A quien desee la salud

A quien desee la salud, hay que preguntarle primero si está dispuesto a suprimir las causas de su enfermedad. Sólo entonces será posible ayudarle. (Hipócrates)

A quien desee salud mayo

EL ENFERMO ÁVIDO DE MEDICINAS

 

 

Entre los enfermos, la propaganda de la sobriedad sería inútil, pues gran número de pacientes se sienten fascinados por la abundancia en el recetar […]. En nuestros tiempos, la manía de los enfermos de ser desaforadamente recetados adquiere proporciones graves por las noticias que la prensa, la radio o algunos medios pseudo-científicos les dan de los medicamentos y de sus indicaciones. Antes de que el médico desenvaine su pluma para recetar, un señor cualquiera, o sobre todo, una señora, se adelanta a sugerirle la conveniencia de la penicilina o de cualquier otra droga, o a aconsejársela sin el menor rebozo. Otras veces la pregunta se refiere vagamente a si no sería útil “alguna medicina de América”, porque el dogmatismo actual, que tiene una faceta de americanismo pueblerino, ha alcanzado a los mismos pacientes.

 

América es hoy, además de una realidad maravillosa, un mito en la mente mágica de los enfermos o pseudo-enfermos. Yo admiro de todo corazón los progresos del gran pueblo al que el devenir de la civilización ha colocado en la primera línea de la ciencia: yo leo con afán las publicaciones que de allí vienen, y muchas veces me entusiasmo ante el espectáculo de su formidable capacidad creadora. Pero en esto como en todo, me siento más orgullosamente europeo que nunca, y lamento la difusión que entre nosotros ha alcanzado este mito, aldeano, de América, que a los propios americanos hace sonreír.

 

Este mito es, a veces, difícil de soslayar. Una de las señoras que todo lo saben, me consultó hace unos mese sobre una de esas astenias de verano que con lo que mejor se curan es con cloruro sódico, con sal común; pero me parecía inadecuado a su suficiencia recetarle un remedio que ni siquiera había que ir a comprar a la farmacia, porque lo tenía en un bote su cocinera. Salvé la dificultad diciéndole que era un nuevo medicamento americano que se llamaba Cl Na (es la fórmula química de cloruro sódico o sal común).

 

No hay que decir que, con esta interpretación cabalística y trasatlántica, mi amiga tomó la sal llena de fe, y se curó de sus molestias.

 

La medicina y nuestro tiempo; Madrid, Austral, 1954, Gregorio Marañón

 

LA LUNA  

La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Un pedazo de luna en el bolsillo
es mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que lo sepa nadie
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.

Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.

Jaime Sabines Gutiérrez

 

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