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La ética en la medicina (II)

INCIPIT VITA NOVA

El Renacimiento constituyó un nuevo nacimiento de la cultura clásica griega y romana, así como una tentativa del pensamiento humano para escapar de los límites impuestos por la Iglesia y el Estado, a fin de poder experimentar, observar y deducir sin prejuicios ni dogmas, en concordancia la religión y las nuevas tendencias seculares.

Pese a que en 1750 aún domina la regla según la cual “el médico debía ser cristiano” y el primer acto oficial de los nuevos medios parisienses era una visita colectiva a la catedral de Notre Dame, donde prestaban juramento de defender la religión católica, es evidente que del siglo XV al XVIII se produce una secularización lenta, pero progresiva.

Aquí se da un paso hacia la moral filantrópica. Este fenómeno, asociado al poderío creciente del poder civil y a las transformaciones de la vida social, permite el desarrollo de una medicina legal y del derecho del médico, que conocerá mayores progresos en el siglo XIX. La codificación de las obligaciones profesionales y sanitarias plantea cuestiones de orden médico-legal y la aplicación de la deontología.

EL CÓDIGO DE PERCIVAL EN EL SIGLO XIX

A principios del siglo XIX aparece el Código de Percival, que constituye el primer código de la etapa moderna de la historia de la deontología médica.

La separación entre deberes religiosos y civiles, prudente al comienzo, volverá neta y decidida en los siglos XVIII y XIX. A partir de este momento aparecen dos comportamientos éticos dentro de la práctica médica: el médico religioso y el secular. Este último y su voluntad de dar un fundamento racional a la moral médica, suplantarán poco a poco a la medicina religiosa.

El proceso de secularización que pone en juicio ciertos aspectos de la existencia tendrá influencia sobre el mismo acto médico.

En 1803, T. Percival (Miembro del Manchester Royal Infirmary) edita su “Ética médica”. Explica de forma simple cómo debe comportarse el médico con sus colegas, y cómo, a través de unas normas puede mejorar la idea de servicio ofrecido al paciente y a la sociedad. En verdad, este código es una guía práctica para resolver problemas y situaciones concretas, tanto en el terreno hospitalario como en el privado; aborda igualmente la legislación y las relaciones con los farmacéuticos. El código ético de la American Medical Association, (1847), se inspira muchísimo en él.

EL SIGLO XX

El siglo XX vivirá un progreso técnico-científico, con unos problemas y situaciones que se convierten en otros tantos dilemas gra­ves desde el punto de vista ético, y que han sacudido una deontología médica carente de bases filosóficas y morales.

Como ejemplos, podemos citar:

* La enorme carga financiera de la asistencia médica, que recae sobre el enfermo o sobre la compañía aseguradora.

* La gran eficacia de algunos tratamientos actuales y el peligro evidente que esto representa.

* E1 riesgo y la precisión de ciertas técnicas exploratorias, como, por ejemplo, la psicoterapia y el diagnóstico de muerte real.

* E1 papel social de la medicina que desemboca en presiones diversas ejercidas por el Estado sobre el médico.

* E1 universalismo, porque los problemas ético-médicos desbordan los límite de la conciencia del médico y las fronteras entre países.

* E1 desarrollo en poco tiempo de la salud pública y de la higiene social, las conquistas de la bioestática, la complejidad de la medicina militar, la necesidad imperiosa de trabajar en equipo, el desarrollo de la medicina legal y de la experiencia médico-legal; la desaparición del médico en tanto que “dios social”, el fenómeno de la despersonalización del médico que hace que la confianza del paciente se vuelque mucho más sobre los medicamentos que sobre el médico que se los administra; el crecimiento de la crítica social hacia el acto médico…

* La colectivización de la medicina en ciertos países europeos, que conlleva sus peligros (independientemente de sus éxitos, como la eliminación de la discriminación en la asistencia médica), tales como la afluencia en masa de enfermos a los consultorios, la dificultad de las relaciones médico-paciente si este último no escoge el médico, la conversión del médico en funcionario, la necesidad de crecientes financieros para una buena asistencia médica, etc…

* E1 médico, que antaño era el único juez de su decisión, debe ahora aproximarse a su paciente, quien participa de todo el proceso de la enfermedad, del diagnóstico, e incluso de la decisión relativa a su propia muerte.

* Los extraordinarios progresos técnicos y científicos: la ingeniería genética, los trasplantes, los bancos de esperma, etc.

Hemos visto cómo los griegos supieron conjugar el interés hacia el desarrollo técnico y las normas éticas de la profesión. Es indis­pensable -y hoy más que nunca nos damos cuenta de ello- la existencia de un equilibrio perfecto entre la ética y la ciencia. “La ética no debe quedarse a la zaga del avance científico, sino que debe preceder a toda ciencia”.

El progreso científico y tecnológico, las posibilidades de acción sobre el enfermo y la de mantener la vida o de provocar la muerte, nos hacen más conscientes de la necesidad de unas normas éticas claras acerca de lo que es lícito o ilícito, acerca de los límites de nuestra libertad de acción. Esta necesidad se destaca más cuando, como ocurre en la actualidad, la ciencia y la técnica progresan más rápido que el establecimiento de una legislación apropiada, planteándose nuevos problemas inimaginables hace tan sólo algunos años. El especial trabajo del médico y su posibilidad de una influencia decisiva sobre el ser humano y la sociedad, han exigido siempre una elevada categoría moral que se apoye en códigos médicos y menos en leyes que reglamenten su conducta.

La segunda mitad del siglo XX dio nacimiento a unos códigos y declaraciones confeccionadas con objeto de responder a este requisito de normas claras en lo ético y moral. La ética, que durante un tiempo había sido relegada hasta lo ínfimo a causa del impulso irresistible de la tecnología, es más que nunca necesaria. Las muchas reuniones médicas nacionales e internacionales se han hecho eco de esta necesidad.

En la actualidad algunos consideran que el Juramento Hipocrático está desfasado, aunque ha sido difícil mejorarlo o reemplazarlo. La Declaración de Ginebra, que traduce en lenguaje moderno el trasfondo del juramento griego, ha sido adoptada por la O.M.S. en 1848. Y en 1949, la tercera Asamblea de la Asociación Médica Mundial ha adoptado su Código Internacional de Ética Médica, dividido en tres vertientes: los deberes de los médicos entre ellos, los deberes de los médicos en general y los deberes de los médicos hacia el paciente. Seguidamente vienen otras declaraciones que inciden sobre problemas nuevos de urgente consideración.

Estas son las principales:

-Declaración de Sydney (1968).

-Declaración de Oslo (1970).

-Declaración de Helsinki (1964).

-Declaración de Hawai (1954).

EL PROBLEMA DE LA INCERTIDUMBRE ÉTICA

Las declaraciones de Percival han resuelto algunos problemas éticos en nuestros días; sin embargo, en vista de la rapidez del pro­greso científico, son insuficientes. La avalancha de situaciones y de dilemas éticos derivados de las investigaciones de las últimas décadas, ha sorprendido al legislador que va con más lentitud. He aquí algunos ejemplos: secreto médico e información, práctica de la terapia de la hipnosis y de la sofrología, interrupción voluntaria del embarazo o el derecho a la vida, la investigación clínica, el per­juicio terapéutico, la ética y la industria farmacéutica, la mala práctica y la negligencia, la huelga de médicos y el sindicalismo, la ética en tiempos de guerra, la ética de la formación profesional, la inseminación artificial, la eutanasia, la informática y la deontología, la especialización, los bancos de órganos y esperma, la adopción prenatal, la inducción del sexo, la prospección genética o la búsqueda de grupos humanos de un tipo particular, la utilización de productos farmacológicos capaces de modificar el comportamiento humano, el eugenismo, la producción de microbios…

“En lugar de resolver problemas del mundo, la ambición científica a veces parece divertirse en crear otros nuevos”, nos dice Duellwe. Las últimas investigaciones han desbordado la máquina legislativa, de manera tal, lenta y pesada, que no existen leyes para encuadrarlas. “¿La ciencia se nos está escapando de las manos? “, se pregunta H. Componer. El hombre se encuentra en una peligrosa situación: como Prometeo, ha traído el fuego del cielo y este fuego puede hacerle mucho bien, pero puede destruirle igualmente.

Van Deusselaer nos habla del “conocimiento peligroso” y lo define como: “el conocimiento que se ha acumulado mucho más rápidamente que la sabiduría para utilizarlo”.

Hemos llegado a un punto en que se hace difícil juzgar si el pro­ceso científico y tecnológico es bueno o es malo. Se hace cada vez más marcado el divorcio entre el poder de la ciencia y los princi­pios que permiten aplicar la misma de una manera sensata.

Frente a estos problemas éticos, comprendemos que nuestra dificultad se debe a una falta del conocimiento adecuado de los factores profundos que rigen el proceso social e individual.

Aquellas religiones y filosofías que orientan con conciencia ética, nos llevan a preguntarnos si es posible la existencia de una ética médica universal o natural. Se trataría de una deontología respetuosa de la naturaleza humana y aceptada por todos los hombres de buena voluntad. Una Ética que pueda aplicarse a cualquier situación histórica y social.

El médico, debe poseer una claridad de espíritu suficiente como para dictarle su conducta y permitirle cumplir con su deber, evitándole la confusión y la incertidumbre éticas. Estos principios, como afirmaba Horacio: “permiten a la ciencia engendrar la virtud. ”

Cualquiera que sea el medio en el que ejerza el médico, su objetivo será siempre el mismo: ayudar al paciente. Los principios de la ética médica continuarán sirviéndole de guía para determinar lo que mejor conviene al paciente, a sí mismo y a su profesión”. (Dwight C. Wilbur, Asociación Médica Americana).

Debe haber pues, unas normas atemporales, unas responsabilidades concretas inherentes a la decencia médica, una expresión de ética constante, más allá de la situación socio-histórica.

La medicina es algo más que la conjugación de conocimientos y de actividades. La medicina es ciencia; es economía y política; es arte en el sentido hipocrático; es ética y religión: cuatro motores que la ponen en movimiento y le dan su auténtico valor. La deontología ha de reunir, en consecuencia, estos hitos esenciales para ser asimismo un valor atemporal.

Fuente: http://www.eticauniversal.net              Autor: Dr. Antonio Alzina

Miembro Fundador de la Sociedad Española de Laserterapia. Fundador y Director Internacional del Centro Seraphis de Nueva medicina

La ética en la medicina (I)

LA ÉTICA EN LA MEDICINA

La asistencia médica a los enfermos es un acto esencialmente humano con una dimensión ética. Un buscador en la deontología médica. P. Peiro, nos dice: “No se puede vivir sin una regla moral a la cual estén sometidas nuestras acciones”.

El médico en ejercicio deberá tomar decisiones que pueden llegar a influir sobre la libertad o la vida humana. Deberá resolver problemas que no dependen solamente de sus conocimientos científicos, sino de sus creencias y de sus convicciones humanistas. La conciencia de nuestros propios límites, el respeto por la dignidad humana, la capacidad de ponerse en el lugar del paciente, por ejemplo, van a influir de forma evidente en la asistencia médica. Así, sensibilizado con el aspecto humano de la enfermedad, el médico puede comprender que está en presencia de un ser completo que sufre y que tiene necesidad de la ciencia.

Existe una ética general y una ética específica de la medicina cuyos orígenes se confunden. La historia de la ética médica es la historia de los ideales profesionales y de los valores asociados a ellos que influyen en la función sanadora del médico. Estos ideales éticos fueron desarrollados y codificados en cada época por los médicos más renombrados y constituyeron las normas que se imponían los practicantes. Desde los albores de la humanidad ha habido una imbricación entre religión y medicina. No es pues sorprendente que la ética religiosa tenga un sitio particular en la deontologia médica. Asimismo, en otras épocas, los médicos han descubierto la aplicación médica y social de los ideales enseñados por los filósofos y pensadores: los pitagóricos, los estoicos, y otros.

La deontologia ha variado en función de las épocas históricas y de las situaciones sociales de la humanidad. Ante estas fluctuaciones, el hombre ha tratado de establecer una deontologia permanente.

La deontología ha variado en función de las épocas históricas y de las situaciones sociales de la humanidad. Ante estas fluctuaciones, el hombre ha tratadod e establecer una deontología permanente-

Demos un vistazo a la historia de la deontologia y a su evolución ante los grandes problemas de ayer, de hoy y posiblemente de mañana. No podemos precisar el momento en que surge la deontologia médica, porque nos encontramos en presencia de un proceso continuo en relación directa con la evolución del género humano. La evo­lución de la deontologia médica, está marcada principalmente por una serie de códigos médicos históricos que son, no solamente códigos deontológicos propiamente dichos, sino textos presentados bajo forma de reglas y de preceptos.

CÓDIGO DE HAMMURABI

En Mesopotamia, bajo el reinado de Ur Namnu (2050 a.C.) se dictaron una serie de reglas médico-legales, consideradas por algunos autores como el primer código deontológico conocido de la Humanidad. Este código ha sido reen­contrado en Susa, inscrito en 21 columnas. Uno de los bajorrelieves nos muestra al rey de Babilonia recibiendo estas normas del dios Sol.

El Código de Hammurabi, primer reglamento jurídico regidor del acto médico, contiene alusiones claras en cuanto a los honorarios médicos así como a las sanciones previstas en caso de errores terapéuticos. En general este código trata de la relación entre los médicos, los pacientes y la sociedad.

CONSEJOS DE ESCULAPIO

Menos conocidos que el juramento de Hipócrates, los “consejos de Esculapio “, destinados a los estudiantes de medicina, constituyen un texto magnífico sobre las bases y las motivaciones de la profesión médica. Se revisan detalladamente los deberes, así como los sacrificios y las satisfacciones que implica el ejercicio de la me­dicina. Es un conjunto deontológico que difícilmente se puede superar. He aquí algunos puntos:

“¿Deseas ser médico, hijo mío? Esta aspiración es la de un alma generosa, la de un espíritu ávido de ciencia. ¿Has pensado bien lo que será tu vida? Deberás renunciar a tu vida privada.

Mientras que la mayoría de tus conciudadanos, una vez cumplidas sus tareas, pueden aislarse, lejos de los inoportunos, tu puerta deberá estar siempre abierta para todos.

Si amas la verdad, deberás callarla sin embargo. Deberás ocultar a algunos pacientes la gravedad de su mal; porque esta verdad podría herirles. No pretendas enriquecerte con esta actividad. Te lo he dicho: es un sacerdocio y no sería decente que obtengas ganancias tan importantes como las de un comerciante de aceite o un comerciante de lanas.

Estarás solo cuando estés triste, solo cuando estudies, solo rodeado del egoísmo humano. Si estimas el hecho de ser pagado con el alivio de una madre, con la sonrisa de aquel que ya no sufre, entonces… hazte médico, hijo mío.”

EL JURAMENTO DE HIPÓCRATES

La afirmación: “A excepción de las fuerzas ciegas de la Naturaleza, todo lo que vive o muere viene de Grecia “, es aplicable en parte a la deontología médica. La concepción griega de la práctica médica ha dominado durante la antigüedad en el Mediterráneo. La doctrina que toma su impulso en la costa oeste del Asia Menor y que a continuación se extenderá a todo el mundo griego, hunde sus numerosas raíces también en la civilización minoica, en la asirio-babilónica, y en la civilización egipcia (es de esta última, según Laín Entralgo, de donde surgirá la deontología griega).

Por otra parte, no olvidemos que los personajes que conocemos, no son sino representantes de un sistema que se extiende tanto en el espacio como en el tiempo, y que es el resultado de una búsqueda de siglos protagonizada por los filósofos jónicos e italo-griegos del siglo VI a.C. hasta la muerte de Galeno a fines del siglo II d.C.

Como escribió W. Jaeger en su Paideia, los siglos VI y V a.C. constituyen, desde el punto de vista de la ética y de la aplicación social de la medicina, un momento extraordinario en la historia. El médico de tendencia hipocrática ejerce su ministerio según ciertos principios éticos basados en su amor por la ciencia y por la Humanidad. “Allí donde hay amor por el hombre, hay amor por la ciencia ” (Preceptos, 6).

Los textos de contenido ético más evidente son: “El juramento hipocrático “, “Los preceptos “, “Del médico ” y “De la decencia”.

El Juramento será el texto más extendido del Corpus Hippocra-ticum: desde la Constantinopla del siglo X (punto culminante del humanismo bizantino) hasta la Venecia del siglo XIV (primera edición impresa del texto), desde la bula Quod Jusicurandum (1531) del papa Clemente VII, hasta la Asociación Médica Mundial (1948). Todas las normas deontológicas que encontramos en este texto tienen una base y un objetivo común: ayudar al enfermo y proteger su integridad personal. El hecho de que estos principios sean formulados en unas normas generales refleja, por otra parte, un elemento propio de la medicina antigua: “La convicción de que el médico y el paciente son seres de igual valor, que su relación es decisiva para el ejercicio de la medicina y que en esta relación el interés del enfermo es lo más importante”.

El principio de “actuar en favor y no en perjuicio de” expresa claramente la filosofía médica hipocrática que se esfuerza por el arte de restablecer la salud.

En el texto encontramos dos partes: la primera se refiere al comportamiento deontológico de la medicina y la otra, a las obligaciones (no legales, sino de compromiso privado) que contrae el médico con su Maestro y la familia de su maestro. Algunos ven en estas últimas obligaciones una intención utilista basada en intereses económicos y sociales por parte del que enseña. Creemos que esto debe ser interpretado más bien como la relación Maestro-Discípulo, como dice Edelsteins: “una paternidad espiritual del maestro hacia su discípulo”.

La referencia a la adquisición de virtudes como la pureza, la santidad o la justicia, expresa toda una ética de vida en el médico. Esta concepción no admite la existencia paradójica de una doble moralidad, una privada y otra profesional, porque, como dice el texto: “mi vida es mi arte”.

Otros escritos del Corpus Hippocraticum abordan también el tema de la deontología. Un texto que pertenece a un grupo de obras tardías, Del médico, comienza por dar algunos consejos claros sobre la necesidad de unificar el comportamiento deontológico con el aspecto estético del médico.

Prueba de esto es el texto Prestancia del médico, según el cual el médico debe ser respetable, perfumado con ungüentos de buen aroma, “de aspecto aseado” y, en fin, “muy ordenado en su vida, porque esto tiene buenos efectos sobre su reputación; que su carácter sea el de una persona de bien, seria y afectuosa hacia todos”.

Del mismo modo, en el tratado “De la decencia”, volvemos a encontrar la cuestión de la imagen ideal del médico. Aunque hayan recibido honorarios por la práctica médica y la enseñanza, los médicos hipocráticos insisten mucho en el rechazo del deseo de posesión y del ánimo de lucro.

Desgraciadamente hoy podemos constatar que un buen número de las enseñanzas hipocráticas siguen siendo teóricas: desde la aceptación de los límites de nuestras posibilidades hasta el principio de “actuar en favor y no en perjuicio”, o la concepción holística del ser humano.

EL SERMÓN DEONTOLÓGICO DE ASAPH

Asaph Ben Berachiach (siglo VI d.C), discípulo judío de Hipócrates, ha respetado su juramento moral. Su código ha sido largamente expandido en las escuelas médicas de Alejandría y de Palestina. Asaph consideraba la medicina como un sacerdocio y una religión. Creó una escuela en la que, para entrar como discípulo, era necesario ajustarse a unos criterios, entre los cuales los de orden moral eran los más importantes. Su juramento pre­senta gran semejanza con el de Hipócrates.

Este código deontológico se imponía a los discípulos como complemento ideológico de su formación para transmitirles normas morales elevadas e inspiradoras de la acción médica.

CÓDIGOS MEDIEVALES

Con la caída del Imperio romano, la medicina se separa en dos ramas: la árabe con su eclosión científica y cultural, y la de los monasterios de la Edad Media. Las dos ramas terminarán por converger cinco siglos más tarde en Salerno. Allí tendrá lugar una reestructuración de la medicina, tanto desde el punto de vista de los conocimientos y del tipo de enseñanza, como desde el punto de vista del comportamiento del médico en su profesión (enseñar gratuitamente a los pobres, no enseñar nada erróneo, no administrar malos medicamentos, aportar ayuda a su escuela, etc.)

Los monasterios han tenido un papel decisivo en la conserva­ción del conocimiento y han aportado una contribución importante al aspecto humanitario.

El cristianismo transforma la concepción de la ética médica. Tanto el médico como el enfermo deben seguir en su vida un modelo de moralidad muy clara: las enseñanzas religiosas.

En el curso de la Edad Media, la evolución de la ética profesional médica está unida a la tradición cristiana, judía o islámica.

El código deontológico de Lafranc y Arnaldo de Vilanova ilustra cómo la ética médica occidental de la Edad Media estaba neta­mente influenciada por la religión cristiana. Las normas de carácter religioso y su sentido cristiano obligaban moralmente al médico a ayudar a los pobres gratuitamente, sobre lo cual ocasionalmente debía hacer juramento.

En esta época, el cristianismo no oculta el juramento de Hipócrates. Al contrario, después de eliminar las invocaciones a los dioses griegos, este juramento permanece entre los médicos cristianos como un código trascendental.

En el mundo islámico, además de la influencia de la estructura social y económica y de la tendencia a un conocimiento más téc­nico, la vida religiosa y los preceptos del Corán constituyen la base de los principios éticos.

Mahoma dejó dicho: “La primera de las ciencias es la Teología, el cuidado del alma; y la segunda la Medicina, el cuidado del cuerpo”.

El principal artífice de la creación de hospitales, Haroun al Rashid, decreta en 1876 la construcción de centros de atención y de hospitales alrededor de toda nueva mezquita, porque ésta es la acti­tud caritativa para con los enfermos prescrita por el Corán. Estas indicaciones, más la adaptación del juramento de Hipócrates a la fe islámica, hacen que los médicos árabes se apliquen una ética exi­gente.

“La oración del médico” de Maimónides (Moshé ben Maimón Rambam) redactada en la baja Edad Media, es una oración en la cual el médico pide la inspiración necesaria para cumplir su misión de forma digna y correcta. Pide inspiración para amar su arte, para preservarlos del cebo (de la ganancia, de la ambición y de la gloria), que empañan la práctica médica. Pide estar siempre presto y entusiasta para ayudar a los enfermos, para que ningún pensamiento extraño desvíe su atención y pueda “reconocer la enfermedad”.

Uno de los primeros tratados de ética médica del mundo árabe es el Ishag Ibn Ali Al Ruhawi, y se titula “Etica práctica de los médicos” (Adab al Tabib). Deja entrever su esfuerzo para descubrir la vía real del acto médico, más allá de los conflictos con las normas culturales de los ideales filosóficos griegos y los profetas islámicos.

Contemporáneo de Al Ruhawi, Isaac Israeli ejerce como médico en Egipto y en Túnez. Sus trabajos han sido traducidos a varias lenguas y utilizados por los médicos medievales. Conservamos el “Libro de las exhortaciones a los médicos”, que explica de una forma similar a la moderna los preceptos relativos al cre­cimiento, y las necesidades y las respuestas que es necesario aportar al paciente. Se trata de un código en parte religioso (los deberes en atención a Dios), en parte moral y en parte legal. En esta época, la religión, la moral y la ley, que hoy están netamente separadas, estaban íntimamente unidas entre sí.

Estos textos y otros como “El libro del médico espiritual” de Al Razi, han constituido la base ética de la época y han tenido influencias en diferentes lugares y tiempos. El mundo musulmán ha sido un gran motor para la medicina medieval europea.

 

Fuente: http://www.eticauniversal.net/     Autor: Dr. Antonio Alzina

Donald y las matemágicas para los niños

Portada Donald y las matemágicas

En junio de 1959 Disney realizó un corto titulado “Donald en La Tierra de las Matemágicas” (Donald in Mathmagic Land“), imagino que conocido ya por muchas y muchos de vosotros, pues es todo un clásico en la divulgación de las matemáticas.

El corto fue puesto a disposición de escuelas y se convirtió en una de las películas educativas más populares hechas por Disney.

¿Cuál es el argumento de este corto?

El Pato Donald es un explorador que, sin comerlo ni beberlo, se encuentra en la misteriosa Tierra de las Matemágicas, donde el Espíritu de las Matemáticas poco a poco le irá revelando sus secretos.

En esta Tierra de las Matemágicas, contempla sorprendido árboles con raíces cuadradas, un río de números, un extraño animal con cuerpo de lápiz que lo reta a una partida de tres en raya, un círculo, un rectángulo y un triángulo que se unen formando un rostro que recita los primeros decimales del número Pi…

Guiado por el narrador, el espíritu de las matemáticas, viaja a la antigua Grecia para conocer a Pitágoras y los Pitagóricos, creadores de la escala musical, y aprende las proporciones que se encuentran en la estrella de cinco puntas, proporciones que le llevan al número áureo y al rectángulo perfecto.

 

Descubre como la estrella de cinco puntas y la proporción áurea se encuentra en muchos lugares de la naturaleza y ha sido utilizada por artistas, arquitectos, escultores y pintores en sus obras más famosas.Conoce el empleo de la lógica matemática en el ajedrez, y la presencia de las matemáticas y de la geometría en los juegos y deportes.

Descubre los secretos del billar a tres bandas, aprendiendo del espíritu de las matemáticas el método para conseguir carambolas sencillas usando las marcas que aparecen en los bordes de la mesa de billar y sumando y restando números y fracciones simples.

 

Y, para terminar, el corto invita a Donald a utilizar la imaginación, el poder de la mente mediante el cual podemos ver las figuras geométricas, la esfera, el cono, el paraboloide, el cilindro… que luego tendrán aplicación en la óptica, ingeniería, mecánica, astronomía… Esa misma imaginación que nos ayudará a ir abriendo las infinitas puertas del conocimiento que todavía nos quedan por abrir.

 

A pesar de que muchos de los conceptos que se tratan en el corto (número de oro, rectángulo áureo, etc.) no son apropiados curricularmente para la etapa de Primaria, sin embargo, sí es un buen recurso para utilizar en el aula, pues contribuye a fomentar e inculcar una actitud receptiva y valorativa de las matemáticas por la presencia de éstas en los distintos ámbitos como el arte, la música, el juego, etc., así como en la propia naturaleza.

Además, no está mal fomentar la imaginación y la creatividad, que desgraciadamente es un punto débil en la educación actual.

Por otra parte, como en casi todo, no hay que quedarse en la visualizacíon de la película, sino que se debe reforzar trabajando sobre los conceptos vistos, como por ejemplo identificando las figuras geométricas que se encuentran en su entorno, tanto las naturales como las creadas por el hombre o, aprovechando que es algo que les puede llamar más la atención, analizando el papel de las matemáticas en los distintos juegos.

Todo ello contribuirá a fomentar el interés por la materia, y ayudarle así a comprender mejor la importancia de las matemáticas, como elemento inherente en la vida diaria.

En definitiva que, a pesar de ser un corto de animación que tiene ya más de cinco décadas, el planteamiento y los contenidos están muy bien logrados y son válidos para niños de cualquier generación, y más aún siendo Donald el protagonista, un personaje que, a pesar del paso del tiempo, no ha pasado a la historia.

Y ya para completar la entrada, aquí os dejo el enlace a este fantástico corto de Disney.

Espero que lo disfrutéis y, sobre todo, que sirva para que los más pequeños vean las matemáticas de otra manera, aunque mucho me temo que ese es un objetivo para el que habrá que trabajar mucho y cambiar muchas cosas, empezando por cómo se enseñan.

Extraido de matemáticascercanas.com

El caduceo

El caduceo como símbolo sagrado del médico

 

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El caduceo es un símbolo cuya antigüedad resulta casi imposible decidir, ya que lo encontramos asociado a diversas deidades de características similares en todas las civilizaciones.

Su presentación ha tomado diferentes formas dentro de un mismo esquema que nos permite reconocerlo allí donde aparece. Los elementos que lo constituyen son siempre los mismos y, por eso, hablan un mismo lenguaje sagrado. Sea en las manos de Hermes o Mercurio, en las de Asclepios o Seraphis, sea en Sumeria, en Fenicia, Egipto, Grecia, Irán, Roma, en todo el Mediterráneo y aún en América Precolombina, es posible encontrar la vara rodeada de serpientes, o simplemente las serpientes entrelazadas, con alas o sin ellas, reflejando idéntico movimiento universal.

Según H.P.B., los griegos tomaron de los egipcios la idea del caduceo. Entre los egipcios, este símbolo de una vara con dos serpientes enroscadas, se encuentra en monumentos tan arcaicos como los que anteceden a la aparición de Osiris como deidad entre los hombres.

Los griegos tomaron, pues, este símbolo y lo utilizaron con similar significado. Lo pusieron en manos de Hermes y de Asclepios, y más tarde los romanos lo hicieron con Mercurio y Esculapio.

 

La palabra “caduceo” proviene del latín “caduceum”, que a su vez deriva de otra palabra griega que se puede traducir como “heraldo” o “anunciador”. Pero, curiosamente, la raíz también incluye al gallo, el gran anunciador de la mañana, de la luz, de la aparición del Sol. Así, desglosando el sentido del mástil central como árbol, de la o las serpientes, de las alas y –en ocasiones- de la copa en la que bebe la serpiente, intentaremos llegar al simbolismo del Caduceo, que va desde la cósmica hasta la fisiológica, contemplando en lo que nos interesa, la Medicina y la Salud como Orden Universal y restablecimiento de ese Orden cuando se ve afectado.

Es en Grecia donde encontramos esta tradición más arraigada. En el templo de Epidauro se celebraban prácticas especiales consagradas a Asclepios. Este dios, hijo de Apolo, fue educado por el centauro Quirón, del que aprendió a preparar medicinas, tanto que llegó a superar a su propio maestro. Su capacidad de sanar, y aún de resucitar muertos, hizo que Hades temiera tener que cerrar las puertas de su Reino… Finalmente Zeus da muerte a Asclepios, quien, no obstante, conserva honores divinos. Se cuenta que se aparecía en sueños a los enfermos que acudían a su santuario de Epidauro.

Más tarde, Higia, diosa de la Salud, como hija de Asclepios, se relacionó también con la serpiente de Epidauro y una copa que se llegaría a convertir en el emblema de los farmacéuticos.

En numerosas monedas aparece Asclepios con una serpiente consagrada, denominada “paros” por su color cobrizo. Cuentan los sacerdotes de la época que las serpientes se introducían por la noche en la habitación de los enfermos, mientras éstos dormían, para devolverles la salud.

Según Ovidio, el mismo Asclepios se había transformado en culebra para llegar hasta Roma y curar a los desdichados. Ante semejante prodigio, los romanos le levantaron un templo como dios sanador, eligiendo la cima de la isla del Tíber, donde había arribado la culebra, recordando el hecho con una piedra erigida en la proa de la isla.

Todo lo cual nos remite al valor simbólico de la serpiente. Nos dice H.P.B. que Asclepios, llamado “El Salvador de todo”, es idéntico al Ptah egipcio, la Inteligencia Creadora, y a Apolo –su padre-. La serpiente Kneph representa la eternidad y aparece bordeando una vasija de agua, con su cabeza suspendida sobre las “Aguas Primordiales” a las que incuba con su aliento; esta forma, como Logos-Alma, es llamada Ptah; y como Logos-Creador se convierte en Imhotep, su hijo, fuertemente ligado a las Ciencias Sagradas y, entre ellas, la Medicina.

Los ofitas sostenían que había que agradecer a la Serpiente porque ella enseñó a Adán que si comía del fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, su ser se elevaría por la Sabiduría así adquirida. Desde entonces, es decir, desde el “Primer Hombre”, viene la asociación de la Serpiente con el Árbol. Entonces eran verdaderamente imágenes divinas. El Árbol, además del Conocimiento del Bien y del Mal, lo era también de la Vida y de la Muerte. La Serpiente se relacionaba con los sabios e iniciados, con los ciclos del Tiempo concebido como eternidad, con la renovación permanente y la posibilidad de “ingerir” conocimientos.

El significado bueno y malo de la serpiente proviene de que la Sabiduría divina puede reflejarse en el aspecto espiritual del hombre, o bien en conocimientos materiales. Pero, como sea, es siempre conocimiento. Del mismo modo, todos los dioses de la Medicina, tienen ese doble aspecto porque pueden curar en lo físico y en lo espiritual, o, en otra clave, e igual que la serpiente, pueden dar la vida o la muerte. H.P.B. afirma que Seraphis, por ejemplo, aparece muchas veces como una serpiente, un “Dragón de Sabiduría”. Y no hay mucha distancia entre Seraphis y Heracles, el niño que estranguló las dos serpientes que Hera le envió para matarlo, considerando que no era hijo suyo; y por eso vemos a veces figuras de Seraphis-Heracles en las que, lo importante es la unión con la Serpiente.

La Serpiente aparece en todas las religiones, pero no siempre asume idéntico significado en lo exotérico. En las representaciones mitraicas se enrolla alrededor de la piedra generatriz; su principio es la actividad, el movimiento, la hélice, y puede asociarse también a las fuerzas telúricas de la Tierra Madre.

En general, el Uroboros, la serpiente que se enrosca sobre sí misma mordiéndose la cola, significa la vida indestructible, el eterno recomenzar de todas las cosas. Esta serpiente, sin principio ni fin, expresa el movimiento circular en su pureza total, la evolución consciente en el Tiempo Eterno.

La espiral, símbolo estrechamente ligado al de la serpiente, es asimismo un Caduceo. A ello se puede agregar la doble espiral que corresponde al encadenamiento de los ciclos y se refleja en muchas deidades de tipo doble, como los Dioscuros, los Devas y Asuras, el dios Jano, Cástor y Pólux, etc.

La serpiente se relaciona con el huevo -Kneph, en Egipto- y con el pájaro, como en el caso de la serpiente emplumada Quetzacoatl, nuevamente un dios de sabiduría e iniciación.

La prohibición de probar el fruto del Árbol del Conocimiento procede no tanto de Dios, sino del hecho de que la serpiente revela al hombre su esencia y origen divino y le permite acceder a una vía de Redención para superar el Bien y el Mal. Los Hierofantes, los Druidas y otros sacerdotes, se denominaban a sí mismos “Hijos de la Serpiente”; algunos sabios egipcios llegaron a asociarse en una fraternidad “de la serpiente”. Sin duda el hombre interno, al igual que la serpiente, debe despojarse de su antigua piel para convertirse en Hijo de la Sabiduría.

Hay muchos elementos sagrados en este hecho de cambiar de piel, es decir, renovarse constantemente. Por eso se relaciona la serpiente con el elixir de la inmortalidad, el elixir de la salud: es la salud que viene tras la enfermedad, un portentoso símbolo para los dioses curadores.

ntxd98ktb El emblema de los farmacéuticos está muy cerca del de los médicos y del de la diosa Higia de la Salud. La serpiente ya no se enrosca alrededor del bastón, sino alrededor del pie de una copa en la que ella va a beber. Esta copa contiene, seguramente, la bebida sagrada ofrecida por Higia. Este emblema es llamado también Caduceo. Y no es difícil relacionarlo con el Santo Cáliz y con el Grial, la copa sobre la que se inclina Galahad antes de ser “raptado” hacia el cielo, alto misterio de la caballería mística. La serpiente toma su conocimiento de esta Copa-Matriz en la que la luz brilla eternamente, y según las tradiciones, es muy probable que esta copa sea de color verde, el rayo-color de la Tierra y el de Seraphis, dios por excelencia de la Medicina.

En cuanto al bastón o báculo, recordemos lo que se cuenta de Mercurio, que separó a dos serpientes que combatían entre ellas, arrojándoles su bastón que quedó entre medias y se convirtió en símbolo de la paz. Este bastón es un símbolo tan antiguo que aparece desde el magdaleniense y lo reencontramos como báculo del peregrino o caminante en el Camino de Compostela. El que porta este cetro es el que posee el poder; tiene la propiedad de transformar todo lo que toca. Es un símbolo del Conductor y del Iniciador.

En verdad, este bastón central es también un pilar sagrado, una columna, un menhir o el eje del mundo. La serpiente se enrosca a su alrededor del mismo modo en que la plegaria de los fieles asciende a lo alto, como una espiral, desde la tierra hasta el cielo.

Otro simbolismo de las serpientes y la columna es el Fuego Serpentino o Kundalini. Cuando las serpientes se enlazan alrededor del eje central, dibujan siete puntos de encuentro que se refieren a los “chakras” u órganos sutiles del vehículo etérico. Kundalini, como Fuego Serpentino, está reposando en el chakra básico; cuando despierta, como resultado de la evolución, asciende por la columna vertebral siguiendo tres vías: la central llamada Shushumna, y dos laterales que desarrollan dos espirales entrecruzadas que pasan por los siete chakras. Pingala, a la derecha, es masculino y activo; Ida, a la izquierda, es femenina y pasiva.

Es posible relacionar lo anterior con el Yang, y el Yin, donde los colores blanco y negro son delimitados por una espiral con dos puntos centrales opuestos, como centros de dos mundos. Esta doble acción de una única fuerza, está también presente en la doble espiral. Las dos serpientes, expresión de la dinámica latente en la estabilidad, unifican la derecha con la izquierda, las dos corrientes que provienen de lo alto y de lo bajo, es decir, entre el cielo y la tierra, o entre Dios y el hombre. Es una unión armonizadora, unión de los complementarios que ya no pueden enfrentarse sino conjugarse en una unidad redentora.

Recordemos que las serpientes que luchan representan el desorden, el caos: antes de equilibrarlas, hay que separarlas, es decir, distinguirlas, conocer su opuesto y salir del juego de los contrarios. Es la fase terminal en la que las dos fuerzas opuestas se funden o se resuelven en la Unidad, equilibrando el Eje del Mundo, el bastón alrededor del cual se equilibra el caos.

Desde el punto de vista alquímico, es el símbolo de la unión y de la concordia lograda entre el Fuego y el Agua, los dos elementos que se representan en dos triángulos invertidos.

El Caduceo simboliza, pues, la unión de los mundos contrarios, una dualidad que se manifiesta desde el comienzo del Universo como la Luz que surge en medio de las Tinieblas Primordiales. La dualidad se convierte luego en Cielo-Tierra, en masculino-femenino. En astrología, Mercurio rige precisamente a los Gemelos, (Géminis), aparentemente opuestos y esotéricamente unidos. El caduceo es, así, emblema de la Concordia, símbolo de armonía y fuerza.

Las alas, que están en el casco y en los pies de Mercurio, aparecen también en el Sol egipcio, en Amón-Ra, dando vuelo al espíritu que ha sido incubado por la Serpiente, por Kneph convertida luego en Ptah y en Imhotep. Son las alas del heraldo, del anunciador, las alas del Caduceo.

También el médico es un Anunciador. El trae la salud, preserva la armonía y equilibra las oposiciones malignas que se producen, tanto en el cuerpo como en el alma. No debemos olvidar que los primeros médicos fueron representantes directos de la divinidad; en comunicación con la Fuerza Creadora, obtuvieron una comprensión de todas las leyes que rigen nuestro mundo. La penetración espiritual que poseían, les permitía reconocer la naturaleza de la enfermedad y su remedio, lo que era bueno o malo para la vida de los demás. En una época en que lo sagrado y lo profano estaban unidos, estos hombres fueron a la vez sacerdotes y reyes. Su Caduceo era su Saber, era la comprensión del Centro a cuyo alrededor se sustentan las columnas, las serpientes… El que cura debe tener –debería tener- un poder de intuición que le permita dar con el remedio que complete una naturaleza imperfecta. Como el emblema del Caduceo, hay que retornar a los orígenes tomando el camino directo del eje vertical.

 

Resumiendo: volvemos a asociar estos elementos que aparecen en todas las civilizaciones, que son la columna, el árbol sagrado con una o dos serpientes entrelazadas. El bastón está asociado al culto de la columna primordial o del árbol; es la expresión de poder de la divinidad que expande su fuerza a quien acuda en oración. Gracias a esta irradiación, el árbol, la columna, pueden curar.

Este símbolo de equilibrio, de la fuerza que ha organizado el Caos, nos debe ayudar a superar los ciclos temporales, cambiar internamente. Nos aporta una fuente de vida, una eterna juventud, porque no basta con conocer y saber, sino que, sobre todo, hay que poder transmitir. El Caduceo transmite; es como el heraldo, el mensajero de los dioses.

La dualidad aparente tiene que resolverse en la Unidad. La verdad es Una y para llegar a ella hay que transitar un camino árido y estrecho, pero recto como el eje del Caduceo.

Es propio del médico elegir, entonces, un camino de rectitud, un camino que le dirija hacia las leyes cósmicas y su expresión. Tratar de eludir la multiplicidad y sus laberintos, las vueltas espiraladas de la serpiente, (porque de lo contrario, el tiempo podría atraparnos indefinidamente en los ciclos de la manifestación). No hay nada superior a un corazón puro, pues sólo el corazón puro puede recibir y transmitir toda la energía que dimana del Caduceo, llegar desde la tierra al cielo y realizar milagros entre los hombres con la fuerza de los dioses.

Artículo escrito por el Dr. Antonio Alzina

Ciencia versus fe? – (II)

th Yo creo en Dios “gracias a” la Ciencia. No “a pesar de” la Ciencia.

William D. Phillips – Premio Nobel de Física (1997)

 

“Yo creo en la trascendencia, en no conformarse con el día a día… Hay que tener otros ideales, buscar algo más, hasta la divinidad, todo lo lejos que puedas”.

Luis Arsuaga – 
Paleontólogo español – 
Catedrático de Paleontología en la Facultad de Ciencias Geológicas de la Universidad Complutense de Madrid

 

“Hay preguntas que la ciencia no puede responder y que ningún avance concebible de esta la capacitará para responder”.

Peter Medawar – Premio Nobel de Medicina (1960)

 

“No soy positivista. El positivismo afirma que lo que no puede ser observado no existe. Esta concepción es científicamente indefendible, ya que es imposible hacer afirmaciones válidas sobre lo que la gente ‘puede’ o ‘no puede’ observar. Equivale a decir que ‘sólo existe lo que observamos’, lo cual, evidentemente, es falso”.

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“Es posible que todo pueda ser descrito científicamente, pero no tendría sentido, como si alguien describiera una sinfonía de Beethoven como una variación en las presiones de onda.”

Albert Einstein – Físico alemán – Premio Nobel de Física, 1921

 

“No hay conflicto entre el Dios creador y lo que se ha descubierto del Universo.”

“Es perfectamente posible tener creencias religiosas y ser a la vez científico.”

Peter Higgs – Físico inglés – Descubridor del “bosón de Higgs” – Premio Nobel de Física (2013)

 

“Para una parte de la opinión pública y del mundo intelectual la Ciencia se opone necesariamente a la fe en Dios y los científicos son todos necesariamente ateos. Pero hay quien lo ve de otra manera, asegurando que la Ciencia puede acercar al hombre a Dios pues le permite comprender mejor su obra, del mismo modo que quienes tienen educación musical aprecian mejor un cuarteto de Beethoven”

Antonio Fernández-Rañada – Físico español – Catedrático de la facultad de Física de la Universidad Complutense de Madrid

 

“Para el científico que ha vivido por su fe en el poder de la razón, el final del relato es como una pesadilla. Él ha escalado las montañas de la ignorancia; está a punto de vencer el pico más encumbrado; al momento de arrastrarse con esfuerzo sobre la última roca, lo saluda un grupo de teólogos que llevan siglos allí sentados.”

Robert Jastrow – Astrónomo – Director del Instituto Goddard para la Investigación Espacial de la NASA.

 

“Yo pertenezco a ese grupo de científicos que, sin estar adheridos a ninguna religión, niegan que el universo sea un accidente sin propósito. En mi labor científica he llegado a la conclusión cada vez más firme de que el universo físico está trazado con un ingenio tan asombroso que no puedo limitarme a aceptarlo como un hecho bruto.”

Paul Davies – Físico inglés – Director del Instituto BEYOND (Center for Fundamental Concepts in Science)

 

“Tenemos la posibilidad de dejar de lado los dogmas malsanos de la religión y de cientifismo. Podemos abrir la mente y ejercer la razón y la intuición, aproximadamente por igual, para descubrir lo que somos de verdad. Y así cambiaremos el mundo”.

Doctor Bernard Haisch – Astrofísico, colaborador de la NASA

 

“La postura de algunos creyentes de rechazar la evolución equivale a rechazar la información que Dios nos ha dado, la capacidad de entender. Yo creo que, al darnos la inteligencia, Dios quiso darnos la oportunidad de investigar y de apreciar las maravillas de su creación. Dios no se ve amenazado por nuestras aventuras científicas”.

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“El poder estudiar, por primera vez en la historia de la humanidad, los 3 mil millones de letras del ADN humano –que considero el lenguaje de Dios– nos permite vislumbrar el inmenso poder creador de Su mente. Cada descubrimiento que hacemos es para mí una oportunidad de adorar a Dios en un sentido amplio, de apreciar un poco la impresionante grandeza de su creación”.

Francis S. Collins – Genetista estadounidense – Ex director del Proyecto Genoma Humano 

Ciencia versus fe? – (I)

 

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“Mi religiosidad consiste en una humilde admiración hacia el espíritu infinitamente superior que se revela en los leves detalles que somos capaces de percibir con nuestras frágiles y débiles mentes. Esa convicción profundamente conmovida de la presencia de un poder razonador superior, que se revela en el universo, constituye mi idea de Dios”

“La ciencia sin religión está ciega, la religión sin ciencia está coja”

 

Albert Einstein – Físico alemán

Promulgó la Teoría de la Relatividad

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“En el curso de mi vida me he visto repetidamente obligado a meditar sobre la relación entre estas dos regiones del pensamiento (ciencia y fe), pues nunca he sido capaz de dudar de la realidad de aquello hacia lo que ambas (conjuntamente) apuntaban”

 

Werner Heisenberg – Físico, formuló el Principio de Incertidumbre

Premio Nobel de Física, 1932

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“No puede haber nunca una oposición real entre ciencia y religión, pues la una es el complemento de la otra… La religión y la ciencia natural trabajan juntas en una incesante, indesmayable batalla contra el escepticismo y el dogmatismo, contra la increencia y la superstición… Por tanto, ¡adelante, hacia Dios!”

 

Max Planck – Físico alemán, padre de la Teoría Cuántica

Premio Nobel de Física, 1918

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“En el siglo XXI, en una sociedad cada vez más tecnificada, se libra una batalla entre el corazón y la mente de la humanidad. Muchos materialistas, advirtiendo triunfantes los avances de la ciencia para llenar las brechas de nuestro entendimiento de la naturaleza, anuncian que creer en Dios es una superstición obsoleta, y que estaríamos mejor si lo admitiéramos y continuáramos avanzando. Muchos creyentes en Dios, convencidos de que la verdad que deriva de la introspección espiritual es un valor más perdurable que las verdades de otras fuentes, ven los avances de la ciencia y la tecnología como peligrosos en indignos de confianza. Las posturas se endurecen, las voces se agudizan.

¿Daremos la espalda a la ciencia porque se la percibe como una amenaza a Dios, abandonando toda promesa de avanzar en nuestra comprensión de la naturaleza para aplicarla en aliviar el sufrimiento y mejorar la humanidad? O, por el contrario, ¿daremos la espalda a la fe, concluyendo que la ciencia ya ha hecho que la vida espiritual deje de ser necesaria, y que los símbolos religiosos tradicionales pueden ser ahora reemplazados por grabados de la doble hélice en nuestros altares?

 

Ambas opciones son profundamente peligrosas. Ambas niegan la Verdad. Ambas disminuirán la nobleza de la humanidad. Ambas serán devastadoras para nuestro futuro. Y ambas son innecesarias. El Dios de la Biblia es también el Dios del genoma. Se le puede adorar en la catedral o en el laboratorio. Su creación es majestuosa, sobrecogedora, intrincada y bella, y no puede estar en guerra consigo misma.

Sólo nosotros, humanos imperfectos, podemos iniciar tales batallas. Y sólo nosotros podemos terminarlas”

 

Francis Collins – Genetista, ex director del Proyecto Genoma Humano

Director del National Institutes of Health

Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 2001 por su trabajo en el descubrimiento de la secuencia del genoma humano

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“Como hombre que ha dedicado su vida entera a la más clara ciencia superior, el estudio de la materia, yo puedo decirles, como resultado de mi investigación acerca del átomo, lo siguiente: no existe la materia como tal. Toda la materia surge y persiste debido solamente a una fuerza que causa que las partículas atómicas vibren, manteniéndolas juntas en el más diminuto de los sistemas solares: el átomo.  Debemos asumir que detrás de esta fuerza existe una mente consciente e inteligente. Esta mente es la matriz de toda la materia”

“Creo que la consciencia es fundamental. Creo que todo asunto deriva de la consciencia. Todo lo que hablamos, todo lo que consideramos como existente, es dictado por la consciencia”.

“Entre Dios y la ciencia no encontramos jamás una contradicción. No se excluyen, como algunos piensan hoy, se complementan y se condicionan mutuamente”***

“Podemos concluir que a partir de lo que la ciencia nos enseña, en la naturaleza hay un orden independiente de la existencia del hombre, un fin al que la naturaleza y el hombre están subordinados. Tanto la religión y la ciencia requieren la fe en Dios. Para los creyentes, Dios está en el principio y para los científicos al final de todas las consideraciones”.

“La ciencia es incapaz de resolver los últimos misterios de la naturaleza, porque en el último análisis nosotros mismos somos parte de la naturaleza, es decir, somos parte del misterio que tratamos de resolver”.

 

Max Planck – Físico alemán

Fundador de la Teoría Cuántica Premio Nobel de Física, 1918

 

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“Algunos hombres se dedican a la ciencia, pero no todos lo hacen por amor a la ciencia misma. Hay algunos que entran en su templo porque se les ofrece la oportunidad de desplegar sus talentos particulares. Para esta clase de hombres la ciencia es una especie de deporte en cuya práctica hallan un regocijo, lo mismo que el atleta se regocija con la ejecución de sus proezas musculares. Y hay otro tipo de hombres que penetran en el templo para ofrendar su masa cerebral con la esperanza de asegurarse un buen pago. Estos hombres son científicos tan sólo por una circunstancia fortuita que se presentó cuando elegían su carrera. Si las circunstancias hubieran sido diferentes podrían haber sido políticos o magníficos hombres de negocio. Si descendiera un ángel del Señor y expulsara del Templo de la Ciencia a todos aquellos que pertenecen a las categorías mencionadas, temo que el templo apareciera casi vacío. Pocos fieles quedarían, algunos de los viejos tiempos, algunos de nuestros días. Entre estos últimos se hallaría nuestro (Max) Planck. He aquí por qué siento tanta estima por él”.

 

Albert Einstein – Físico alemán

Párrafo extraído del prefacio al libro de Max Planck publicado en 1941,  “¿A dónde va la ciencia?”

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“Algunos formularían la cuestión de la manera siguiente: ‘¿Es una realidad el mundo invisible que nos muestra la perspectiva mística?‘. Realidad es una de esas palabras indeterminadas que pueden conducirnos a debates filosóficos interminables e irrelevantes. Corremos menor peligro de confusión si formulamos la cuestión del modo siguiente:  ‘Al aceptar la perspectiva mística, ¿estamos afrontando los hechos tangibles de la experiencia?‘. No cabe duda de que sí. Yo creo que aquellos que no quieren reconocer nada que no sean las mediciones del mundo científico realizadas por nuestros órganos sensoriales están rehuyendo uno de los hechos más inmediatos de la experiencia, a saber: el de que la consciencia no es exclusivamente, ni siquiera principalmente, un instrumento para recibir impresiones sensoriales”

 

Arthur Eddington -Astrónomo, físico y matemático inglés

Célebre por sus trabajos sobre la Teoría de la Relatividad y la constitución de las estrellas

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“Para una parte de la opinión pública y del mundo intelectual la Ciencia se opone necesariamente a la fe en Dios y los científicos son todos necesariamente ateos. Pero hay quien lo ve de otra manera, asegurando que la Ciencia puede acercar al hombre a Dios pues le permite comprender mejor su obra, del mismo modo que quienes tienen educación musical aprecian mejor un cuarteto de Beethoven”

 

Antonio Fernández-Rañada

Físico español, catedrático de la facultad de Física de la Universidad Complutense de Madrid

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“El panorama de conocimiento que nos presenta la ciencia moderna es tan sobrecogedor que cabe afirmar, en contra del difundido estereotipo, que un científico tiene más razones para creer en Dios que alguien sin formación científica”

 

Fernando Sols – Catedrático de Física de la Materia Condensada

Universidad Complutense de Madrid

 

Extraído del blog Dios y la ciencia.

 

Ciencia y Filosofía

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“La ciencia es un descubrimiento de las leyes que conectan las causas con los resultados, un gran conocimiento de la Naturaleza, del universo y de nosotros mismos” (Jorge Ángel Livraga).

La relación entre ciencia y filosofia es muy importante para el descubrimiento de la naturaleza de los seres, para el conocimiento, la descripción y la valoración de su importancia. Estas dos actividades del espíritu humano constituyen manifestaciones de la misma necesidad gnoseológica, y se influyen mutuamente, en realidad. Recordemos la frase que existía en la puerta de entrada de la Academia platónica: “No entre nadie sin saber geometría”.

La filosofía necesita el apoyo sensible de la ciencia y esta, a su vez, sin la filosofía, pierde profundidad, espíritu crítico y actividad creativa. La filosofía sería por tanto para la ciencia lo que el alma para el cuerpo o lo que la forma para la materia. Muchas veces se confunde la filosofía de la ciencia con la historia de la ciencia. Son, sin embargo, dos campos diferentes, aunque está claro que cualquier intento de acercamiento filosófico a la ciencia necesariamente tendrá que basarse en cierta perspectiva histórica, en relación con la evolución de las ideas, dentro de un marco espacio-temporal concreto. La filosofía de la ciencia, así como la filosofía de la historia, es siempre filosofía. Y la filosofía, ya se haga de la ciencia, del arte, de la política, o de otro campo, necesita un marco histórico, temporal, de manera que se comprendan las relaciones encadenadas de causas y efectos que tienen lugar en la evolución de las ideas, en cada momento civilizatorio. Pero, en este caso, la historia será un sustento, una ayuda aclaratoria para el desarrollo de la filosofía de la ciencia.

La filosofía de la ciencia es, pues, el estudio y el conocimiento de los principios y de los métodos, de las estructuras mentales y de los tipos de relaciones de los acontecimientos que la ciencia en general y las distintas ciencias en particular utilizan para conocer su objeto de investigación, ya sea en la naturaleza y en el universo, ya sea en el ser humano y sus actividades, como por ejemplo el lenguaje, la lógica, la historia, la sociología o la psicología.

El fundamento filosófico de la ciencia permite la correcta aplicación de silogismos del pensamiento inductivo y deductivo, el uso eficaz de los símbolos y de las fórmulas matemáticas, la aplicación práctica de hipótesis y teorías, así como la creación coherente de estructuras para leyes y principios científicos, de manera que se consiga una interpretación satisfactoria del mundo.

Las leyes y principios científicos son generalizaciones de las observaciones, y las teorías son interpretaciones de las leyes. Pero, muchas veces, las teorías avanzan más allá de los simples datos de la observación, con objeto de explicar nuevas situaciones. Por consiguiente, no proceden directamente de la experiencia o del experimento, como ocurre con las leyes. Por esta razón, el conocimiento teórico proviene de influencias mutuas y de cambios más complejos y holísticos de pensamiento.

Se trata de un conocimiento que presupone tanto la existencia de la subjetividad del ser pensante como también la existencia de hipótesis y conjeturas. Y es aquí donde la filosofía tiene una gran utilidad y es incluso imprescindible. Hace falta, no obstante, destacar que no deben confundirse ni eliminarse los límites separadores entre la ciencia y la filosofía. Es imprescindible que exista, no solo distinción entre ellas y sus campos de conocimiento, sino también que puedan coexistir completándose armónicamente.

Para que esto se produzca contribuyen las siguientes razones:

  1. Los descubrimientos e inventos revolucionarios no son siempre acordes a las consideraciones y presupuestos filosóficos de lo establecido por los que comienzan, o a los principios aceptados a los que están sometidos los criterios apreciativos de los filósofos. Sin embargo, estos descubrimientos pueden muchas veces utilizarse como base para nuevas revisiones de raíz en la filosofía. Asimismo, sucede lo contrario, como dice K. Popper: “Desde un punto de vista histórico, las ciencias occidentales actuales provienen de las consideraciones filosóficas de los griegos acerca del mundo, acerca del orden del universo”.
  2. El inconveniente de las ciencias actuales proviene de la falta de pensamiento filosófico en la consideración sobre la naturaleza última de las cosas. Esto tiene como resultado una actividad científica deficiente, insegura y dudosa, en la que no existe cierta forma de metafísica filosófica.
  3. La investigación científica presupone la interpretación del universo en un momento histórico concreto, de acuerdo con algún sistema de ideas dado y en general aceptado (el “paradigma”), el cual debe tener coherencia, ser lógico y necesario y que pueda interpretar todo elemento de la experiencia. Y este sistema de “la imagen del mundo” es filosófico.
  4. Los conceptos filosóficos y científicos están sometidos a transformación y adaptación y, por lo tanto, no pueden ser ni “evidentes”, ni “definitivos”, como los llamarían Descartes y la “nueva ciencia” de la Ilustración y el moderno neo-racionalismo.
  5. En la evolución de la civilización hace falta dinamismo, un espíritu de aventura que relacione la filosofía y la ciencia, de manera que pueda cubrir todo el espectro de la experiencia humana y, a la vez, asegurar la independencia e integridad de cada ciencia por separado. Tan solo así podrán existir, a la vez y en completura armónica, la especialización con la interdisciplinariedad científica holística.

A lo largo de la historia de la ciencia y de la filosofía podemos observar que las revoluciones del pensamiento humano y del progreso se dieron casi siempre cuando entre ellas existía una relación armónica y una influencia mutua, no cuando existía una confrontación violenta o una homogeneidad y no diferenciación de su campo de acción.

Un ejemplo de las relaciones de confrontación lo vemos en el período histórico de la Contrarreforma y de la Ilustración hasta Kant, en el cual la filosofía, cuyo monopolio tenía la religión, se encontraba en conflicto abierto con el nuevo horizonte científico. Por el contrario, ejemplo de las relaciones de identificación y de falta de cierta diferenciación los encontramos en el período medieval en Occidente, o en el bizantino en el Oriente grecorromano, donde la ciencia se consideraba como una simple sección de la filosofía.

Artículo escrito por Jorge Alvarado Planas.

El oro interno de los alquimistas

La Alquimia parece ser casi una ciencia universal. No solo la encontramos en la Europa Medieval, sino también en China, la India y en otros sitios y culturas. Esto es así porque, no solamente es un precursor primitivo de la química moderna, sino una ciencia sagrada en su propio derecho, que fue estudiada en cualquier parte del mundo donde el conocimiento esotérico haya aparecido.

 

Lo primero que me gustaría hacer es alejar la imagen falsa del alquimista torpe medieval que trató en vano de convertir el plomo en oro como un modo de enriquecerse. Si no hubiera alguna sustancia o esencia detrás de la alquimia, seguramente nadie habría sido tan tonto como para gastar la mejor parte de su vida persiguiendo una mera quimera.

Como en todas las artes mágicas, siempre han existido farsantes y tontos al lado de santos y sabios. La Alquimia no es una excepción, pero los nombres de los alquimistas más eminentes se incluyen entre los científicos e intelectuales más grandes de la Edad Media.

Aunque la Alquimia en occidente apareció bastante tarde con el Renacimiento, y probablemente haya tenido su origen en Egipto (“Al-Kem”, Kem siendo el nombre egipcio para Egipto), los primeros alquimistas citados pertenecieron al mundo árabe, de cuya ciencia fuimos herederos.

 

Uno de los alquimistas más famosos fue Avicena (980-1037), hombre con un inmenso conocimiento y reputación, equivalente a Platón o a Aristóteles en Grecia. Se cuentan extraordinarias historias sobre él. Se creía por ejemplo que podía comandar a los espíritus elementales de la naturaleza. También existe la tradición de que con su conocimiento del Elixir de la vida, aún sigue vivo como un adepto que se descubrirá ante los profanos al final de cierto ciclo. Por otro lado, también se dice que bebía tan desmesuradamente que fue despedido de su trabajo por el Gran Visir y que murió en la más completa oscuridad. En vista de toda la literatura que nos ha llegado halagando su habilidad como doctor, esto último suena improbable, pero la cuestión es esta: ¿un escolar con tanto conocimiento habría gastado su tiempo en una superstición?

 

En Europa, la alquimia está representada por figuras tan importantes como Roger Bacon, “Doctor Mirabilis”, que inventó los anteojos (gafas), y predijo la aparición de los aviones, microscopios, máquinas de vapor y el telescopio. Esta lista incluye también a Paracelso y John Dee. Ambos fueron mentes extraordinarias, siendo John Dee un genio matemático y Paracelso un doctor brillante. Tales personajes no pueden ser desechados como charlatanes, farsantes o excéntricos porque sus resultados hablan a su favor. Paracelso, por ejemplo, fue una vez acusado de ser un impostor y “no un doctor de verdad”. Entonces retó a sus acusadores haciendo que le hicieran llegar sus pacientes “incurables”. En poco tiempo los sanó, hecho que fue atestiguado por los testigos que se amontonaban a su alrededor.

 

El objetivo externo de la alquimia es transmutar metales en oro, un objetivo que comúnmente se considera imposible. Hoy en día, sin embargo, si es posible alterando la estructura atómica de un elemento. Pero esto requiere un conocimiento tan interno e intrínseco de la naturaleza del átomo y un equipamiento tan sofosticado que se presume imposible que los alquimistas lo hubieran conseguido.

Pero la evidencia está en contra de esta presunción. Hay muchos testimonios de alquimistas y de casos genuinos de transmutación. Incluso en nuestros días existe el caso de un alquimista francés que en 1969 produjo oro y lo hizo analizar por laboratorios alemanes y suizos.

 

Entonces, ¿cómo consiguieron estos alquimistas de la era pre-científica resultados tan extraordinarios?

La única explicación es que estos hombres estaban bien versados en las “ciencias ocultas”; esto es, que habían estudiado conocimientos tradicionales que les dieron acceso a una alta comprensión de la naturaleza visible o invisible.

La ciencia oculta tiene varios principios fundamentales, uno de ellos es que la materia no solo consiste de elementos visibles, sino también de elementos invisibles, estados más sutiles de la materia, visible solamente al clarividente. Otro principio, es que el nivel más denso de la materia (lo físico), es solo un materialización de esos estados más sutiles. En términos científicos esto significa que si podemos mirar en estos planos más sutiles de la naturaleza, podremos tener una visión más real y clara de la naturaleza de las cosas y poder trabajar con la causa raíz que las origina. Por ejemplo, si uno fuera un doctor, podría encontrar la causa de la enfermedad en los planos más sutiles y sanarlo desde la raíz en vez de aliviar solo los síntomas.

 

Pero para ver en estos planos y trabajar en ellos eficientemente, hay que purificarse uno mismo antes y despertar esos planos en nosotros mismos. Esto requiere un entrenamiento interno para despertarlos conscientemente, controlarlos y dirigirlos. Todos sabemos lo difícil que es controlar una emoción, y mucho más difícil controlar un pensamiento. Es muy difícil también (aunque algo menos) controlar nuestros niveles de energía hasta el punto de superar nuestro cansancio, por ejemplo.

Estos son los planos más sutiles de la naturaleza (los alquimistas los llamaban los Cuatro Elementos) y cuanto más trabajamos con ellos más conscientes nos hacemos hasta que podemos ver claramente en estas regiones y nuestro control sobre ellas es perfecto: podemos trabajar en ellas como escultor puede trabajar en la piedra.

 

El alquimista hace lo mismo: busca la raíz de lo material, la “Materia Prima” (una materia invisible y sin forma en los planos más sutiles de la naturaleza) y con ella, a través de un largo y doloroso proceso forma lo que conocemos como

“Piedra filosofal”, un objeto (¿físico?) con aparentes propiedades milagrosas, transformativas y de sanción. Con esta Piedra o Tinte puede transmutar metales básicos en otros más puros, curar enfermedades e incrementar los años de vida.

Lo que el alquimista hace entonces, es seguir el proceso natural de la creación. Paracelso habla de la “Alquimia Natural”: la Alquimia natural causa que las manzanas maduren y produce uvas en las parras. La alquimia natural separa los elementos útiles de los alimentos que entran en nuestro estómago y los transforma dentro del ciclo de nuestro cuerpo, rechazando lo que es inútil. Un físico que no conoce la alquimia solo es un sirviente de la naturaleza…pero el alquimista es su amo.

 

El maestro de Paracelso, Johannes Tritheim, abbot de Spanheim, habla del proceso de materialización de los elementos sutiles en la alquimia:

“El arte de la magia divina consiste en la habilidad de percibir la esencia de las cosas a la luz de la Naturaleza, y usando el poder del alma del espíritu, producir cosas materiales desde lo invisible del universo…Aprenderá la ley por las cuales las cosas se cumplen si aprendes a conocerte a ti mismo…El Oro es de naturaleza tripartita y hay otro etéreo, fluido y material. Se trata del mismo oro solo que en tres estados diferentes; y el oro de un estado puede transformarse en oro en otro estado diferente.”

 

En la República de Platón, Sócrates describe un mito en el que hay cuatro tipos diferentes de hombre, cada uno de ellos tiene un tipo de metal en sus almas: hierro, cobre, plata y oro. Los hombres de oro son los filósofos (en el verdadero sentido de amantes de la sabiduría por encima de la fama o la riqueza). Paracelso habla del filósofo en términos parecidos. Dice: “Sabemos que un amante hará lo necesario para encontrarse con la mujer que ama – ¡cómo no va a hacer mucho más el amante de la sabiduría para ir en busca de la divina amada!

En la alquimia existe la idea de que, en el reino del metal, el objeto de la naturaleza es crear oro. La producción de metales más básicos es un accidente del proceso o el resultado de un ambiente desfavorable. El oro, es por tanto, el arquetipo o meta del reino del metal y de modo similar, el hombre de oro es el arquetipo o meta del reino humano. La idea es que un día, todos los metales serán oro y todos los hombres serán “filósofos”, puros e incorruptibles y tan luminosos y generosos como el mismo Sol.

Platón también comenta que esos filósofos, como ya tienen el oro en sus almas, no desearán el oro físico. Y eso parece haber sido cierto en los grandes alquimistas de la Edad Media. La gente como John Dee o Paracelso no era rica. Roger Bacon era un monje. Estas personas no estaban motivada por el deseo de la riqueza, porque eran suficientemente ricos internamente.

 

Como H.P. Blavatsky dice en “Isis sin velo”: “Iluminados con la luz de la eterna verdad, estos ricos-pobres alquimistas fijaban su atención sobre las cosas que transcienden el común conocimiento, reconociendo nada inescrutable sino la Causa Primera y no encontrando ninguna respuesta sin responder. Osar, conocer, querer y permanecer en silencio, eran su regla constante…”

Otro alquimista, Agrippa von Nettesheim, declaró: “Podría decir muchas más sobre este arte si no fuera por el juramento de silencio que toman usualmente los iniciados en este misterio.”

 

El oro interno de los alquimistas puede ser definido como Sabiduría o Sofía. Es el conocimiento experimental de que esa majestuosidad se expresa a través de uno mismo. Como es arriba es abajo; el hombre es un microsocosmos del macrocosmos. El hombre contiene dentro de sí mismo el misterio de la Vida. Como los griegos solían decir en sus templos. “Conócete a ti mismo y conocerás al Universo y los dioses”

¿Cuál es el camino hacia la divina Sabiduría? Un escritor alquimista dijo: “La paciencia es la escalera de los filósofos y la humildad es la llave de su jardín.” Otro (F. Hartmann, en su biografía de Paracelso) declara: “La forma más elevada de la alquimia es la transformación de los vicios en virtudes por el fuego del amor hacía lo bueno, la purificación de la mente por el sufrimiento, la elevación del principio divino del hombre sobre los elementos animales de su alma.” Una vez conseguido ese proceso de sublimación, es posible retornar al mundo de la materia y mejorarlo. El mismo autor dice: “Por el poder del espíritu, los elementos materiales pueden ser sublimados en elementos invisibles, o sustancias invisibles pueden ser coaguladas y hacerse visibles.” Quizás, se puede comparar al mito de la caverna de Platón donde el filósofo sale de la caverna de los sentidos a la luz de la Verdad y vuelve a la caverna para iluminar al resto de los seres humanos.

 

La alquimia es un proceso de dos caminos que está simbolizado por las tres fases del trabajo: el negro (nigredo) de la disolución; el blanco de la sublimación (albedo); y el rojo de la “exaltación”, correspondiendo a la piedra filosofal que produce oro. Así que, volviendo a los hombres de oro de la República de Platón, es muy significativo que no solo los filósofos, sino también los reyes (el rojo siendo un color real), trabajen por el bien de la humanidad.

Mucho se ha escrito concerniente a las distintas fases del trabajo de la alquimia y su significado, ya sea desde el punto de vista moral, psicológico o físico. Pero no vamos a entrar en este tema con mucho detalle y sin la guía de un maestro iniciado, pues como A. E. Waite señala: “el estudiante irá a la deriva con toda probabilidad y la Materia Prima se le escapará para siempre.” No es posible trabajar en la alquimia sin la Materia Prima y nunca se ha especificado con claridad de qué se trata (posiblemente se refiere a materia en un estado etéreo muy elevado) y es imposible descubrirla sin guía.

 

Sobre esto hay una fascinante historia contada por un filósofo de la Italia renacentista, Pico della Mirandola sobre “un buen hombre que no tenía suficiente para mantener a su familia y estaba sometido a un estado de desesperación, cuando, con la mente muy agitada se fue a dormir y en un sueño se le apareció un ángel, que a través de enigmas, le instruyó en el arte de hacer oro, y le indicó al mismo tiempo que agua debería usar para asegurar el éxito del proceso. Al despertar procedió a trabajar con esa agua e hizo oro en pequeñas cantidades pero suficiente para mantener a la familia. Dos veces hizo oro del hierro y cuatro veces de oropimente. Él me convenció con la evidencia de mis propios ojos de que el arte de la transmutación no es ficción.”

 

La alquimia debe, por tanto, redefinirse como una de las ciencias espirituales ya perdida, la cual, al igual que su hermana, l Astrología, combina el estudio profundo de la naturaleza con el estudio del hombre y permite al adepto llevar ambas, hombre y naturaleza, a la perfección. Paracelso dijo que había tres cualidades necesarias para el trabajo de la alquimia: orar (significa el deseo profundo de aspirar a lo que es bueno), Fé (no una fe ciega, sino basada en el conocimiento y la confianza sin dudas) e Imaginación (que describe como “estar hundido en el pensamiento profundo, ahogado en el propio alma”)

 

El oro interno de los alquimistas es la individualidad perfecta y el oro de los filósofos es la perfección de la naturaleza. Ambos, hombre y naturaleza, evolucionan hacia la perfección, pero el hombre puede ayudar en el proceso evolutivo entendiendo y trabajando consigo mismo y con ella.

Trabajar solo a nivel material es una ciencia muy pobre, pero un día, podremos expandirla hacia una ciencia más grande, la ciencia de la Vida (a veces conocida como Magia)

Muy lejos de ser esos individuos poco lúcidos que a la historia le gusta imaginar, los verdaderos alquimistas eran grandes iniciados que, en muchos aspectos, conocían más de la naturaleza que muchos de los científicos de hoy en día. Maestros de la naturaleza y de ellos mismos, siempre ponían esa maestría al servicio de Dios y la Humanidad y nunca la empleaban en mezquinas empresas.

 

Este artículo ha sido escrito por Julian Scot

También en la antigua China hubo ciencia.

Mientras los griegos trabajaban las ideas que más tarde formarían la plataforma de lanzamiento para el desarrollo de la ciencia moderna, una gran civilización florecía en China a 10.000 kilómetros. Los griegos apenas la conocieron; de haber sabido algo más de ella, la valoración de su propia inteligencia hubiera sufrido una conmoción. En astronomía, literatura, pintura y alfarería, en tecnología militar y administración pública, los logros chinos igualaron a los griegos. En la fundición de hierro, ingeniería civil y agricultura, estaban muy por delante de ellos. En terrenos como la fabricación de seda y la caligrafía, ya habían perfeccionado artes y manufacturas de las que sus contemporáneos occidentales no tenían ni idea.

Si los filósofos griegos del siglo 1 a. C. hubieran podido ser transportados a China, se habrían asombrado al descubrir su nivel tecnológico: arados con partes completamente hechas de hierro, perforaciones profundas en busca de salmuera o gas natural, fabricación de acero a partir del hierro colado, producción en masa de ballestas y arneses, que permitían a los caballos arrastrar cargas extraordinarias. Sin embargo, se habrían sentido desconcertados por la ausencia de toda clase de especulación científica, que para ellos significaba el pan y la sal de la vida. Y seguro que se hubieran sorprendido del poco progreso en algunos campos –por ejemplo, la geometría–, puntos centrales en su pensamiento. Pero no les hubiera cabido ninguna duda de que se encontraban en presencia de una gran civilización.

Un gran científico chino

Zhang Heng (o Chang Heng) fue un ejemplo del tipo de científicos que era capaz de producir la antigua China. Nacido en Nanyang, en la China central, en el año 78 d. C., fue uno de esos genios increíblemente dotados que hacían que los comunes mortales se sintieran como si pertenecieran a una especie diferente. La amplitud de su talento nos trae a la mente a Leonardo da Vinci; pero, como científico, Zhang Heng era claramente superior a Leonardo. Fue uno de los cuatro grandes pintores de su época y produjo 20 famosas obras literarias. Y por encima de todo fue un astrónomo. Ejerció como astrónomo real bajo la dinastía Han, en el siglo 11 d. C., y trazó uno de los primeros grandes mapas estelares, rivalizando únicamente con el que creó Hiparco en el año 129 a. C., desconocido para Zhang. En este mapa situó las posiciones exactas de 2.500 estrellas y bautizó unas 320. Estimó que el cielo nocturno, del que sólo podía ver una parte, contenía 11.500 estrellas. Era un poco exagerado, incluso para un observador con buena vista, pero no fue una mala estimación. Explicó los eclipses lunares correctamente, argumentando que se producían cuando la Luna atravesaba la sombra de la Tierra, e imaginó la Tierra como una pequeña esfera suspendida en el espacio, rodeada por un inmenso y lejanísimo cielo esférico. Zhang Heng también fue un gran matemático, y mejoró anteriores estimaciones del valor de pi (la proporción de la circunferencia de un círculo con su diámetro) dándole un valor de 3,162 en vez de 3, lo que lo acercó al 3,142 aceptado hoy día.

El trabajo más famoso de Zhang Heng fue un detector de terremotos, que perfeccionó en el año 132 d. C., mil setecientos años antes del primer sismógrafo europeo. Zhang asombró a la corte imperial con este dispositivo, que podía detectar terremotos tan distantes que nadie cercano lo sentía siquiera.

Tenía forma de jarrón de bronce, al que se pegaron varias cabezas en bronce de dragones, cada una con una pelota también de bronce en su boca; alrededor del pie tenía varios sapos de bronce con las bocas abiertas. Si la máquina detectaba un temblor de tierra, una bola de bronce se soltaba automáticamente y caía en la boca de uno de los sapos. La posición del sapo en cuestión indicaba la dirección de la que procedía el temblor.  sismógrafo

En una famosa ocasión, una bola cayó sin que se observara un temblor perceptible; pero varios días después llegó un mensajero con noticias de un terremoto en Kansu, a 600 kilómetros de la corte y en la dirección indicada por la máquina. A pesar de la brillantez de sus creaciones, es erróneo acreditar a Zhang Heng con la invención del sismógrafo. Su máquina detectaba los terremotos, pero no los medía.

Fuente:

HISTORIAS CURIOSAS DE LA CIENCIA, CYRIL AYDON; ed. Swing

Gilgamesh y la rueda de los astros

Gilgamesh

 

Sumerios, babilonios, hurritas e hititas conocían este mito, y podemos estimar que la poesía  épica primitiva griega lo haya tomado como modelo, pues el personaje de Heracles es semejante a Gilgamesh en varios aspectos. Sus improntas subsistirán hasta el Medioevo europeo, donde le encontraremos bajo el aspecto de san Jorge y el dragón, que recuerda uno de los trabajos del héroe sumerio.

La versión sumeria aparece en la actualidad como más pobre que la versión babilónica, a causa de la pérdida de las tabletas más antiguas. De la epopeya sumeria subsisten tan solo 35.000 versos. A continuación presentaremos la versión de Kramer, intentando encontrar las correspondencias astrológicas del relato.

En efecto, el mito de Gilgamesh es un mito solar; razón por la cual podrá, en un momento determinado, vencer a los escorpiones, símbolos de la consumación de la vida, que deberán cederle el paso. Igualmente, su carácter se confirma por su oposición a la diosa Inanna, de carácter lunar. El pasaje por los doce signos del Zodíaco se refleja en los trabajos de Gilgamesh y, en realidad, en toda su existencia. Esto confirma el “parentesco” entre el mito de Gilgamesh y el de Heracles.

“La epopeya comienza con una breve introducción que hace el elogio de Gilgamesh y de su ciudad: Uruk. Se nos señala igualmente que Gilgamesh, rey de la ciudad, tiene un carácter incontrolable, no soporta a ningún rival y posee un gran apetito sexual. Sus súbditos se quejan a los dioses, pues Gilgamesh actúa como un verdadero tirano, ya que no ha encontrado aún a nadie que lo gobierne en el mundo”.

Este primer pasaje corresponde a las características de la Casa I, gobernada por el signo de Aries, que da las señales de la vida y del ser individual. Así, las cualidades de Gilgamesh corresponden a una energía solar impulsiva propia de Aries, acentuada por el aspecto guerrero de Marte, que será pulida y transformada por las experiencias posteriores.

“Los dioses envían sobre la tierra a la gran diosa Madre Aruru para que arregle esta situación. Ella modela con arcilla el cuerpo de Enkidu, que es una suerte de ser brutal cubierto de pelambre y con larga cabellera. Este ser primitivo desconoce la civilización y vive desnudo entre las bestias del campo.

Tiene más de animal que de hombre. Sin embargo, es él quien deberá domar el carácter arrogante de Gilgamesh y disciplinar su espíritu. Para esto, deberá humanizarse. Esta obra le corresponde a una cortesana de Uruk, que despierta el instinto sexual de Enkidu y lo satisface. Enkidu pierde su aspecto de bestia y desarrolla su espíritu. Esta cortesana aclara su inteligencia, le enseña a comer pan, a beber cerveza, a vestirse como una persona civilizada, y entonces los animales salvajes se alejan de él”.

Este segundo episodio está en relación con la Casa II, gobernada por el signo de Tauro. En efecto, ella aporta el factor recursos, y corresponde a la energía que el héroe posee en potencia; observar la oposición que se establece al comienzo entre Gilgamesh guerrero, regido por Marte, y Enkidu, su doble regido por Venus (Inanna, Ishtar en Babilonia, diosa del amor y de la civilización), en el signo de Tauro. Las correspondencias astrológicas tradicionales asignan como domicilio de Marte el signo de Aries, y como domicilio de Venus el de Tauro. Hay también una relación con las energías canalizadas en las eras precesionales correspondientes.

“Enkidu, transformado, se prepara para ir a la ciudad de Uruk; Gilgamesh, advertido por sueños proféticos de la llegada de Enkidu, le espera para demostrarle que nadie tiene talla para considerarse su rival. Cuando se encuentran, la conducta tiránica de Gilgamesh desencadena el combate, y el hombre inocente de la campaña y el astuto ciudadano se afrontan como dos titanes. La batalla es indecisa y al cabo de un violento combate, de pronto, la ira de Gilgamesh desaparece y los adversarios se abrazan celebrando la paz. Este combate es el punto de partida de una amistad que será legendaria. Los nuevos amigos, a partir de entonces inseparables, realizaron juntos numerosas hazañas”.

Este tercer pasaje nos pone en correlación con la Casa III, gobernada por el signo de Géminis. Es interesante constatar cómo las dos fuerzas contrarias, el polo “yin” y el polo “yang”, terminan por reunirse y llegar a un mutuo intercambio de sus virtudes y defectos. Es la casa de los hermanos, en recuerdo de los legendarios Dióscuros, Cástor y Pólux, mortal-inmortal que se reencuentran en el hombre y se reflejan en el Zodíaco. El destino de Gilgamesh, Enkidu, confirmará esta dualidad. Mercurio gobierna esta casa, que es la de la juventud y la de los proyectos e ideas.

Así, gracias al intercambio de las energías primordiales (Marte-Venus, Gilgamesh-Enkidu), la rueda zodiacal podrá adquirir un movimiento y realizar el ciclo cuatro veces de este primer ritmo ternario.

“Enkidu desea abandonar la ciudad. Gilgamesh le confiesa que él desearía llegar al País de los Cedros, aquel que se encuentra en el mundo de los Vivos, para matar al terrible guardián, Kumbaba, y “purgar así el país de todo mal”. Enkidu conoce esos bosques y sus grandes peligros y advierte a Gilgamesh, pero este responde que él prefiere adquirir una gloria perenne y “hacerse un hombre” y no prolongar una vida opaca y mediocre. Consulta a los ancianos; se torna propicia la ayuda del dios Sol (Utu, Samash en Babilonia) y hace fundir para los dos, armas de gigante. Una vez que están todos los preparativos terminados, los amigos parten. Al cabo de un largo viaje a través de las siete montañas, llegan al bosque de los cedros, matan a Kumbaba y cortan todos los árboles.

Este episodio corresponde a la Casa IV: la de Cáncer, ligada a la madre, a los ancestros y al origen. La conquista del bosque de cedros, ligado igualmente a Inanna bajo su aspecto lunar, confirma el carácter solar del héroe, que sacrifica su pequeño “yo”, “la vida en el bosque”, para alcanzar un destino más elevado. El demonio Kumbaba está en relación con las vísceras, con los intestinos, sobre los que se hacía la adivinación. Su muerte puede asimilarse al hecho de conocer el destino, la función de adivinación asignada desde tiempos inmemoriales al aspecto femenino del cosmos. Es el sacrificio de la matriz que dará nacimiento a Gilgamesh como Hombre Solar Consciente.

“Pero la aventura engendra la aventura. Apenas de regreso a Uruk, la diosa Ishtar (diosa del amor y del deseo) se enamora del bello Gilgamesh. Intenta seducirlo, pero Gilgamesh ya no es el joven tiránico de los comienzos. Conoce la naturaleza cambiante de la diosa y rechaza sus proposiciones con desprecio”.

Este episodio está en relación con la Casa V, la de Leo, que corresponde a los hijos, así como a la actividad en el mundo concreto. En efecto, nuestros primeros hijos son nuestras acciones. La conducta de Gilgamesh, la elección que deberá hacer frente a la proposición de Ishtar, le hará perder el apoyo de la Venus crepuscular para obtener el de la Venus del alba, dama guerrera cuyo carro está tirado por leones. En este signo se afirma la individualización de Gilgamesh, como la de Heracles por la victoria sobre el león de Nemea; el león vencido en este caso es el de su propio orgullo, reemplazado aquí por la inteligencia y el discernimiento.

“Decepcionada y cruelmente ofendida, Ishtar pide al dios del cielo, Anu, que envíe el toro celeste a Uruk para matar a Gilgamesh y destruir la ciudad. Anu se niega, pero ante las amenazas terribles de Ishtar de liberar a los muertos de los infiernos, termina por aceptar. El toro celeste desciende a la tierra, devasta la ciudad de Uruk y hace una gran matanza de guerreros. Pero Gilgamesh y Enkidu atacan al monstruo y lo matan luego de un durísimo combate. Los dos héroes llegan al máximo de gloria, la ciudad de Uruk resuena con los cantos de sus proezas”.

Este episodio corresponde a la Casa VI, en relación con el signo de Virgo, que es el de “valetudo”, los medios para afrontar las pruebas, los instrumentos. En cuanto al ciclo, llegamos a la mitad del Zodíaco, al apogeo y al punto de madurez de los héroes que han pasado la prueba venciendo al Toro de Venus, la energía pasional por la energía sublimada de Virgo. Por otra parte, el trabajo en equipo de Gilgamesh y de Enkidu nos confirma el aspecto mercurial de su obra. La primera mitad del ciclo realizada, el Sol habiendo cumplido su primavera y verano, marcharemos hacia el crepúsculo a través de los próximos seis trabajos…

“Una fatalidad inexorable termina cruelmente con esta alegría. Puesto que Enkidu ha participado activamente en el asesinato de Kumbaba y en la muerte del toro celeste, un tribunal divino le condena a muerte. Al cabo de una enfermedad de doce días, Enkidu lanza su último suspiro bajo la mirada sorprendida e impotente de su amigo Gilgamesh. La muerte de su amigo resta valor a sus proezas. Se decide a buscar y encontrar el secreto de la vida eterna”.

Este pasaje corresponde claramente a la VII Casa, regida por la Balanza (Libra), que corresponde a las asociaciones, y bajo un aspecto más interno, al momento del juicio y de la diferenciación. Es en este punto en el que la doble energía de los gemelos llega a su mayor distanciamiento: Gilgamesh está vivo; Enkidu está muerto.

Son los hermanos diurno y nocturno, la dualidad sobre los dos platillos de la balanza, en oposición y en complementación. Las preocupaciones de Gilgamesh cambiarán de naturaleza; es la búsqueda de la respuesta sobre el enigma de la muerte la que dirigirá la acción de aquel, quien como el Sol, comienza a envejecer, a marchar hacia la sabiduría…

“Solo un hombre ha alcanzado la inmortalidad, es Utnapishtim: sabio y piadoso; monarca de la antiquísima ciudad de Shurupak. Gilgamesh sabe que él vive en el otro costado del mundo. Comienza el penoso viaje, atravesando montañas y praderas, pasando la prueba del hambre. Lucha sin cesar con los animales que le atacan. Finalmente, atraviesa “el mar primordial”, las “aguas de la muerte”, guardadas por hombres-escorpiones”.

La Casa VIII, ligada al signo de Escorpio, corresponde a la muerte. Aquí esta claramente expresado el simbolismo astrológico y la relación del escorpión con las aguas de la muerte (signo de agua, en oposición con las aguas de vida y creación, ligadas a Cáncer). Es en este portal en el que Gilgamesh perderá todo lo que le resta de mortal. Los Señores de las Tinieblas, los Señores del Mundo Invisible están prestos a recibirlo.

“El altivo monarca de Uruk no es más que un cuerpo descarnado y miserable cuando llega ante la presencia de Utnapishtim; tiene largas cabelleras desaliñadas, su cuerpo sucio y con heridas y va cubierto de pieles de animales. Pregunta a Utnapishtim el secreto de la vida eterna. Como respuesta, Utnapishtim le recita la espantosa historia del Diluvio y cómo él mismo fue salvado gracias a la intervención del dios Ea, dios de sabiduría, que le invitó a construir un barco; la vida eterna él la había recibido como regalo de los dioses. Pero no veía por qué razón los dioses la concederían a Gilgamesh”.

Este noveno episodio está en relación con la Casa IX, gobernada por Sagitario, y con el valor tradicional del signo: pruebas, peregrinación, religión, los hitos plantados para facilitar el progreso de la evolución humana. Utnapishtim, como el ancestro, simboliza el Centauro, el Instructor, el Sabio, aquel que lleva a la Humanidad en el barco de la experiencia y que enseña a Gilgamesh que la victoria sobre la muerte resulta de un largo combate, que es imposible arrancar la Vida a la vida… pero que es posible canalizarla a través de un ciclo de experiencias. En este signo, el último del otoño (para el hemisferio norte), el fuego solar ya no se manifiesta a través de la impulsión y el calor de los dos primeros signos de fuego, que son el de Aries y Leo, sino a través de una luz lúcida y fría, la del discernimiento del sabio. Gilgamesh, como discípulo, aprende.

“Cuando se resigna a regresar a Uruk con las manos vacías, Utnapishtim le revela el secreto de la planta de la eterna juventud, la que crece en el fondo del mar. Gilgamesh se sumerge rápidamente en las aguas, recoge la planta y comienza alegremente su camino de retorno”.

Este pasaje corresponde a la Casa X, gobernada por Capricornio, la casa del “haber”, del destino realizado. En efecto, la llave de la inmortalidad se encuentra en esta planta, ligada a la ambrosía y al néctar de los dioses, que vuelven al alma consciente de su inmortalidad a pesar de lo efímero del cuerpo físico. Así, en su tercer signo de tierra, y accediendo a la última fase de su recorrido, el invierno, el Señor del Cielo, Gilgamesh como el Sol, se prepara para la muerte con la fuerza de la victoria del destino y del deber cumplido.

“Pero los dioses tienen otro designio. Mientras Gilgamesh se baña en una fuente encontrada en el camino, una serpiente que aparece le roba la planta”. La Casa Xl, en relación con esta escena y con Acuario, se confirma en el fin del pasaje, que corrobora la idea diciendo que la “serpiente roba la planta, la come delante de Gilgamesh y de inmediato cambia de piel”.

En efecto, la Casa XI corresponde a la sabiduría o experiencia acumulada por otros. El animal elegido, la serpiente, es símbolo de sabiduría y representa el estado de conciencia adquirido por el héroe. Este signo de aire, casi al fin del ciclo, es el de la transmisión consciente de la experiencia acumulada.

“Finalmente, regresa a la ciudad de Uruk, y a causa de su contacto con el mundo de los dioses, Gilgamesh muere sin morir, transformándose en juez funerario, célebre por su gran sentido de justicia”.

Esta escena, última de la existencia de Gilgamesh, nos pone en relación con la Casa XII y el signo de Piscis. Ella representa las pruebas, las dificultades, el sacrificio final a pasar. Así, nuestro héroe, Gilgamesh, aparece cual un Prometeo, dispuesto a sacrificarse, descender al mundo de los muertos para transmitir su fuerza y conocimiento a los hombres, ayudándolos a transmutar una visión negativa de la vida en un camino de liberación de las dificultades y obstáculos necesarios al alma para su realización.

Como en el mito de la caverna de Platón, el mito de Gilgamesh nos habla de las dos fases del proceso: el camino individual, que lleva al descubrimiento de la luz, del bien y de la sabiduría, que debe luego reflejarse en esta inflexión, retorno a las tinieblas para guiar a la humanidad hasta su derrotero cósmico de realización.

Autora: Laura Winckler