La ética en la medicina (II)

INCIPIT VITA NOVA

El Renacimiento constituyó un nuevo nacimiento de la cultura clásica griega y romana, así como una tentativa del pensamiento humano para escapar de los límites impuestos por la Iglesia y el Estado, a fin de poder experimentar, observar y deducir sin prejuicios ni dogmas, en concordancia la religión y las nuevas tendencias seculares.

Pese a que en 1750 aún domina la regla según la cual “el médico debía ser cristiano” y el primer acto oficial de los nuevos medios parisienses era una visita colectiva a la catedral de Notre Dame, donde prestaban juramento de defender la religión católica, es evidente que del siglo XV al XVIII se produce una secularización lenta, pero progresiva.

Aquí se da un paso hacia la moral filantrópica. Este fenómeno, asociado al poderío creciente del poder civil y a las transformaciones de la vida social, permite el desarrollo de una medicina legal y del derecho del médico, que conocerá mayores progresos en el siglo XIX. La codificación de las obligaciones profesionales y sanitarias plantea cuestiones de orden médico-legal y la aplicación de la deontología.

EL CÓDIGO DE PERCIVAL EN EL SIGLO XIX

A principios del siglo XIX aparece el Código de Percival, que constituye el primer código de la etapa moderna de la historia de la deontología médica.

La separación entre deberes religiosos y civiles, prudente al comienzo, volverá neta y decidida en los siglos XVIII y XIX. A partir de este momento aparecen dos comportamientos éticos dentro de la práctica médica: el médico religioso y el secular. Este último y su voluntad de dar un fundamento racional a la moral médica, suplantarán poco a poco a la medicina religiosa.

El proceso de secularización que pone en juicio ciertos aspectos de la existencia tendrá influencia sobre el mismo acto médico.

En 1803, T. Percival (Miembro del Manchester Royal Infirmary) edita su “Ética médica”. Explica de forma simple cómo debe comportarse el médico con sus colegas, y cómo, a través de unas normas puede mejorar la idea de servicio ofrecido al paciente y a la sociedad. En verdad, este código es una guía práctica para resolver problemas y situaciones concretas, tanto en el terreno hospitalario como en el privado; aborda igualmente la legislación y las relaciones con los farmacéuticos. El código ético de la American Medical Association, (1847), se inspira muchísimo en él.

EL SIGLO XX

El siglo XX vivirá un progreso técnico-científico, con unos problemas y situaciones que se convierten en otros tantos dilemas gra­ves desde el punto de vista ético, y que han sacudido una deontología médica carente de bases filosóficas y morales.

Como ejemplos, podemos citar:

* La enorme carga financiera de la asistencia médica, que recae sobre el enfermo o sobre la compañía aseguradora.

* La gran eficacia de algunos tratamientos actuales y el peligro evidente que esto representa.

* E1 riesgo y la precisión de ciertas técnicas exploratorias, como, por ejemplo, la psicoterapia y el diagnóstico de muerte real.

* E1 papel social de la medicina que desemboca en presiones diversas ejercidas por el Estado sobre el médico.

* E1 universalismo, porque los problemas ético-médicos desbordan los límite de la conciencia del médico y las fronteras entre países.

* E1 desarrollo en poco tiempo de la salud pública y de la higiene social, las conquistas de la bioestática, la complejidad de la medicina militar, la necesidad imperiosa de trabajar en equipo, el desarrollo de la medicina legal y de la experiencia médico-legal; la desaparición del médico en tanto que “dios social”, el fenómeno de la despersonalización del médico que hace que la confianza del paciente se vuelque mucho más sobre los medicamentos que sobre el médico que se los administra; el crecimiento de la crítica social hacia el acto médico…

* La colectivización de la medicina en ciertos países europeos, que conlleva sus peligros (independientemente de sus éxitos, como la eliminación de la discriminación en la asistencia médica), tales como la afluencia en masa de enfermos a los consultorios, la dificultad de las relaciones médico-paciente si este último no escoge el médico, la conversión del médico en funcionario, la necesidad de crecientes financieros para una buena asistencia médica, etc…

* E1 médico, que antaño era el único juez de su decisión, debe ahora aproximarse a su paciente, quien participa de todo el proceso de la enfermedad, del diagnóstico, e incluso de la decisión relativa a su propia muerte.

* Los extraordinarios progresos técnicos y científicos: la ingeniería genética, los trasplantes, los bancos de esperma, etc.

Hemos visto cómo los griegos supieron conjugar el interés hacia el desarrollo técnico y las normas éticas de la profesión. Es indis­pensable -y hoy más que nunca nos damos cuenta de ello- la existencia de un equilibrio perfecto entre la ética y la ciencia. “La ética no debe quedarse a la zaga del avance científico, sino que debe preceder a toda ciencia”.

El progreso científico y tecnológico, las posibilidades de acción sobre el enfermo y la de mantener la vida o de provocar la muerte, nos hacen más conscientes de la necesidad de unas normas éticas claras acerca de lo que es lícito o ilícito, acerca de los límites de nuestra libertad de acción. Esta necesidad se destaca más cuando, como ocurre en la actualidad, la ciencia y la técnica progresan más rápido que el establecimiento de una legislación apropiada, planteándose nuevos problemas inimaginables hace tan sólo algunos años. El especial trabajo del médico y su posibilidad de una influencia decisiva sobre el ser humano y la sociedad, han exigido siempre una elevada categoría moral que se apoye en códigos médicos y menos en leyes que reglamenten su conducta.

La segunda mitad del siglo XX dio nacimiento a unos códigos y declaraciones confeccionadas con objeto de responder a este requisito de normas claras en lo ético y moral. La ética, que durante un tiempo había sido relegada hasta lo ínfimo a causa del impulso irresistible de la tecnología, es más que nunca necesaria. Las muchas reuniones médicas nacionales e internacionales se han hecho eco de esta necesidad.

En la actualidad algunos consideran que el Juramento Hipocrático está desfasado, aunque ha sido difícil mejorarlo o reemplazarlo. La Declaración de Ginebra, que traduce en lenguaje moderno el trasfondo del juramento griego, ha sido adoptada por la O.M.S. en 1848. Y en 1949, la tercera Asamblea de la Asociación Médica Mundial ha adoptado su Código Internacional de Ética Médica, dividido en tres vertientes: los deberes de los médicos entre ellos, los deberes de los médicos en general y los deberes de los médicos hacia el paciente. Seguidamente vienen otras declaraciones que inciden sobre problemas nuevos de urgente consideración.

Estas son las principales:

-Declaración de Sydney (1968).

-Declaración de Oslo (1970).

-Declaración de Helsinki (1964).

-Declaración de Hawai (1954).

EL PROBLEMA DE LA INCERTIDUMBRE ÉTICA

Las declaraciones de Percival han resuelto algunos problemas éticos en nuestros días; sin embargo, en vista de la rapidez del pro­greso científico, son insuficientes. La avalancha de situaciones y de dilemas éticos derivados de las investigaciones de las últimas décadas, ha sorprendido al legislador que va con más lentitud. He aquí algunos ejemplos: secreto médico e información, práctica de la terapia de la hipnosis y de la sofrología, interrupción voluntaria del embarazo o el derecho a la vida, la investigación clínica, el per­juicio terapéutico, la ética y la industria farmacéutica, la mala práctica y la negligencia, la huelga de médicos y el sindicalismo, la ética en tiempos de guerra, la ética de la formación profesional, la inseminación artificial, la eutanasia, la informática y la deontología, la especialización, los bancos de órganos y esperma, la adopción prenatal, la inducción del sexo, la prospección genética o la búsqueda de grupos humanos de un tipo particular, la utilización de productos farmacológicos capaces de modificar el comportamiento humano, el eugenismo, la producción de microbios…

“En lugar de resolver problemas del mundo, la ambición científica a veces parece divertirse en crear otros nuevos”, nos dice Duellwe. Las últimas investigaciones han desbordado la máquina legislativa, de manera tal, lenta y pesada, que no existen leyes para encuadrarlas. “¿La ciencia se nos está escapando de las manos? “, se pregunta H. Componer. El hombre se encuentra en una peligrosa situación: como Prometeo, ha traído el fuego del cielo y este fuego puede hacerle mucho bien, pero puede destruirle igualmente.

Van Deusselaer nos habla del “conocimiento peligroso” y lo define como: “el conocimiento que se ha acumulado mucho más rápidamente que la sabiduría para utilizarlo”.

Hemos llegado a un punto en que se hace difícil juzgar si el pro­ceso científico y tecnológico es bueno o es malo. Se hace cada vez más marcado el divorcio entre el poder de la ciencia y los princi­pios que permiten aplicar la misma de una manera sensata.

Frente a estos problemas éticos, comprendemos que nuestra dificultad se debe a una falta del conocimiento adecuado de los factores profundos que rigen el proceso social e individual.

Aquellas religiones y filosofías que orientan con conciencia ética, nos llevan a preguntarnos si es posible la existencia de una ética médica universal o natural. Se trataría de una deontología respetuosa de la naturaleza humana y aceptada por todos los hombres de buena voluntad. Una Ética que pueda aplicarse a cualquier situación histórica y social.

El médico, debe poseer una claridad de espíritu suficiente como para dictarle su conducta y permitirle cumplir con su deber, evitándole la confusión y la incertidumbre éticas. Estos principios, como afirmaba Horacio: “permiten a la ciencia engendrar la virtud. ”

Cualquiera que sea el medio en el que ejerza el médico, su objetivo será siempre el mismo: ayudar al paciente. Los principios de la ética médica continuarán sirviéndole de guía para determinar lo que mejor conviene al paciente, a sí mismo y a su profesión”. (Dwight C. Wilbur, Asociación Médica Americana).

Debe haber pues, unas normas atemporales, unas responsabilidades concretas inherentes a la decencia médica, una expresión de ética constante, más allá de la situación socio-histórica.

La medicina es algo más que la conjugación de conocimientos y de actividades. La medicina es ciencia; es economía y política; es arte en el sentido hipocrático; es ética y religión: cuatro motores que la ponen en movimiento y le dan su auténtico valor. La deontología ha de reunir, en consecuencia, estos hitos esenciales para ser asimismo un valor atemporal.

Fuente: http://www.eticauniversal.net              Autor: Dr. Antonio Alzina

Miembro Fundador de la Sociedad Española de Laserterapia. Fundador y Director Internacional del Centro Seraphis de Nueva medicina

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