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El sentido profundo de la Navidad

No te pierdas esta charla sobre la Navidad. Se colgará el enlace en nuestra página de Facebook en los siguientes días.

Mucho se ha escrito sobre la Navidad, pero en estas fechas cercanas a ella no está de más hacerlo de nuevo.

La celebración de la Navidad y Año Nuevo son fiestas que con estos nombres u otros siempre han existido en todas las civilizaciones. En todas las civilizaciones se han realizado, pero adaptadas a cada época y lugar geográfico. Pero en todas ellas se ha absorbido un significado, costumbres o tradición ya existente.

Al igual que todo lo existente, la Navidad es algo cíclico, pero no por ello monótono ni rutinario sino renovador, ya que también en nosotros existe lo cíclico y vez tras vez debemos recordar el significado y el porqué de las cosas que hacemos, para no caer en la rutina y el olvido, puesto que si ocurre esto perdemos el rumbo, la dirección, el centro, y hay peligro de que se produzca el desaliento, el sin sentido de todo, o sea el caos…

En la naturaleza todo se aprovecha, y el hombre no es ajeno a ello, (aunque muchas veces no lo veamos así). De la misma manera que ella aprovecha lo muerto y caduco para regenerarse, el hombre también aprovecha lo anterior para construir lo nuevo; así que no nos ha de extrañar que la Navidad se haya construido en base a fiestas y nacimientos de dioses de anteriores civilizaciones que tienen que ver con el renacimiento, la renovación, la luz etc… (Mitra, Agni, fiestas Saturnales, fiestas de Lug, Frey…).

Al igual que la construcción de templos cristianos se ha hecho sobre otros templos anteriores, aprovechando un simbolismo, una magia y unas costumbres de adoración y devoción en dichos lugares; al igual que las lenguas que utilizamos se basan en otras anteriores, y al igual que las formas de todo lo existente se basa en formas existentes previamente, así ocurre con la Navidad.

Si estudiamos todos esos símbolos y mitos nos daremos cuenta del parecido que existe entre ellos, como si viniesen o tuvieran un origen común… No se sabe el “por qué” de la creación del universo, ni se sabe ni se llega a entender de una manera racional. Y es por eso por lo que se utilizan símbolos, mitos, cuentos, tradiciones, etc., que en cierto modo nos hacen captar “algo” abstracto de una manera particular e individual.

Las distintas interpretaciones de estos son como las piezas de un enorme puzzle, y juntos lo pudiéramos montar. Por eso no deberíamos cerrarnos a una sola interpretación excluyendo las demás.

El “Génesis”, nos habla de unas aguas primordiales que están quietas, sumidas en la oscuridad, estériles, inertes; en otras tradiciones nos hablan de un caos original. Pero en algún momento, el espíritu que flota sobre las aguas las toca, y a partir de ahí todo comienza a generarse.

Se ha interrumpido el letargo, el sueño, la oscuridad, la esterilidad, el caos, y ha dado comienzo el cosmos, el nacimiento, la fertilidad, la organización, la existencia. Pero nos encontramos con una oposición, una inercia, un no querer moverse, una tendencia a la pasividad, al caos original que se va a enfrentar a esa creación, a ese orden. Una especie de fuerzas sutiles que continuamente van a aprovechar cualquier momento o debilidad que vean, para volver a implantar ese caos original.

Por lo que se va a necesitar una especie de voluntad-ley que venza a esa fuerza caótica, pasiva, que se niega a perder su poder (egoísmo, falta de amor…), y a ser transformada y utilizada (porque en la naturaleza nada se destruye) para la construcción del cosmos, creación…

En el símbolo y tradición de la Navidad, la ley viene dada a través de la profecía de la llegada de un niño rey que traerá un nuevo mensaje (de ahí que en los evangelios, Jesús siempre este repitiendo: “oísteis que se os dijo…, pues yo os digo…”), este nuevo mensaje o ley sería el cosmos, la nueva luz que tiene que sustituir o transformar al cosmos anterior, porque ha finalizado su tiempo y ahora ya no sirve; pero este no se retirará sino que perseguirá al niño en incluso amenazará a la madre como podemos ver en Apocalipsis 12.

En todas las culturas se habla de un lugar en el que se dio origen a la civilización (o a su civilización) y en el que tenían un contacto directo con la deidad. Esos lugares muchas veces etimológicamente significan ombligo, otras no, pero prácticamente de ese lugar nos hablan todas las civilizaciones (Edén en la tradición cristiana, Cuzco en Perú, Rapa-Nui…).

El árbol también simboliza ese centro del que surge la creación: al principio es una semilla enterrada en la tierra inerte, pero húmeda y fértil. Después romperá esa “cáscara” y crecerá, alimentándose de esa madre tierra a través de sus raíces, y transportará ese alimento a través del cordón umbilical del tronco; se extenderá por las múltiples ramificaciones hasta crear los frutos del cosmos: planetas, estrellas y espirales galácticas.

¿Qué es si no el árbol de Navidad? ¿Con qué lo adornamos? Con planetas, estrellas y espirales galácticas. Después lo iluminamos, porque en esos días de máxima oscuridad, el Sol necesita de toda nuestra ayuda, que es la aportación de nuestra luz para darle fuerza, para que vuelva a nacer.

También es símbolo de renovación porque año tras año parece morir cuando pierde sus hojas, pero año tras año vuelve a renacer y de nuevo empieza a crecer. Si todo lo que ocurre está relacionado, no podría ser en otras fechas sino en estas, de máxima oscuridad, que nazca la luz del mundo, el Cristo.

A partir de esta fecha el Sol irá ganando terreno a la oscuridad, la semilla en la oscuridad de la tierra romperá su cáscara, y será en éste antiguo mes décimo (actualmente el duodécimo), cuando el sol entra en Capricornio, cuyo regente es Saturno, el caos… Capricornio se relaciona con el décimo trabajo de Hércules, héroe que tiene que realizar doce trabajos, al igual que el Sol que en su ciclo anual “atraviesa” los doce signos zodiacales.

Este décimo trabajo consistió en descender a los infiernos, a la oscuridad y liberar a Prometeo, quien robó el fuego de los dioses para entregarlo a la humanidad.

Doce fueron los trabajos de Hércules, doce son las estrellas que coronan a la Madre virgen del Apocalipsis, doce son los apóstoles que rodean al Cristo, doce meses tiene un ciclo solar y el último día del mes doceavo nosotros hacemos nuestro balance anual, nuestras promesas, y a las doce de la noche nos comemos doce uvas, tal vez como símbolo del esfuerzo que deberemos realizar durante el año (agnus, anillo, circulo, ciclo) entrante, para poder cumplir esas promesas que hemos realizado en los últimos momentos del ciclo anual.

Sobre estas fechas, más o menos del 17 al 25 de diciembre, en la antigua Roma se celebraba las “Saturnalia” , que eran fiestas en honor a Saturno. En ellas, en cada comunidad y en torno a un pino, se elegía un rey entre los siervos o esclavos que se liberaban.

Ese nuevo rey representaba al caos, a la oscuridad que en estos días reinaba. Después el rey volvía a renacer y el rey del caos era apartado. En la actualidad ese caos es representado en algunas poblaciones como en Santurce (Vizcaya) como un muñeco que al final se quema.

También el 28 de diciembre (Santos Inocentes) tenemos que soportar bromas que en otras fechas no son permitidas, y colgamos -o se nos cuelga- un muñeco que al final del día rompemos. El 24 de diciembre a las doce de la noche, celebramos la Misa del Gallo, el gallo como símbolo del nuevo amanecer, del nuevo día que simboliza Jesús el “Cristo”, esa luz que a partir de este momento va a ir ganando terreno a la oscuridad, como si de un verdadero día se tratara.

En el año nuevo, en Roma se celebraban las fiestas en honor de Jano (de ahí el nombre del mes de enero), deidad con doble rostro: de hombre adulto, el año que se va; y el rostro de hombre joven, el año que entra. Durante estas fiestas se intercambiaban regalos, se felicitaban y se entregaban ramitas de laurel para augurar fortuna y felicidad (el laurel es un árbol de hoja perenne consagrado a la deidad solar de Apolo), al igual que nosotros seguimos haciendo hoy en día: felicitándonos, dando estrenas y deseándonos un buen año.

Todo esto nos sirve para saber de dónde vienen estas fiestas de la Navidad, por qué hacemos lo que hacemos durante estos días. Si esto lo trasladamos a toda nuestra vida, si sabemos por qué realizamos las cosas, entonces empezaremos a vivir conscientemente; entonces es cuando todo deja de ser monotonía y rutina para transformarse en una cierta felicidad serena y consciente.

Ese despertar de la conciencia tal vez sea la luz que tiene que nacer en nosotros, nuestro verdadero rey. Si tenemos en nuestra mente la imagen del Belén (introducido por Francisco de Asís), nos daremos cuenta que las imágenes que representan el nacimiento son un círculo cubierto por una cáscara de materia y oscuridad que es la cueva en donde se encuentra.

En el centro de dicho círculo se encuentra el verdadero rey, o sea, el Niño (en nosotros nuestra conciencia superior), que es el origen del círculo y el que le da sentido. Es pequeño, se le tiene que cuidar, alimentar, hacerlo crecer…, pero es el verdadero rey, alrededor de él están todos los estados de la naturaleza…

Otro círculo se establece en este nacimiento aunque un poco más externo, es el formado por los tres Reyes Magos y por los pastores que colocaremos en número de cuatro. A nivel individual los tres reyes serían nuestra parte superior, por decirlo de otra manera, nuestra parte divina, y los pastores nuestro aspecto inferior; o sea, nuestra parte más apegada a la materia.

Si este año construimos el belén, cuando coloquemos al Niño pensemos que tenemos que hacerlo nacer en nosotros, que es nuestro centro, nuestra conciencia más alta, que es la que nos hará transformarnos en ese otro ser alado que también colocamos en el nacimiento, en el mismo eje en que está el niño pero arriba, en lo alto, fuera de la cueva, y ese eje nos lleva a unirnos con el eje del árbol , con el cosmos, con las estrellas…

Pero hemos de cuidar ese niño, hacerlo crecer, que dé frutos (virtudes) que nos ayudarán a vencer próximos embates de las fuerzas caóticas (pasiones, perezas, egoísmos…). Necesitaremos de todas nuestras fuerzas para defender y hacer nacer a ese “verdadero rey”.

Por: Fran Pérez.

La adversidad

No debe de ser tan mala la adversidad cuando no cesamos de encontrar frases respecto a ella, donde se la presenta como una oportunidad, que vista desde la serenidad que se precisa en los malos momentos, nos ayuda a crecer y mejorar.

La adversidad tiene el don de despertar talentos que en la comodidad hubieran permanecido dormidos, nos dice el poeta Horacio. La adversidad nos pone a prueba, porque claro, que remedio cuando estamos en medio de una situación difícil que solucionarla. En ese acto de solucionar nuestros problemas hacemos uso de recursos que de otro modo no harían falta: el ingenio, el coraje, las famosas fuerzas de flaqueza, la perseverancia, etc.

En ese superar la adversidad, es muy necesaria la serenidad para comprender todos los aspectos del problema, del entorno y nosotros mismos antes de atacarlo.

Únete a nuestra charla gratuita “Fortaleza y serenidad ante la adversidad” este viernes 16 de octubre al as 19:00h por Zoom.

ID de reunión: 827 2249 3624, código de acceso: 077016

Epícteto y la otra intención II

Continuación.

 

Fuente: https://medium.com

Epícteto y la otra intención

Cuadro

Bodegón con cacharros de Francisco de Zurbarán, 1650

“En el caso de las cosas que lo deleitan, lo benefician o a las que se ha apegado, recuérdese cuáles son. Si es una pieza de porcelana que le gusta, por ejemplo, diga “me gusta una pieza de porcelana”. Cuando se rompa, no estarás tan desconcertado “.

 

 

 

Todos los días nos encontramos con frustraciones.

Las cosas a menudo no siguen nuestro camino. Nos molesta o entristece que el mundo no se doblegue a nuestra voluntad. Intentamos ejercer más control y nuestra expectativa de que las cosas salgan bien nunca disminuye. Y, sin embargo, nos encontramos una y otra vez con las mismas frustraciones.

¿Cómo rompemos este ciclo?

El filósofo estoico del primer siglo, Epicteto, parte de una simple pregunta: ¿qué está fuera de nuestro control?

Siempre es una sorpresa entender cuánto está fuera de nuestro control final. El filósofo se despoja de todo lo que no es “nosotros” hasta que se queda con “la voluntad”, el razonamiento bajo la piel.

Cuando comprendemos cuán poco está bajo nuestro control, podemos consolarnos en el hecho de que es la forma en que tomamos el mundo lo que está bajo nuestro control total. Es el yo que absorbe el mundo: todas las impresiones de lo que está sucediendo a nuestro alrededor y dentro de nosotros. Por lo tanto, es el yo el que controla cómo nos sentimos al respecto.

Si bien nunca tenemos el control total de lo que nos sucede, tenemos el control de cómo respondemos. “No son los eventos los que molestan a las personas”, enseñó Epicteto, “son sus juicios sobre ellos”. Sabemos esto en el fondo, pero a menudo nos sentimos frustrados, tristes o enojados por cosas sobre las que no tenemos control.

La solución de Epicteto a este problema es tan influyente que el antiguo filósofo es una influencia acreditada en el desarrollo de la terapia cognitivo-conductual moderna por su fundador Albert Ellis.

No hay escritos sobrevivientes del filósofo del primer siglo. Cada rastro que tenemos de su enseñanza fue escrito por estudiantes, en particular Arrian de Nicomedia (c. 85 a c. 145). Habiendo sido instruido por Epicteto en 108, Arrian ingresó a la corte del emperador Adriano y se convirtió en un notable historiador de las conquistas de Alejandro Magno.

Es a través de Arrian que tenemos el Enchiridion, que significa “manual” o “manual” (de por vida), un breve compendio de las enseñanzas de Epicteto.

Epicteto pasó gran parte de su vida como esclavo. La mayoría de los esclavos en la antigua Roma fueron deshumanizados y despojados de su identidad y dignidad. El nombre Epicteto en sí significa “propiedad”. Quizás su filosofía se desarrolló con la necesidad práctica de mantenerse cuerdo en una situación tan abyecta. Era cojo, posiblemente como resultado de una paliza, y literalmente no tenía ninguna esperanza de ejercer un control significativo sobre su propio destino.

Su comprensión del “yo” es más restringida pero concentrada que el sentido de sí mismo que una persona de libre promedio podría tener. Muchos de nosotros consideraríamos nuestro estado y reputación como parte de nuestro “yo”. También podemos sentir lo mismo acerca de nuestras posesiones, nuestra ropa, vehículos y casas, como parte de nosotros. Después de todo, son nuestros por ley. Pero a menudo nos sentimos sin poder, que carecemos de control, lo que es “nosotros” está a merced de fuerzas fuera de nuestro control.

Epicteto, por otro lado, estaba a merced total de su maestro y nunca poseyó realmente nada, pero su sentido de sí mismo y el control que poseía están extraordinariamente concentrados.

Les dijo a sus amos:     “Puedes encadenar mi pierna, pero ni siquiera Zeus puede vencer mi voluntad”. “Te arrojaré a prisión”. “Te refieres a mi pobre cuerpo”. “Te haré decapitar”. “¿Por qué? ¿Alguna vez te dije que soy el único hombre que tiene un cuello que no se puede cortar? “

“Te refieres a mi pobre cuerpo” – aquí Epicteto separa su voluntad de su propio cuerpo. Como esclavo, su cuerpo no era suyo, esta es una lección amarga pero también valiosa. Nuestros cuerpos tampoco son finalmente nuestros. Si lo fueran, simplemente eliminaríamos el cáncer o cualquier otra enfermedad.

Las cosas que están fuera de nuestro control afectarán nuestra libertad de movimiento o nuestra libertad de riqueza, pero no pueden afectar nuestra libertad de voluntad. Como esclavo, Epicteto tenía más sentido de sí mismo que cualquier otra persona. Ningún daño puede llegar a la voluntad cuando sabemos que solo la voluntad es nuestra. Todo lo que tenemos que hacer es no confiar nuestra tranquilidad a nadie ni a nada más que a nosotros mismos.

Todo esto se puede decir fácilmente, pero ¿cómo se hace?

Continuará

Juventud y filosofía

La capacidad de reflexionar sobre los acontecimientos y sobre la vida es algo relacionado con el proceso de formación de nuestra identidad. La filosofía se asocia con algunas cualidades propias de la juventud y potencia sus efectos positivos a la hora de encontrar el equilibrio personal y su reflejo en la participación constructiva de una sociedad mejor.

El esfuerzo por alejar a los jóvenes de las humanidades, particularmente de la filosofía, es cada vez más patente, no solo en España sino en gran parte del mundo, y con ello se pierde capacidad de reflexión sobre los acontecimientos, la vida y sobre nosotros mismos. Aprender a pensar y discernir es esencial en el proceso de formación de nuestra identidad y libre realización personal. ¿A quién beneficia este deterioro en la educación, especialmente entre los jóvenes?

Creo que hoy más que nunca es imprescindible reivindicar el necesario vínculo entre filosofía y juventud.

La juventud es una esperanza de futuro en todo momento, pues guarda infinitas potencialidades cuando está abierta a la creatividad, a la transformación y al descubrimiento de las maravillas y posibilidades que la vida nos ofrece. Y la filosofía, como verdadero motor de transformación y evolución del pensamiento, tiene mucho que ver con la juventud, porque participa de esa misma capacidad de apertura, indagación y sorpresa ante el mundo. Decía Platón, en boca de Sócrates, que la filosofía es esa capacidad de sorprendernos y enamorarnos de la belleza, de aspirar a la justicia, de buscar la verdad.

 

Hay una serie de cualidades que se manifiestan especialmente en la juventud y que quisiera resaltar y vincular con la filosofía.

Una es la rebeldía, esencial frente a lo que creemos que atenta contra nuestra dignidad, contra nuestra libertad. Frente a la rebeldía se nos pide madurez, pero se espera que con ella ahoguemos los sueños y «sentemos la cabeza» (vaya sitio para poner la cabeza, en el destinado para el trasero), se espera que reconozcamos la realidad y dejemos de ser idealistas. La filosofía nos ayuda a poner los pies en la tierra pero elevar la cabeza, la mirada, al cielo, sin renunciar a esa búsqueda de lo mejor, sin perder el motor transformador de la rebeldía. Une idealismo con discernimiento sin hacerlos antagónicos.

El entusiasmo es otra de las cualidades de la juventud que, gracias a la filosofía, que propicia el pensamiento reflexivo y crítico, puede evitar que caigamos en el fanatismo. La filosofía nos conduce al descubrimiento de valores universales que alimentan los sentimientos de fraternidad, respeto y, a la vez, compromiso social.
La plasticidad es otra característica de la juventud. Se trata de la capacidad de poder adaptarse a las situaciones y entornos, porque uno no es rígido, no está encasillado en una forma. En este caso, la filosofía nos permite reconocer lo esencial para no caer en el riesgo de la superficialidad (que a veces se disfraza de adaptación y tolerancia). Es más, nos lleva a romper moldes, pero para liberar lo que realmente reconocemos como importante.

El idealismo, o esa capacidad de elevarse, de concebir perfecciones para la humanidad, de soñar con el bien, con la justicia, con la belleza, con un mundo mejor, etc. La filosofía va ayudarnos a saber establecer el puente entre el mundo que nos rodea y el mundo que soñamos. Evitará que las crueles lecciones de «realidad» nos conviertan en personas escépticas, acomodadas, resignadas. Tratará de aportarnos herramientas para convertirnos en verdaderos constructores de nosotros mismos y del mundo que concebimos.

Y, finalmente, ser joven es soñar con el futuro. A mí me inspira particularmente mucho la imagen del dios Jano Bifronte, símbolo griego de la juventud. Uno de sus rostros, el joven, mira al futuro pero, como contraparte, hay otro rostro, el anciano, que mira hacia atrás. Uno representa la experiencia, o sea, el pasado, y el otro representa la capacidad de proyección, o sea, el futuro. Si a la capacidad de soñar sumamos la capacidad de heredar esa experiencia humana que nos permita no volver a caer en los errores, que nos dé patrones para poder reconocer los mejores caminos, las mejores soluciones, estaremos dando un paso excepcional.

¡Cuánta gente idealista dejó de soñar porque era imposible cambiar el mundo! El día que dejemos de soñar con un mundo mejor, habremos matado algo muy importante, habremos matado nuestra alma, nuestra juventud interior. También habremos matado la posibilidad de que el futuro pueda encontrar un puente del que recoger todo lo bueno que ya la humanidad ha conquistado. No dejemos de soñar nunca, seamos idealistas que se atreven a soñar y a perseguir esos sueños.

La filosofía nos enseña que el presente es la oportunidad para unir el pasado con el futuro, a través del entusiasmo, a través de la plasticidad, a través de esa rebeldía y a través de ese espíritu soñador.

¿Tardará mucho? ¿Cuándo se conseguirá cambiar las cosas?

Como decía el Quijote: «Yo voy por un mundo de hierro para convertirlo en un mundo de oro. No me preocupa si gano o pierdo, lo importante es que yo siga en mi empeño». Algo cambia dentro de uno mismo cuando se tiene esta actitud, algo crece y despierta.

Artículo escrito por Miguel Ángel Padilla

Filosofía para ser feliz

En La Finestra hemos comenzado la nueva temporada con un tema rondándonos, la felicidad y por esa razón hemos llevado a cabo una serie de clases sobre hablando ella desde distintos puntos de vista filosóficos.

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Con Aristóteles buscamos dónde ubicar la felicidad y conocimos los tres grados del saber.

 

Conocersce a uno mismo nos da acceso a la felicidad y sobre ello se dialogó el miércoles 17. El jueves nos acercamos a la India con una clase titulada La felicidad de la conquista interior.

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Finalizamos la semana filosóficia “Filosofía para ser feliz con dos clases, o sea que aún estás a tiempo. Además abajo encontraremos diez consejos que  nos dejó Aristóteles para ser más felices.

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Viernes 19 de octubre a las 19:00hrs, La Felicidad como supremo bien

Todos tenemos un tiempo de vida limitado, ¿sabemos cómo utilizarlo para SER FELICES?
De la calidad de tu tiempo depende gran parte de tu felicidad, ¿no crees?

Sábado 20 de octubre a las 19:00hrs, La Felicidad, un tesoro por descubrir

¿Andas buscando “eso” que te haga FELIZ y no lo encuentras en ninguna parte?
Quizás estás buscando en la dirección equivocada, tal vez está más cerca de lo que piensas…

MANUAL ARISTOTÉLICO PARA SER FELIZ

  1. El fin supremo del hombre es la felicidad. De aquí podemos deducir que todas nuestras acciones deberían ser consecuentes con su búsqueda.
  2. La felicidad es una actividad del alma conforme a la virtud. Por tanto, seamos activos, demos al alma lo que el alma necesita, seamos virtuosos. 
  3. La felicidad no es un efecto del azar; es a la vez un don y el resultado de nuestros esfuerzos. No dejemos al azar el ser felices y luchemos por alcanzar la felicidad, porque depende de nosotros.
  4. La felicidad no merece nuestras alabanzas sino nuestro respeto. Apreciémosla. Respetemos el camino de superación de cada ser humano en la búsqueda de la felicidad.
  5. El hombre virtuoso no se supedita de ningún modo a los vaivenes de la fortuna. Aferrémonos a la virtud, no nos dejemos arrastrar por el dolor o el placer, por las “vueltas que da la vida”, por las emociones…
  6. Para ser felices deberíamos enamorarnos de la sabiduría. Consagrémonos a la búsqueda del conocimiento por el conocimiento y no con un fin exterior a sí mismo. Convirtámonos en filósofos a la manera clásica, lo que implica un vivir la filosofía, esa que es  practicada, activa, que brinda felicidad…
  7. Para ser felices se requiere de la compañía de buenos amigos. Cultivemos las buenas amistades, personas verdaderamente idealistas con las que compartir el sueño y la lucha por un mundo mejor.
  8. No debemos llamar feliz a una ciudad que mira exclusivamente para una parte de la misma, sino a todos sus ciudadanos. Alejémonos del egoísmo. Todos somos necesarios. Desarrollemos una labor social altruista. En lograr un mundo más humano está la verdadera felicidad.
  9. La virtud está en el centro. Obremos conforme a la Recta Razón, alejémonos de todo exceso y todo defecto.
  10. La moral es cuestión de práctica. Practiquemos la generosidad para ser generosos, la justicia para ser justos… así crearemos el hábito.

 

 

 

La dignidad humana

A continuación dejamos un pequeño resumen sobre el tema La dignidad humana, que al igual que otras actividades del mes de mayo, están dedicadas a los valores.

Aquello en las personas que no se puede medir, quizás sea porque pertenezca a lo más profundo del ser humano, como la dignidad.

Sin embargo, si no entendemos en su completura este tipo de elementos, no los podemos identificar en nosotros mismos. Por eso, la filosofía se ha preocupado por estos temas tratando de encontrar una idea acabada que sirviera a todo el ser humano.

Sobre la dignidad hay diferentes posturas: negar que existe; relacionarlo solo con lo que nos es afín o con los derechos humanos, como por ejemplo una vivienda digna, un trabajo digno, etc, que evidentemente son necesarios.

Kant, Schiller, Platón y otros dicen que la dignidad no depende de lo externo, ni tanto de lo necesario para vivir, sino que es propia del ser humano. Algo que el ser humano conquista y nadie se la puede quitar, pero del mismo modo nadie se la puede dar, sino que es como un regalo que se hace a sí mismo y se refleja en el exterior.

La palabra dignidad procede del latín dignus, lo valioso, lo válido…o sea lo más valioso del ser humano. Antiguos filósofos y culturas hablan de que el ser humano está formado por una parte más material y otra más sutil y atemporal. Por tanto la dignidad, sería lo que nos acerca a lo atemporal viviendo de acuerdo a los dictámenes de esa parte más espiritual.

Lo más digno es aquello más valioso en el ser humano. Algunos dicen que es la razón. De hecho, la palabra humano contiene en ella el sustantivo man (hombre en inglés) cuya raíz significa el que piensa. El poder pensar, reflexionar sobre conceptos transcendentes, proyectarnos hacia el futuro, etc, esa capacidad es propia del ser humano.

Conocernos a nosotros mismos nos acerca a la dignidad. Hay que plantearse que podemos ser mejores de lo que somos actualmente. Quizás haya que plantearse que estamos en construcción y eso nos ayuda a buscar la dignidad porque va a hacer que encontremos en nosotros elementos que aun tenemos que explotar, por ejemplo, nuestros valores, las fortalezas, el amor, la inteligencia, la voluntad…que pertenecen a esa parte atemporal del ser humano.

La parte más material del ser humano también tiene valores:  el orden mental, la salud del cuerpo, el correcto uso de nuestra energía y que nuestros deseos no sean solo para nosotros, sino que también deseemos lo bueno para los demás.

Lo que también nos puede dar dignidad es que nuestra vida tenga un sentido aparte de lo que haga falta para subsistir. Pero perdemos dignidad con la ignorancia. La ignorancia es no tener visión de lo verdadero, de lo real. La opinión es coger parte de lo verdadero, de lo real y creer que se trata de la verdad completa.

También perdemos dignidad con el miedo; la falsa dignidad cuando se confunde con honores, medallas y cargos o aplausos externos; la vanidad; y la indiferencia que crea máscaras o barreras haciendo creer que no nos afectan las cosas, lo que lleva a la apatía.

Acompañan a la dignidad, la integridad, la unión, la coherencia y la honestidad que busca la veracidad en lo que hacemos y lo que nos rodea. La dignidad es ser responsable de nuestras propias decisiones.

Tres frases se encontraban escritas en el oráculo de Delfos: nada en demasía, conócete a ti mismo, sé digno.

Pseudo Dionisio y el trascender

 

Porque hace poco estuve hablando sobre Plotino con unas amigas decidí buscar información sobre cómo trascender o relacionados con este tema. Anteriormente en este blog, ya colgué un artículo con extractos de Plotino.

Ahora os dejo extractos de la Teologia Mística de Pseudo Dionisio Areopagita que recuerdan alguna de las enseñanzas del filósofo egipcio.

Pseudo Dionisio fue un teólogo bizantino del que existen pocos datos históricos que apareció entre los siglos V y VI dC. De fuerte inspiración neoplatónica, sus obras influyeron grandemente en la escolástica medieval.

Su legado nos ha llegado en forma de cuatro tratados. Los párrafos inferiores corresponden su tratado De mystica Theologia.

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“Esto pido, …/…, entregado por completo a la contemplación mística. Renuncia a los sentidos, a las operaciones intelectuales, a todo lo sensible y a lo inteligible. Despójate de todas las cosas que son y aún de las que no son. Deja de lado tu entender y esfuérzate por subir lo más que puedas hasta unirte con aquel que está más allá de todo ser y de todo saber. Porque por el libre, absoluto y puro apartamiento de ti mismo y de todas las cosas, arrojándolo todo y del todo, serás elevado espiritualmente hasta el divino Rayo de tinieblas de la divina Supraesencia.”

Teología Mística, I.1

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“Entonces, es cuando libre el espíritu, y despojado de todo cuanto ve y es visto, penetra (…) en las misteriosas Tinieblas del no-saber. Allí, renunciando a todo lo que pueda la mente concebir, abismado totalmente en lo que no percibe ni comprende, se abandona por completo en aquel que está más allá de todo ser. Allí, sin pertenecerse a sí mismo ni a nadie, renunciando a todo conocimiento, queda unido por lo más noble de su ser con Aquel que escapa a todo conocimiento. Por lo mismo que nada conoce, entiende sobre toda inteligencia.”

Teología Mística, I.3

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“¡Ojalá podamos también nosotros penetrar en esta más que luminosa oscuridad! ¡Renunciemos a toda visión y conocimiento para ver y conocer lo invisible e incognoscible: a Aquel que está más allá de toda visión y conocimiento!

Porque ésta es la visión y conocimiento verdaderos: y por el hecho mismo de abandonar todo cuanto existe se celebra lo sobreesencial en modo sobreesencial. Así como los escultores esculpen las estatuas, quitando todo aquello que a modo de envoltura impide ver claramente la forma encubierta. Basta este simple despojo para que se manifieste la oculta y genuina belleza.

Conviene, pues, a mi entender, alabar la negación de modo muy diferente a la afirmación. Afirmar es ir poniendo cosas a partir de los principios, bajando por los medios y llegar hasta los últimos extremos. Por la negación, en cambio, es ir quitándolas desde los últimos extremos y subir a los principios. Quitamos todo aquello que impide conocer desnudamente al Incognoscible, conocido solamente a través de las cosas que lo envuelven.

Miremos, por tanto, aquella tiniebla supraesencial que no dejan ver las luces de las cosas.”

Teología Mística, II

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El hecho es que cuanto más alto volamos menos palabras necesitamos, porque lo inteligible se presenta cada vez más simplificado. Por tanto, ahora, a medida que nos adentramos en aquella Tiniebla que hay más allá de la inteligencia, llegamos a quedarnos no sólo cortos en palabras, sino más aún, en perfecto silencio y sin pensar en nada.

Teología Mística, III

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“Decimos, pues, que la Causa universal está por encima de todo lo creado. No carece de esencia, ni de vida, ni de razón, ni de inteligencia. No tiene cuerpo, ni figura, ni cualidad, ni cantidad, ni peso. No está en ningún lugar. Ni la vista ni el tacto la perciben. Ni siente ni la alcanzan los sentidos. No sufre desorden ni perturbación procedente de pasiones terrenas. Que los acontecimientos sensibles no la esclavizan ni la reducen a la impotencia. No necesita luz. No experimenta mutación, ni corrupción, ni decaimiento. No se le añade ser, ni haber, ni cosa alguna que caiga bajo el dominio de los sentidos.”

Teología Mística, IV

 

Fuente: sophiaveda

El teatro iniciático o mistérico II

….Porque ese momento no consistía en enterarse de un argumento nuevo, sino vivirlo con la conciencia de que el universo es cíclico como lo es toda nuestra vida. Una vez al año una obra que repetía los mismos acontecimientos ponía al hombre en contacto con esa repetición de toda la naturaleza, con los grandes héroes, con los grandes personajes, con los grandes dioses.

 

Estilos

Cuando se habla del teatro griego se puede hablar de tres grandes estilos: tragedia, drama y comedia. La tragedia es la que más se acercará a lo que llamamos teatro iniciático; el destino y los dioses regían por completo el acontecer de los hombres que eran como muñecos llevados, en su ignorancia y en su ceguera, hacia un punto del cual no podían alejarse; eran llevados por una fuerza tremenda, la de la tragedia, la del destino, es la enorme voluntad de los dioses que se impone sobre la voluntad de los hombres.

En el drama se atempera un poco esta situación y hay un juego intermedio entre la voluntad de los dioses y la de los hombres, que se hacen más seguros de sí mismos, más dueños de su destino, y tienen la posibilidad del esfuerzo y de la redención. Sufren, pero ya no están ciegos.

La comedia muestra un aspecto más lúdico de la existencia. Los hombres se ríen los unos de los otros. Los dioses también se burlan de los hombres, pero generosa y paternalmente, como si les hiciera gracia ver los esfuerzos humanos por conseguir algo y la torpeza con que actúan para conseguirlo. El destino ya no actúa con tanta dureza sobre los hombres, porque ellos tampoco alteran de una manera demasiado decidida las leyes de la Naturaleza. Son hombres-niños que ya han perdido el contacto con lo mistérico, con lo iniciático, y juegan un poco a vivir; los hombres se ríen y por eso también se ríen los dioses.

Lo importante del teatro iniciático es que, a un nivel u otro, al nivel profundo de la tragedia o al nivel más sencillo de la comedia, siempre ha ofrecido algo, una iniciación, una enseñanza, una apertura. Muy profundo, muy cerrado era entonces el verdadero teatro iniciático, en el cual sólo los sacerdotes comprendían lo que decían, qué hacían, cuándo lo decían y cómo lo decían.

En un segundo nivel podemos hablar de un teatro para pensar y para purificarse, puesto que todo lo que acontecía en la escena era también lo que acontecía en los seres; y eso obligaba a meditar, y aunque se sufría, había una manera de purificarse, porque la resolución del teatro era también la propia resolución del hombre y porque los finales, si es que se puede hablar de un final en la vida y en el teatro, eran también esos finales que había que poner a cada una de las situaciones humanas. Y si hablamos de un teatro más sencillo, más popular, era también una forma de acercar al pueblo a unas realidades que de otra manera se le habrían escapado, y mostrarle que detrás de un telón pasan muchas cosas que no siempre se ven, y que cuando cae, si no somos capaces de abrir nuestros propios ojos, difícilmente vamos a poder ver aquellas otras realidades superiores.

El autor

El que escribe, ¿puede ser un autor cualquiera? Evidentemente hay una enorme diferencia entre aquellos autores de la gloriosa época clásica, de la tragedia griega, y los autores que pueden escribir hoy una obra de teatro, aunque siempre hay excepciones. Cuando Esquilo escribía teatro, se sobrecogía, y no faltan los biógrafos que dicen que sólo escribía cuando estaba animado por el impulso de Dionisos. Tanto penetró en los misterios que, según algunos relatos y tradiciones, murió de una manera extraña, como si los mismos colegios sacerdotales hubieran decidido silenciarlo, porque ya su inspiración era tan grande y su capacidad de percibir los misterios profundos era tan elevada, que era imposible reproducirlos en obras teatrales: la mayoría del público estaría incapacitado para entender lo que se le estaba proporcionando.

Así que del autor nos quedaremos con una idea: la inspiración. Sin inspiración, sin contacto con una idea o con un arquetipo, no puede haber una obra de arte ni una obra de teatro.

El espectador

El espectador no está simplemente sentado en los graderíos de piedra. Cuando empezaron a hacerse los grandes teatros, la gente empezaba a ver una obra al amanecer y terminaba a la tarde, con algunos intermedios, pero en realidad no estaba en el asiento, estaba en la escena, estaba en los personajes y, como decía Aristóteles, el público se transportaba a otro mundo a través del temor y de la compasión. No era un temor cualquiera, no era sentir miedo; era ver a través de los personajes, sentir el temor de lo que podía suceder si en nuestra ignorancia quebrantábamos las leyes inmutables de la naturaleza, saber cuál era su respuesta cuando el ser humano no se avenía a aquello que constituye el orden universal. Y ese temor hacía que los espectadores se sintieran mucho más conscientes de su obligación, y experimentaran compasión ante el gran personaje, ante el que sufre con mucha más altura que uno mismo. Una compasión sagrada al compartir el sentimiento, porque todos los personajes, desde los dioses hasta los hombres, estaban sometidos a situaciones difíciles, a grandes elecciones, a lo que más atormenta a los seres humanos: tener que elegir entre una y otra cosa, entre lo humano y lo divino. Ello hacía que el espectador sintiera compasión por el personaje y por sí mismo y era así como se purificaban y era así como se producía esa fantástica catarsis.

El actor

El actor era el que vivía realmente el teatro iniciático. Para él estaba realmente hecho ese personaje que cambiaba de vestimenta varias veces a lo largo de una obra, que cambiaba de voz, de máscaras, que de pronto era hombre, de pronto era mujer, anciano y niño; ese actor era el que sentía cuán pasajeras son las situaciones de la vida, lo rápido que se viene, lo rápido que se va, lo que significa haber nacido, lo que significa morir, la poca diferencia que hay entre ser hombre y mujer, entre estar en el escenario o detrás del escenario. Era el actor el que vivía muchas vidas en pocas horas, el que pasaba a través de muchísimos momentos, a través de larguísimas etapas de la historia en pocos minutos. Para él estaba hecho el teatro iniciático si era verdaderamente un actor.

Ante esto, podemos decir que hoy contamos con artilugios, con teatros muy perfectos con todo tipo de elementos técnicos como para producir las más variadas experiencias en los espectadores; pero falta el espíritu en el actor y en el espectador, y si el actor asume el espíritu del personaje al que representa, no siempre tiene la capacidad de transmitirlo al que está más allá del escenario.

Por otra parte, ¡se han tergiversado tanto los argumentos! Hoy podemos ver en el teatro escenas de la vida cotidiana donde prevalecen los intereses diarios y donde tenemos que ver cómo unos le sacan los ojos a otros y cómo unos destrozan a otros al igual que lo vemos simplemente leyendo un periódico. Participamos en conjunto de ese liberarnos de pesos interiores, pero no abrimos ninguna puerta ni nos iniciamos en nada porque el teatro iniciático, tal como se concebía en la Antigüedad, era totalmente pedagógico; lo que intentaba era enseñar, transformar. Repitiendo las palabras del profesor Livraga, que dedicó uno de sus libros a la tragedia griega, ese teatro iniciático nunca fue una farsa: fue la realidad misma sin tiempo y sin espacio. En nuestra realidad diaria estamos sometidos a un espacio físico y a un tiempo que nos comprime y que nos obliga a hacer equis cosas en equis minutos, pero en ese teatro, en ese maravilloso teatro de enseñanza, hay una realidad absoluta donde no importa qué espacio ocupamos ni cuánto tiempo nos lleva. Lo importante es lo que aprendemos y lo que recogemos, la experiencia viva que nos llevamos.

Lo que pretendía el teatro iniciático era que sin necesidad de pasar cada una de las circunstancias de la vida y cada una de sus experiencias, se saliera de cada representación un poco más rico de lo que se había entrado, rico como ser humano, rico en comprensión, en evolución. No se puede decir que verdaderamente el teatro iniciático rompa las barreras del tiempo y del espacio. No se puede hablar de volver atrás; no hay atrás, no hay antes. Lo que propondríamos es una recuperación de raíces, de elementos sagrados, a tal punto de hacer otra vez un teatro de la vida, un teatro para vivir, donde los seres humanos nos sintamos mágicamente desdoblados, en parte espectadores, en parte actores, y poder recuperar así el sentido de nuestra propia identidad como nos cuentan que hicieron aquellos hombres que nos precedieron.

Conclusión

¿De dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos? Sería el sentido profundo del teatro iniciático.

Tendría que cerrarse algo, y a cambio algo tendría que abrirse dentro de cada uno de los espectadores. Nosotros, que no tenemos aquel teatro, tenemos en cambio la necesidad imperiosa de transmitir unas ideas que correspondieron a la Humanidad de siempre, que es también la de hoy y puede ser la de mañana.

¿Por qué no pensar que entre nosotros están aquellos que estén dispuestos a recuperar el teatro para aprender a vivir, para enseñar a vivir? Porque siempre seguiremos actuando y presenciando el infinito, el inacabable teatro de la vida, el verdadero teatro iniciático.

 

El teatro iniciático o mistérico I

Coro griego

El teatro nació cuando el hombre fue consciente de su propia existencia, cuando el hombre se sintió consciente de su relación con los otros hombres, con la naturaleza, consciente del tiempo, de todo lo que le acontecía, de no poder responder a muchas de estas cuestiones; entonces nació el teatro como necesidad de repetir determinadas circunstancias de la vida para buscarles un sentido.

 

Todo arte, como lo exponía Platón, responde a una idea arquetípica. Cuando hacemos arte en este mundo concreto intentamos reproducir esa idea primera. A veces nos acercamos con propiedad y reproducimos el arquetipo de manera clara; a veces nos acercamos menos y ese arquetipo queda desvaído o distorsionado, pero lo importante es la idea que da sentido al arte, en este caso el teatro; cuál es su arquetipo, qué armonía se busca particularmente: la armonía de la vida, las leyes de la vida.

 

El teatro busca penetrar su sentido y encontrar las leyes que han regido la vida humana relacionándola con aquellos elementos superiores que podemos llamar Dios, dioses, héroes, destino. Eso requiere una armonía y el teatro la debe reproducir. Dicen muchos escritores, historiadores, filósofos, que los hombres de la Antigüedad, los que comenzaron con el teatro hace muchísimo tiempo, estaban más cerca de los dioses. Hay quien dice que los hombres en su ingenuidad, en su pureza, los sentían, los vivían, los respetaban; hay quien dice que esa cercanía era un producto de la fe, de la ignorancia o del temor. No importa la explicación; lo que es importante es que en todos los pueblos de la antigüedad había una cercanía a los dioses que permitía a los seres humanos vivir casi en contacto cotidiano con ellos. Así no tiene que extrañarnos que en las primeras representaciones teatrales, si es que las podemos llamar así, porque no había ni teatros ni escenarios ni decorados ni luces, todo estaba relacionado con el mundo divino, con el mundo mágico; todos estos primeros actos teatrales eran religiosos, en el sentido de religar al hombre con una realidad superior, con una realidad digna. No hubo ningún pueblo en la antigüedad que no tuviera estos primeros misterios divinos, estos primeros misterios sagrados bajo la forma de teatro intentando reproducir aquí en la tierra lo que alguna vez pasó en lo alto.

 

¿Cómo actuaron los dioses en el comienzo del universo y cómo podemos los humanos reproducir de manera mágica esa situación? ¿En qué se basaba ese teatro antiguo que no necesitaba más que el gran escenario de la Naturaleza? Se basaba en reproducir acciones, en la magia de la acción. Es cierto que hay magia en todo lo que escribimos: en un signo cuando trazamos una imagen, cuando dibujamos la figura de un dios tal y como la imaginamos los seres humanos; hay magia cuando escribimos un nombre, hay magia cuando lo pronunciamos en voz alta. Cuando leemos también hay magia, porque de esas letras escritas surgen imágenes en nuestra mente. Hay muchas formas de magia, pero los pueblos antiguos ponían especial énfasis en la magia de la acción: no es lo mismo dibujar, escribir, leer o pintar que actuar. Cuando los personajes se ponían en movimiento reproducían esa magia primordial del universo que también se había puesto en movimiento alguna vez en el comienzo de los tiempos. Si a ese movimiento de los antiquísimos actores se les suma la magia de la palabra, del sonido con su fuerza de invocación, tenemos ya nuestras primeras actividades teatrales, sin ningún decorado más que bosques, praderas, cielo.

 

La acción la ejecutaron los pueblos antiguos bajo diversas formas: cantos sumados a danzas a los que se agregaron instrumentos; durante muchísimo tiempo, cada vez que el hombre quiso entrar en contacto de manera mágica con ese mundo superior que percibía sin poder explicarlo lo hacía con un cántico sumado al movimiento, un canto más una danza, una danza más un instrumento; y estas danzas sagradas ocuparon mucho espacio en la vida de los seres humanos. Estaban ligadas a todos los acontecimientos importantes. Alguien nacía y había una danza; alguien se hacía mayor y entraba en la edad en la que podía participar con el resto de la comunidad y había una danza; había un matrimonio y se celebraba también con una danza; alguien moría y había una danza para acompañarlo al más allá.

 

Todos los movimientos importantes estaban sellados con lo que hoy llamamos danza, pero que tal vez tenía un contenido muchísimo más sagrado, profundo, porque el cuerpo respondía a determinadas leyes. También los sacerdotes usaban estas danzas para ponerse en contacto con los dioses. Podríamos decir que los más viejos actores del mundo fueron los sacerdotes. Cuando invocaban a sus dioses implorando su protección, cuando pedían su bendición, cuando solicitaban un poco más de luz para ver el camino de la vida, estos sacerdotes hacían teatro, y era un teatro iniciático porque abría puertas que no son comúnmente visibles, y a través de ellas y puesto que sabían cómo hacerlo, entraban en contacto con aquellos personajes a los que representaban.

 

Orígenes

A pesar de que la historia del teatro generalmente está ceñida en sus inicios a Grecia, no hubo pueblo que no lo tuviera, y en todos se encuentra un mismo proceso: al principio un teatro muy sencillo, muy natural, sin edificios, sacerdotal, mágico, iniciático en cuanto a tomar contacto con esas leyes de la naturaleza que son misterios para los seres humanos. En todos los pueblos hubo una transformación paulatina de los sacerdotes. De los actores, las danzas, los cantos, la palabra, el recitado, la mímica y los argumentos estrictamente religiosos y sagrados, pasamos a los argumentos heroicos humanos entremezclando los unos con los otros; y así, de aquel teatro iniciático lejanísimo se forjó un teatro mucho más humano, pero que no por eso dejaba de tener el mismo contenido.

 

Japón

En Japón, desde siempre, hubo un teatro religioso. Empezó, según se cuenta, cuando la diosa del sol, enojada con su propio hermano, el poderoso dios de la guerra, se escondió en una cueva y dejó a toda la Humanidad a oscuras. Con cantos, con danzas, con teatro, todos los dioses se reunieron delante de la cueva a cantar, a bailar, a decirle que era la más hermosa, que no había nadie mejor que ella. Lograron que finalmente se asomara para ver aquella actuación, y el sol lució nuevamente para los seres humanos. Desde entonces los hombres intentaron imitar a los dioses y pensaron: si los dioses juegan, si interpretan estos papeles para mover determinadas fuerzas de la Naturaleza, ¿por qué no lo vamos a hacer también los hombres? Y con ese mismo sentido hubo en Japón un teatro litúrgico, a veces representado dentro de los templos, a veces en el atrio, a veces fuera, dependiendo de lo sagrado, de lo profundo y de lo secreto del argumento, pero siempre un teatro muy ceremonial, con pasos muy lentos, muy solemnes, con posturas hieráticas, con palabras pronunciadas con lentitud para que cada sonido dejara desgranar el valor de su peso; y poco a poco los hombres se atrevieron a dialogar con los dioses en ese teatro lejano.

 

India

Otro relato nos dice que en la India el teatro empezó con un dios, con Brahma el de las cuatro caras, el que era capaz de ver en las cuatro direcciones del espacio. Por eso se contaba también que los cuatro Vedas estaban relacionados con las cuatro caras de Brahma. Brahma creó el mundo jugando o interpretando una gran creación teatral, la más grande de todas. De su acción, de su interpretación, nació el mundo. Brahma solamente contó este secreto a un sabio; a un viejo sabio llamado Bárata, quien a su vez comenzó a desarrollar estilos de teatro intentando reproducir esos misterios que le habían sido transmitidos. En la India hubo desde entonces representaciones litúrgicas que se referían al nacimiento del mundo y de determinados personajes que estaban íntimamente relacionados con el ser humano.

Teatro India

Tíbet

En Tíbet hubo un teatro siempre muy secreto, sagrado, y relacionado también con los dioses. No se recurría a decorados ni a ningún tipo de artilugios porque se pensaba que lo más importante no era crear una ilusión en los espectadores, sino despertar imágenes, ideas, intuiciones. Por lo tanto era el movimiento de los actores, sus palabras, y lo que cada espectador podía sentir.

 

Grecia

No podemos dejar de hablar de Grecia y de esos orígenes que fueron los que nos dieron el sentido de lo que es hoy el teatro; un teatro que no comienza con unos edificios maravillosamente construidos, sino con danzas sagradas acompañadas de instrumentos mágicos. Cuando nació Zeus y hubo que ocultarlo de su padre Cronos, que devoraba a todos sus hijos, alrededor del niño escondido en la isla de Creta trenzaban los Curetes una danza llena de ritmo vital acompañándose con crótalos y con otros instrumentos altamente sonoros, para ocultar los llantos del joven Zeus, y la danza de los Curetes era así una forma de teatro. Cuando en los grandes centros oraculares el sacerdote daba su augurio o transmitía el mensaje de los dioses, no lo hacía de cualquier manera. Ante la pregunta el augur no contestaba, y cuando daba su respuesta había a su alrededor todo un decorado, porque esto hacía que el que recibía las palabras del sacerdote se sintiera por un momento en el cielo y no en la tierra. De ahí el humo del incienso, de ahí las palabras pronunciadas con mayor profundidad, con mayor lentitud.

 

Desde muy temprano, en Grecia, los colegios sacerdotales tuvieron muchísimo cuidado en guardar el secreto que rodeaba estas representaciones mágicas y así las daban a conocer a sus sacerdotes. De ahí que siempre lo iniciático, lo mistérico se haya relacionado con lo escondido, lo guardado, y a duras penas en algunas festividades especiales, en algunos momentos en que se podía conocer algo, el público tenía acceso a representaciones.

Pensamos que la tragedia nació en Grecia. Empleamos la palabra tragedia porque, como explica Aristóteles, que es uno de los pocos que se dedicó a recoger material al respecto, tragedia proviene de la palabra canto, oda, y macho cabrío: a los primeros cantores, a los primeros coros que intervenían en certámenes olímpicos, se les obsequiaba con un macho cabrío, símbolo del dios al cual todo el mundo cantaba, el gran dios del entusiasmo de la vida, de la fertilidad del renacimiento perpetuo, Dionisos.

 

Sin embargo, la tragedia tiene raíces mucho más viejas. En Egipto, mil años antes de que Esquilo escribiera sus primeras obras, ya había teatro. Se narraba la tragedia de Osiris despedazado por su propio hermano, la tragedia de Isis buscando a su esposo por todo el territorio egipcio, trozo a trozo, hasta poder reunificarlo. Eran representaciones en las cuales participaban a puerta cerrada los sacerdotes, y a puertas abiertas todo el pueblo, porque una vez al año todo el mundo lloraba por Osiris despedazado y por Isis buscando a su esposo.

Recientes investigaciones de autores que se dedican a la traducción de papiros han demostrado que muchísimo antes que en Grecia, mil años antes de que recojamos sus primeras obras teatrales, en Egipto ya había una obra completa en tres actos dedicada a Horus vengando a su padre, dividido en tres partes con sus entreactos y con las danzas que había en estos.

 

Pero es la tragedia griega la que nos va a dar el sentido de lo que estamos buscando, ese sentido de un teatro que comienza con un canto, con una danza alrededor del altar de un dios, del más difícil de interpretar en Grecia. De Dionisos se decía que era el dios del entusiasmo. Esta palabra se compone de En-Theos, Dios-en-Nosotros, Dios cuando entra en uno mismo. Por lo tanto, Dionisos tenía la particularidad de conseguir que el hombre sintiera a Dios dentro de sí, no que lo pensara, no que viera una imagen, no que escuchara un nombre, sino que se sintiera totalmente transportado por esa posesión del Dios.

Dionisos entraba en los seres humanos a través del canto, de la danza, a través de los instrumentos, de las palabras, del recitado, del ritmo, y los seres humanos se sentían totalmente transportados. Ese era el valor de la tragedia, el vivir por unos momentos de una manera completamente distinta, el sentirse por unos momentos un dios. Por eso se le llamaba teatro iniciático, puesto que iniciaba a los hombres en los principios divinos o permitía que, por unos instantes, los hombres se sintieran iguales a los dioses.

 

En casi todos los libros se nos comenta ese momento verdaderamente excepcional que representaban los días en que los atenienses se reunían en el teatro. Y no solamente los atenienses: desde todas partes de Grecia, desde todas las ciudades viajaban días enteros para poder asistir a estas representaciones.

 

El teatro no era entonces lo que es para nosotros. Ahora tenemos muchos teatros, muchos títulos, las obras se repiten constantemente; podemos elegir a qué teatro ir, qué obra ver, a qué actores admirar. Pero en esa Atenas donde nace la tragedia, el teatro era un acontecimiento único. Dedicado a Dionisos, al renacimiento de la vida y al sentimiento divino, había representaciones que se celebraban entre finales de enero y principios de febrero, y otras entre finales de marzo y principios de abril. Estas eran las épocas del gran renacimiento, en que los espectadores sabían que tenían que acudir al teatro porque era su momento, y allí estaban, totalmente embebidos, porque no es que acudieran a ver qué ocurría con sus dioses cuando se crearon los primeros escenarios, no es que fueran una vez más a ver cómo se había creado el universo, o cómo había que salvar a Zeus de Cronos o cómo se recorría el camino de Eleusis. Lo que sentía el público, lo que importaba, era la participación. Porque ese momento no consistía en enterarse de un argumento nuevo, sino vivirlo con la conciencia de que el universo es cíclico como lo es toda nuestra vida. Una vez al año una obra que repetía los mismos acontecimientos ponía al hombre en contacto con esa repetición de toda la naturaleza, con los grandes héroes, con los grandes personajes, con los grandes dioses.

 

Este artículo ha sido redactado por Delia S.G.