡No te impidas ser feliz!” (Pablo Neruda).

– Prudencia (que no es exceso de reflexión ni tiene que ver con el miedo ni la prevención) o capacidad para medir el alcance de nuestras acciones. Es pensar antes de actuar; y pensar lo más rectamente posible.

“La recta acción ha de ser precedida por el recto pensamiento” (Bhagavad Gita).

¿Nos ayuda la filosofía en nuestro proyecto vital?

Si acercamos las virtudes de Platón a nuestro mundo más cercano, veremos que sí nos son de muchísima utilidad:

–        La justicia, para elegir en cada momento lo mejor, sin dañar a nadie ni a nada innecesariamente. Elegir como nuestra meta en la vida, ideal o proyecto vital cosas justas.

–        La moderación, para ser lo más objetivos posible y no dejarnos llevar ni atar por las pasiones.

–        La prudencia, para concretar nuestro proyecto y saber rectificar cuando sea necesario.

–        La fortaleza, para iniciarlo y mantenerlo, haciendo los cambios de rumbo que exijan las circunstancias, pero sin perder de vista el puerto al que queremos llegar.

Artículo escrito por Javier Saura

Harry Potter filosofal

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¿Se encuentran enseñanzas en los libros de Harry Potter?

Harry Potter y la piedra filosofal

“¡Ah, la música! ¡Una magia más allá de todo lo que hacemos aquí!”

Albus Dumbledore. Capítulo 7.

 

“No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir.”

Albus Dumbledore. Capítulo 12.

 

¡Libros! ¡Inteligencia! Hay cosas mucho más importantes, amistad y valentía y…

Hermione Granger. Capítulo 16

 

“Después de todo, para una mente bien organizada, la muerte no es más que la siguiente gran aventura.”

 Albus Dumbledore. Capítulo 17.

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“El miedo a un nombre aumenta el miedo a la cosa que se nombra.”

Albus Dumbledore. Capítulo 17.

 

“La verdad es una cosa terrible y hermosa, y por lo tanto debe ser tratada con gran cuidado.”

Albus Dumbledore. Capítulo 17.

 

“Hay muchos tipos de valentía. Hay que tener un gran coraje para oponerse a nuestros enemigos, pero hace falta el mismo valor para hacerlo con los amigos.”

Albus Dumbledore. Capítulo 17.

 

Harry Potter y la cámara secreta

3“Son nuestras elecciones, Harry, las que muestran lo que somos, mucho más que nuestras habilidades.”

Albus Dumbledore. Capítulo 18.

 

Harry Potter y el prisionero de Azkaban

“Se puede vivir sin alma, mientras sigan funcionando el cerebro y el corazón. Pero no se puede tener conciencia de uno mismo, ni memoria, ni nada. No hay ninguna posibilidad de recuperarse. Uno se limita a existir. Como una concha vacía.”

Remus Lupin. Capítulo 12.

 

“Resulta extraño pensar que, cuando uno teme algo que va a ocurrir y quisiera que el tiempo empezara a pasar más despacio, el tiempo suele pasar más aprisa.”

Narrador. Capítulo 19

 

Sabía que lo podía hacer, porque ya lo había hecho… ¿No es absurdo?”

Harry Potter. Capítulo 21.

 

“Las consecuencias de nuestras acciones son siempre tan complicadas, tan diversas, que predecir el futuro es realmente muy difícil.”

Albus Dumbledore. Capítulo 22.

 

“¿Piensas que los muertos a los que hemos querido nos abandonan del todo? ¿No crees que los recordamos especialmente en los mayores apuros?”

Albus Dumbledore. Capítulo 22.

 

“La felicidad puede hallarse hasta en los más oscuros momentos, si somos capaces de usar bien la luz.”

Albus Dumbledore. Frase de la película

 

“La felicidad puede hallarse hasta en los más oscuros momentos, si somos capaces de usar bien la luz.”

Albus Dumbledore. Frase de la película

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Harry Potter y el Cáliz de Fuego

“Si quieres saber cómo es alguien, mira de qué manera trata a sus inferiores, no a sus iguales.”

Sirius Black. Capítulo 27.

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“Los que nos aman jamás nos dejan y siempre estarán en nuestro corazón”.

Sirius Black

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     “La curiosidad no es pecado. Pero tenemos que ser cautos con ella, claro…”

Albus Dumbledore. Capítulo 27.

 

     “Adormecer el dolor por un rato te haría sentirlo luego con mayor intensidad.”

Albus Dumbledore. Capítulo 36.

 

“No te das cuenta de que no importa lo que uno es por nacimiento, sino lo que uno es por sí mismo!”

Albus Dumbledore. Capítulo 36.

 

images-1“No sirve de nada preocuparse. Lo que venga, vendrá, y le plantaremos cara.”

Rubeus Hagrid. Capítulo 37.

 

“Pero yo opino que la verdad es siempre preferible a las mentiras.”

Albus Dumbledore. Capítulo 37.

 

“Seremos más fuertes cuanto más unidos estemos, y más débiles cuanto más divididos.”

Albus Dumbledore. Capítulo 37.

 

“Las diferencias de costumbres y lengua no son nada en absoluto si nuestros propósitos son los mismos y nos mostramos abiertos.”

Albus Dumbledore. Capítulo 37.

 

“Muy pronto tendrán que elegir entre lo que es correcto y lo que es fácil.”

Albus Dumbledore. Capítulo 37.

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“Todos tenemos luz y oscuridad en nuestro corazón, lo importante es qué parte decidimos potenciar.”

Sirius Black.

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Harry Potter y el Misterio del Príncipe

“Me daba cuenta de que no podía aislarme del mundo, ni… derrumbarme. […] Además, La vida es demasiado corta […]”

Harry Potter. Capítulo 4.

 

“Es más fácil perdonar a los demás por haberse equivocado que por tener razón.”

Albus Dumbledore. Capítulo 5.

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“Debemos procurar no hundirnos bajo el peso de nuestras tribulaciones, Harry, y seguir luchando.”

Albus Dumbledore. Capítulo 17.

 

“La grandeza inspira envidia, la envidia engendra rencor y el rencor genera mentiras.”

Lord Voldemort. Capítulo 20.

 

“La diferencia entre dejarse arrastrar al ruedo para librar una lucha a muerte o salir al ruedo con la cabeza alta. Algunos dirán, quizá, que los dos caminos no eran tan distintos, pero Dumbledore sabía (Y yo también –pensó Harry con un arrebato de fiero orgullo- y mis padres también) que la diferencia era enorme.”

Narrador. Capítulo 23.

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“Lo único que nos da miedo cuando nos asomamos a la muerte y a la oscuridad es lo desconocido.”

Albus Dumbledore. Capítulo 26.

 

“Los adultos somos insensatos y descuidados cuando subestimamos a los jóvenes.”

Albus Dumbledore. Capítulo 26.

 

“El anciano profesor había dicho que era crucial pelear y volver a pelear, y seguir peleando porque sólo de ese modo podría mantenerse a raya el mal, aunque nunca se llegara a erradicarlo.”

Pensamientos de Harry Potter. Capítulo 30.

 

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte

“El último enemigo que será derrotado es la muerte”

Epitafio en tumba. Capítulo 16. (es una cita bíblica (1 Corintios 15, 26))

 

“Una inteligencia sin límites es el mayor tesoro de los hombres.”

Inscripción en Pedestal. Capítulo 29.

 

Es curioso, Harry, pero quizá los más capacitados para ejercer el poder son los que nunca han aspirado a él; los que, como tú, se ven obligados a ostentar un liderazgo y asumen esa responsabilidad, y comprueban, con sorpresa, que saben hacerlo.

Albus Dumbledore. CapÍtulo 35.

 

No sientas pena de los muertos, sino de los vivos, y sobre todo de aquellos que viven sin amor. ” Albus Dumbledore. Capítulo 35

 

Las palabras son, en mi no tan humilde opinión, nuestra más inagotable fuente de magia, capaces de infringir daño y de remediarlo.

Albus Dumbledore

 

“A veces tienes que pensar en algo más que en tu propia seguridad, a veces tienes que pensar en el bien mayor.”

Harry Potter

 

Es la calidad de las convicciones y no el número de seguidores lo que determina el éxito.

Remus J. Lupin

Unknown

 

…¿Qué opináis?