El sentido profundo de la Navidad

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Mucho se ha escrito sobre la Navidad, pero en estas fechas cercanas a ella no está de más hacerlo de nuevo.

La celebración de la Navidad y Año Nuevo son fiestas que con estos nombres u otros siempre han existido en todas las civilizaciones. En todas las civilizaciones se han realizado, pero adaptadas a cada época y lugar geográfico. Pero en todas ellas se ha absorbido un significado, costumbres o tradición ya existente.

Al igual que todo lo existente, la Navidad es algo cíclico, pero no por ello monótono ni rutinario sino renovador, ya que también en nosotros existe lo cíclico y vez tras vez debemos recordar el significado y el porqué de las cosas que hacemos, para no caer en la rutina y el olvido, puesto que si ocurre esto perdemos el rumbo, la dirección, el centro, y hay peligro de que se produzca el desaliento, el sin sentido de todo, o sea el caos…

En la naturaleza todo se aprovecha, y el hombre no es ajeno a ello, (aunque muchas veces no lo veamos así). De la misma manera que ella aprovecha lo muerto y caduco para regenerarse, el hombre también aprovecha lo anterior para construir lo nuevo; así que no nos ha de extrañar que la Navidad se haya construido en base a fiestas y nacimientos de dioses de anteriores civilizaciones que tienen que ver con el renacimiento, la renovación, la luz etc… (Mitra, Agni, fiestas Saturnales, fiestas de Lug, Frey…).

Al igual que la construcción de templos cristianos se ha hecho sobre otros templos anteriores, aprovechando un simbolismo, una magia y unas costumbres de adoración y devoción en dichos lugares; al igual que las lenguas que utilizamos se basan en otras anteriores, y al igual que las formas de todo lo existente se basa en formas existentes previamente, así ocurre con la Navidad.

Si estudiamos todos esos símbolos y mitos nos daremos cuenta del parecido que existe entre ellos, como si viniesen o tuvieran un origen común… No se sabe el “por qué” de la creación del universo, ni se sabe ni se llega a entender de una manera racional. Y es por eso por lo que se utilizan símbolos, mitos, cuentos, tradiciones, etc., que en cierto modo nos hacen captar “algo” abstracto de una manera particular e individual.

Las distintas interpretaciones de estos son como las piezas de un enorme puzzle, y juntos lo pudiéramos montar. Por eso no deberíamos cerrarnos a una sola interpretación excluyendo las demás.

El “Génesis”, nos habla de unas aguas primordiales que están quietas, sumidas en la oscuridad, estériles, inertes; en otras tradiciones nos hablan de un caos original. Pero en algún momento, el espíritu que flota sobre las aguas las toca, y a partir de ahí todo comienza a generarse.

Se ha interrumpido el letargo, el sueño, la oscuridad, la esterilidad, el caos, y ha dado comienzo el cosmos, el nacimiento, la fertilidad, la organización, la existencia. Pero nos encontramos con una oposición, una inercia, un no querer moverse, una tendencia a la pasividad, al caos original que se va a enfrentar a esa creación, a ese orden. Una especie de fuerzas sutiles que continuamente van a aprovechar cualquier momento o debilidad que vean, para volver a implantar ese caos original.

Por lo que se va a necesitar una especie de voluntad-ley que venza a esa fuerza caótica, pasiva, que se niega a perder su poder (egoísmo, falta de amor…), y a ser transformada y utilizada (porque en la naturaleza nada se destruye) para la construcción del cosmos, creación…

En el símbolo y tradición de la Navidad, la ley viene dada a través de la profecía de la llegada de un niño rey que traerá un nuevo mensaje (de ahí que en los evangelios, Jesús siempre este repitiendo: “oísteis que se os dijo…, pues yo os digo…”), este nuevo mensaje o ley sería el cosmos, la nueva luz que tiene que sustituir o transformar al cosmos anterior, porque ha finalizado su tiempo y ahora ya no sirve; pero este no se retirará sino que perseguirá al niño en incluso amenazará a la madre como podemos ver en Apocalipsis 12.

En todas las culturas se habla de un lugar en el que se dio origen a la civilización (o a su civilización) y en el que tenían un contacto directo con la deidad. Esos lugares muchas veces etimológicamente significan ombligo, otras no, pero prácticamente de ese lugar nos hablan todas las civilizaciones (Edén en la tradición cristiana, Cuzco en Perú, Rapa-Nui…).

El árbol también simboliza ese centro del que surge la creación: al principio es una semilla enterrada en la tierra inerte, pero húmeda y fértil. Después romperá esa “cáscara” y crecerá, alimentándose de esa madre tierra a través de sus raíces, y transportará ese alimento a través del cordón umbilical del tronco; se extenderá por las múltiples ramificaciones hasta crear los frutos del cosmos: planetas, estrellas y espirales galácticas.

¿Qué es si no el árbol de Navidad? ¿Con qué lo adornamos? Con planetas, estrellas y espirales galácticas. Después lo iluminamos, porque en esos días de máxima oscuridad, el Sol necesita de toda nuestra ayuda, que es la aportación de nuestra luz para darle fuerza, para que vuelva a nacer.

También es símbolo de renovación porque año tras año parece morir cuando pierde sus hojas, pero año tras año vuelve a renacer y de nuevo empieza a crecer. Si todo lo que ocurre está relacionado, no podría ser en otras fechas sino en estas, de máxima oscuridad, que nazca la luz del mundo, el Cristo.

A partir de esta fecha el Sol irá ganando terreno a la oscuridad, la semilla en la oscuridad de la tierra romperá su cáscara, y será en éste antiguo mes décimo (actualmente el duodécimo), cuando el sol entra en Capricornio, cuyo regente es Saturno, el caos… Capricornio se relaciona con el décimo trabajo de Hércules, héroe que tiene que realizar doce trabajos, al igual que el Sol que en su ciclo anual “atraviesa” los doce signos zodiacales.

Este décimo trabajo consistió en descender a los infiernos, a la oscuridad y liberar a Prometeo, quien robó el fuego de los dioses para entregarlo a la humanidad.

Doce fueron los trabajos de Hércules, doce son las estrellas que coronan a la Madre virgen del Apocalipsis, doce son los apóstoles que rodean al Cristo, doce meses tiene un ciclo solar y el último día del mes doceavo nosotros hacemos nuestro balance anual, nuestras promesas, y a las doce de la noche nos comemos doce uvas, tal vez como símbolo del esfuerzo que deberemos realizar durante el año (agnus, anillo, circulo, ciclo) entrante, para poder cumplir esas promesas que hemos realizado en los últimos momentos del ciclo anual.

Sobre estas fechas, más o menos del 17 al 25 de diciembre, en la antigua Roma se celebraba las “Saturnalia” , que eran fiestas en honor a Saturno. En ellas, en cada comunidad y en torno a un pino, se elegía un rey entre los siervos o esclavos que se liberaban.

Ese nuevo rey representaba al caos, a la oscuridad que en estos días reinaba. Después el rey volvía a renacer y el rey del caos era apartado. En la actualidad ese caos es representado en algunas poblaciones como en Santurce (Vizcaya) como un muñeco que al final se quema.

También el 28 de diciembre (Santos Inocentes) tenemos que soportar bromas que en otras fechas no son permitidas, y colgamos -o se nos cuelga- un muñeco que al final del día rompemos. El 24 de diciembre a las doce de la noche, celebramos la Misa del Gallo, el gallo como símbolo del nuevo amanecer, del nuevo día que simboliza Jesús el “Cristo”, esa luz que a partir de este momento va a ir ganando terreno a la oscuridad, como si de un verdadero día se tratara.

En el año nuevo, en Roma se celebraban las fiestas en honor de Jano (de ahí el nombre del mes de enero), deidad con doble rostro: de hombre adulto, el año que se va; y el rostro de hombre joven, el año que entra. Durante estas fiestas se intercambiaban regalos, se felicitaban y se entregaban ramitas de laurel para augurar fortuna y felicidad (el laurel es un árbol de hoja perenne consagrado a la deidad solar de Apolo), al igual que nosotros seguimos haciendo hoy en día: felicitándonos, dando estrenas y deseándonos un buen año.

Todo esto nos sirve para saber de dónde vienen estas fiestas de la Navidad, por qué hacemos lo que hacemos durante estos días. Si esto lo trasladamos a toda nuestra vida, si sabemos por qué realizamos las cosas, entonces empezaremos a vivir conscientemente; entonces es cuando todo deja de ser monotonía y rutina para transformarse en una cierta felicidad serena y consciente.

Ese despertar de la conciencia tal vez sea la luz que tiene que nacer en nosotros, nuestro verdadero rey. Si tenemos en nuestra mente la imagen del Belén (introducido por Francisco de Asís), nos daremos cuenta que las imágenes que representan el nacimiento son un círculo cubierto por una cáscara de materia y oscuridad que es la cueva en donde se encuentra.

En el centro de dicho círculo se encuentra el verdadero rey, o sea, el Niño (en nosotros nuestra conciencia superior), que es el origen del círculo y el que le da sentido. Es pequeño, se le tiene que cuidar, alimentar, hacerlo crecer…, pero es el verdadero rey, alrededor de él están todos los estados de la naturaleza…

Otro círculo se establece en este nacimiento aunque un poco más externo, es el formado por los tres Reyes Magos y por los pastores que colocaremos en número de cuatro. A nivel individual los tres reyes serían nuestra parte superior, por decirlo de otra manera, nuestra parte divina, y los pastores nuestro aspecto inferior; o sea, nuestra parte más apegada a la materia.

Si este año construimos el belén, cuando coloquemos al Niño pensemos que tenemos que hacerlo nacer en nosotros, que es nuestro centro, nuestra conciencia más alta, que es la que nos hará transformarnos en ese otro ser alado que también colocamos en el nacimiento, en el mismo eje en que está el niño pero arriba, en lo alto, fuera de la cueva, y ese eje nos lleva a unirnos con el eje del árbol , con el cosmos, con las estrellas…

Pero hemos de cuidar ese niño, hacerlo crecer, que dé frutos (virtudes) que nos ayudarán a vencer próximos embates de las fuerzas caóticas (pasiones, perezas, egoísmos…). Necesitaremos de todas nuestras fuerzas para defender y hacer nacer a ese “verdadero rey”.

Por: Fran Pérez.

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